martes, 16 de agosto de 2011

Bolsillos Misteriosos

Sobre criaturas que aparecen y desaparecen misteriosamente


Mi esposo es "hombre de poca fe" y mis "pensamientos mágicos" le divierten un montón pero, como buen ingeniero ( conste que yo también lo soy), tiene la mala costumbre de buscarle la parte lógica  a cualquier situación. Sin embargo, y he aquí mi pequeño triunfo, a veces, muy contadas veces, lo hago dudar. Es precisamente esa duda lo que nos conecta en las mas deliciosas conversaciones. La duda es el estado mas filosófico del hombre, seguido de la curiosidad, que es justamente lo que mueve al mundo, y por supuesto, la imaginación. Como bien dijo Einstein, "la lógica te lleva de A a B, pero la imaginación te lleva a todas partes".


Siempre pongo de ejemplo una pirámide de ónix que insistí en comprar en Chichen Itza hace dos años, mientras él me murmuraba en el oído, que me estaban estafando, que esa pirámide era de plástico, hecha en China, etc. Yo igual compré mi pirámide mágica, no importa si "Made in Manaplas" como diría un amigo, porque, uno es el que le otorga la investidura mágica a las cosas. Cuántas veces no he intentado explicarle esto a mi "hombre de poca fe".  Por cierto, mi pirámide se perdió y hace poco justamente, la eché de menos y le pregunté a Meen sobre su paradero, sospechando que él era el responsable de haberla desaparecido. "Yo no fui" me respondió con su acento enredado, una de las frases que mejor utiliza en español ( mi esposo es británico) 


En fin, hecha esta introducción, a continuación mi relato mágico, a propósito de un corto viaje a Montreal que hicimos este fin de semana, con un objetivo muy definido, el tenis, que al final resultó irrelevante. 


Montreal es una ciudad hermosa, donde convive lo viejo con lo nuevo en sacrílega armonía y donde la gente toca corneta, no respeta a los peatones y  uno puede parar un taxi en la mitad de la calle; en fin una ciudad de verdad. Disculpen, es que llevo tantos años bajo la tiranía del orden y la seguridad, que un poco de caos me resulta estimulante.


Una hermosa noche de verano, donde la luna llena se alzaba  "blanche et pleine, come la tendresse", disfrutábamos de una deliciosa cena en el viejo Montreal, en la Rue Sainte Francois- Xavier, jamás me olvidaré. Los dos alli, sumergidos despreocupadamente, en los placeres del vino y de la buena mesa, viendo pasar la gente. Dicen que el lujo idiotiza, pero para mi esposo y yo, como no es la regla sino la excepción, pues a veces nos idiotizamos a conciencia. 


De repente tuve una visión, que me  dejó perpleja por unos segundos. No se si era una alucinación, pero una criatura que no podía identificar, una especie de gato enorme, o de perro  inflado, apareció súbitamente, caminando presuroso por la acera, para después desvanecerse.  Al final me pareció que era un mapache, con su antifaz de bandido y su cola frondosa, el cual,  como por encanto, apareció y desapareció, misteriosamente. Mi esposo lo certificó con la seriedad que lo caracteriza: "It is a racoon", dijo. 


Entonces empecé a elucubrar mil historias fantásticas sobre el mapache: que hace un mapache en pleno centro histórico de Montreal? Inmediatamente lo investí de esa cualidad mágica que producen los hechos impredecibles. Mi esposo consiguió toda clase de  teorías hiper-realistas. En fin yo decidí, que era un acontecimiento mágico y que esa seria mi historia.


Lo que faltaba de viaje, lo pasé  haciendo esfuerzos desmesurados por inventar una historia de un mapache en Montreal, escapado de otra dimensión, tarde para una boda, etc.  Pero algo fallaba con  mi magia, y es que si uno tiene que hacer esfuerzos, ya no es magia. Tal vez porque el mapache es un animal que no pertenece a mi iconografía, tal vez con un rabipelao se me hubiese ocurrido una historia fabulosa. Mi esposo insistía, la historia es que un mapache corre. Total falta de imaginación, pensé. En fin deje atrás el incidente.


Era el momento  de empacar para regresarnos a Calgary, la ciudad del orden y la seguridad.  Entonces, sucedió  algo muy curioso: Descubrí un bolsillo escondido en nuestro maletín de mano, abrí el cierre, y apareció lo que había extrañado por varios meses: La pirámide de ónix.  Mi esposo se extrañó tanto como yo, lo cual corroboró su inocencia y lo mas placentero, descubrí esa deliciosa sensación de duda en su mirada flemática. Y ahí comenzó otra vez mi imaginación descontrolada. Esta súbita aparición, de este misterioso bolsillo, me hizo pensar en un mundo dentro otro mundo,  universos concéntricos, pliegues del tiempo. Una grieta, un bolsillo secreto  del mundo, quizás el mismo lugar desde donde surgió el mapache.


Guardé orgullosa mi pirámide de ónix,  tan negra, que pareciera que se la hubiera tragado su propia negrura y de pronto, de esa misma negritud hubiese surgido.


Con la historia del mapache, claudiqué. Al final aplicaría la máxima del decálogo del buen cuentista de Quiroga, "la mejor manera de decir que el río corre es esa: El río corre. ( o algo similar, yo nunca recuerdo fielmente las citas)  en este caso, " El mapache corre". La historia de mi esposo.


Al final, igual que el motivo de nuestro viaje a Montreal,  el tenis, resultó irrelevante, la historia del mapache resultó totalmente insulsa. 


Lo mágico, en este caso,  son las incalculables asociaciones mentales que tuve que hacer para llegar a esta obvia conclusión: El mapache corre.





3 comentarios:

  1. ¡¡Pero obviamente fue el mapache el que encontró la pirámide de Onix!!!! (y capaz hasta fue el que te la robó)

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  2. Yo podría contarte otra historia mágica de un mapache de Montreal para la que tu esposo no tendria ninguna explicación lógica.

    Quizás algún dia :)

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  3. Yo también estuve en Chichen Itza y tengo una pirámide de allí jaja Bueno, la tiene mi ex, yo me quedé con la cabeza de jaguar , creo jaja

    Tiendo a ser realista como tu marido, pero me gusta leer tus escritos ^^

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