martes, 4 de diciembre de 2018

ROSAS BLANCAS




Hay un rincón que espera.

Un lugar donde habita la ilusión.

Y el germen diminuto de una gran felicidad que ya pronto llega.

Es el rincón de Natalia.

Cuidadosamente organizado por mamá.

Su cuna, su ropa, su cambiador, sus paredes de un verde muy suave.

Un conejito rosado.

La ropa, dulcemente elegida y guardada amorosamente.

Doblar la ropa de un bebe es como atesorar y apilar rayitos de sol.

Ayer lo comprobé.

Pero un detalle domina el espacio breve.

Y lo llena con la humildad sencilla de aquellas manos inquietas.

Pincel en lienzo.

Confieso que cuando lo vi, tuve ganas de llorar.

No sé cómo llegó al futuro refugio, tenía mucho tiempo sin verlo.

Son las rosas del tiempo.

Como escapadas de un pliegue de mi infancia.

Mi jardín caraqueño. El de mi mamá.

La casa solariega.

El patio arrullado por turpiales y cristofués.

Y una guacamaya turquesa y amarilla surcando el cielo de la tarde.

La sombra fresca de los árboles de mango.

Los camburales.

Colibríes bebiendo de las copas rojas de los Riqui Riquis.

Allí, en el espacio íntimo y sencillo de la habitación...

Las rosas blancas de Carmencita.

Irradiando su humildad y su sabiduría.

Como si fuera el centro de toda la tranquilidad del mundo.

Toda la paz del universo, se escapa desde esa pared.

Son las rosas que arrullarán su sueño y vigilarán su reposo.

Será un espacio de paz y aventura.

Un rinconcito soleado, de inocencia y pureza.

De grandes alegrías.

Las rosas blancas de Carmencita, envían bendiciones y bellos augurios desde el cielo.

El rincón de Natalia espera.



PD: Falta poco para el nacimiento de Natalia, apenas unos días. A mi mamá le encantaba pintar, allí, en el jardín de su casa solariega de Altamira, en Caracas. Su especialidad eran las rosas. Me sorprendió ver el cuadro de mi mama presidiendo el cuartico de Natalia. Mi hija siempre me sorprende con estos detalles entrañables. Desde un lugar del cielo, debe estar muy complacida por este gesto de su querida nieta con quien tenía especial conexión. Su presencia en estos días de espera, más viva que nunca.


martes, 13 de noviembre de 2018

七 = NANA



Significa Siete en japonés, número de buena suerte.

También es el nombre de un gato, en un libro muy atrayente que estoy leyendo, de una autora japonesa Hiro Arikawa: “The Traveling Cat Chronicles”.

Fue el regalo de cumpleaños, para una buena amiga, el cual elegí al azar después de deambular mucho rato en la librería. 

Aparentemente fue un acierto, así que mi amiga, gentilmente, me lo prestó.

En las primeras páginas, de encantadora prosa, cual es mi sorpresa de conocer al protagonista y narrador del libro: 

Nana. Un gato.

Un felino afortunado (y conste que el peculiar gato, protestó ante lo que le sonaba a nombre de gata, pero su dueño insistió por aquello de los buenos augurios)

Y esto no pasaría de ser una anécdota trivial si no fuese porque durante esos mismos días, el nombre Nana, había entrado en mi vida como salido del sombrero de un mago. 

En este caso mi nieto de dos años.

Muchos saben que soy abuela (repito en Diciembre), pero todavía no abuelita, eso será dentro de unos añitos, por ahora abuela “cool” como dicen por ahí.

Pasé semanas, repitiéndole a Tommy incesantemente la palabra:  Abuela, Abuela, Abuela, a lo que el respondía “la, la, la” y se reía, el muy pícaro.

Pero un día, así, de la nada, después de mi acostumbrada sesión de: “¿Quién soy yo? Abuela, Abuela, Abuela… ¿Quién soy yo?  Abue...”

Ahí fue cuando me interrumpió y me dijo, con toda certeza: 

Nana.

Mi hija y yo nos miramos a los ojos. Y el repitió, mirándome a los míos y señalándome, por si las dudas: Nana.

Finalmente, un momento realmente mágico, el primero después de una larga sequía.

Soy Nana.

Y ahora que, gracias al libro del gato, sé que es un nombre afortunado, pues cuando Tommy me lo dice, siento en su voz el aura de los buenos augurios, el viento sopla a favor, todo está bien y seguirá mejor.   

La vida sigue, a pesar de mis noviembres.

Me imagino que les pasara a todos los Yayos, Yayas, Abebas, Yeyeyos, Totos, Papapas, Pepes, Nanas, etc.

Cada vez que escuchamos nuestros nombres inventados, de boca de ellos, sentimos que nos ganamos la lotería mas divina.

La de ser abuelos.


PS: Tiempo sin escribir. Tiempo con la magia apagadita, pero Nana llegó al rescate, en estos días de noviembre, días donde se me revuelven las nostalgias y se me agigantan los recuerdos. Mi nieto Tomás y Natalia, en camino, son los buenos augurios, son el viento...

sábado, 22 de septiembre de 2018

CALVICIE OTOÑAL




El Ingeniero Gutiérrez se asomó a la ventana y miró a Horacio barrer las hojas del patio.
-      Qué trabajo tan ingrato – pensó Gutiérrez – malpagado, sin posibilidad de ascenso ni desarrollo personal, y encima, cuando sopla una brisita, hay que empezar todo de nuevo. ¡Pobre Horacio!
 Gutiérrez salió de su breve reflexión y revisó el plan de trabajo. El proyecto terminaría en dos meses. Pronto comenzaría la “botazón” o más elegantemente dicho: la “desmovilización”. Son los tiempos en que nadie quiere atender el teléfono; podría tratarse del personaje más temido: la “licenciada”, la que entrega el fatídico sobre de la liquidación con un beso, “el beso de la mujer araña”. Así se le conoce en la oficina. 
Para el Ingeniero Gutiérrez comenzó la agonía. Le aterrorizaba la idea de quedarse sin trabajo. A estas alturas ya debía estar acostumbrado. La ingeniería era así, con altibajos, períodos de trabajo intenso y fases de depresión. Sin embargo, a él jamás le había faltado empleo, ni siquiera en las épocas más duras.  Gutiérrez era un hombre con una carrera impecable y sus pronósticos fatalistas, hasta ahora, no lo habían afectado. Pero Gutiérrez pertenecía a la más nefasta clase de pesimistas, a quienes, lo peor que puede ocurrirles en la vida es que las cosas les salgan bien. A Gutiérrez se le iba la vida esperando lo peor y para su mayor desgracia, lo peor nunca llegaba. Mientras tanto, Gutiérrez se iba quedando calvo.
 La situación del país, la inseguridad, el riesgo de un régimen totalitario, en fin, todo alrededor de Gutiérrez conspiró para que su miedo a quedar sin empleo se convirtiera en pánico. Tenía dos meses para mover sus contactos y lograr entrar en otro proyecto donde fuese remunerado igual o mejor que en el actual.
Gutiérrez removió el cielo y la tierra, pero parecía que esta vez sus visiones apocalípticas serían realidad. El “mercado” está flojo, le decían sus amigos; tu “tarifa” no es competitiva para la empresa, insistían; sería un privilegio contar contigo pero no podemos permitirnos ese lujo, argumentaban. En fin, El Ingeniero Gutiérrez sentía que el mundo se le estrechaba. Lo consideraban y él también se sentía, sobrecalificado y la posibilidad de “retroceso” le resultaba insoportable, el hecho de ser sub-pagado o sub-empleado era una humillación, una mancha en su ascendente carrera.
Los días pasaban y el agobio era cada vez mayor. Aquella mañana, sonó el teléfono. Era la “licenciada” solicitándolo de inmediato en su oficina. El ingeniero Gutiérrez tembló de pies a cabeza. Era su turno para recibir el beso de la mujer araña. Para Gutiérrez era casi una castración, una mutilación de su curriculum, un sablazo a su orgullo profesional. Desempleado, ese iba a ser su nuevo status. Sus cristales oscuros magnificaron una vez más la desesperanza: Jamás conseguiría otro trabajo, jamás le pagarían lo que verdaderamente él valía. Un hombre de su trayectoria, de su experiencia y sapiencia: desempleado. Sus contactos le habían fallado. Aquello era el fin. Gutiérrez colgó el teléfono, desolado y se asomó a la ventana buscando cualquier cosa que alimentara su desgracia: una manifestación de desempleados, un golpe de Estado, un niple, un asalto. Pero su mirada se tropezó de nuevo con Horacio, quien, como siempre, barría las hojas del patio.
-      Pobre hombre, al menos hay alguien peor que yo – pensó, y se levantó para dirigirse a la oficina de la licenciada como quien va a la guillotina.
Justo en ese momento, comenzó a soplar una brisa fuerte. Los montoncitos que cuidadosamente había arreglado Horacio, se esparcieron  por todo el jardín.  Se produjo un viento de hojas en el patio, una lluvia de verdes, ocres y naranjas, un remolino tornasolado. La brisa cesó y el piso quedó cubierto con una alfombra de hojas secas y florecitas moradas.
          El Ingeniero Gutiérrez salió de su oficina, molesto. Ya tenía planes para irse de este país ingrato, incapaz de ofrecerle un trabajo digno a alguien tan preparado como él. Entró a la oficina de la “licenciada” y antes de que ella pudiera hablar le dijo.
-      Ahórrese el beso. ¿Dónde tengo que firmar?
-      ¿A qué se refiere Ingeniero Gutiérrez? Yo lo solicité para anunciarle su ascenso, con su correspondiente ajuste de salario, así que renovaremos su contrato de inmediato.
Allí quedó Gutiérrez, con el pesimismo entre las piernas, mientras unos cuantos pelos otoñales se desprendían de su cabeza. Afuera, el trabajo también caía de los árboles, de las formas y colores más diversos. Horacio barría. 

PD: Escrito en Caracas, hace mas de 20 años...

martes, 18 de septiembre de 2018

EL TRÍPTICO



Sucedió por casualidad, de otra manera, jamás me hubiese visto envuelta en semejante situación. Apenas eran las nueve de la mañana y ya me había sucedido un sinnúmero de contratiempos, desde un caucho espichado hasta un derrame de café sobre mi camisa. Faltaba una eterna semana para fin de mes y las cuentas pendientes bullían en mi mente: dos meses de condominio, el giro del seguro, tarjetas, teléfono. Para más señas, había tropezado con un carro en la cauchera y además de un raspón espectacular en la pierna, la falda recién estrenada se me había roto. De paso estaba lloviendo. En fin, un día en que no he debido salir de mi casa, pero allí estaba yo, heroica, de nuevo en la oficina.
  Salía del baño después de restregar mi camisa blanca para hacer desaparecer la mancha de café y pasé junto a la sala de conferencias. Había un movimiento extraño a esta hora de la mañana, un despliegue de cámaras y de luces. Me asomé y vi a todos los directores de la empresa luciendo sus mejores galas. Pregunté a una de las secretarias qué estaba ocurriendo y me contestó que iban a tomar las fotos para el tríptico de la empresa.  El tríptico es una especie de folleto de alta calidad que se utiliza como elemento de mercadeo, es decir, para vender la tan cuidada y acariciada “imagen corporativa”. En el tríptico se destacan todas las bondades de la empresa como: “CALIDAD, EFICIENCIA, TECNOLOGÍA” y además viene ilustrado con las fotografías de los jefes, los cuales tienen que lucir como la franca imagen del éxito. 
Sentí curiosidad y me acerqué a la puerta. La escenografía estaba muy bien cuidada. Había un rotafolio con un gráfico ascendente de vivos colores. Sobre la mesa, instrumentos de trabajo: carpetas, bolígrafos de marca; en fin, era una reproducción exacta de una reunión de trabajo de la alta gerencia. Los directores ocuparon sus lugares, el presidente de la empresa estaba parado, señalando un punto en el gráfico. Los fotógrafos daban instrucciones y captaban con sus flashes las magníficas sonrisas de los altos ejecutivos que se habían puesto hoy sus corbatas más llamativas.
Olvidé la mancha de café, la cuenta de condominio y la falda rota; me estaba divirtiendo, los directores trataban de mostrar su mejor perfil. Una empresa joven de personas exitosas, hasta me estaba sintiendo orgullosa, a fin de cuentas yo era parte de esa imagen que ellos pretendían mostrar.
Estaba a punto de retirarme cuando uno de los fotógrafos me tomó del brazo y sin que me diera tiempo a reaccionar me sentó en la mesa de conferencias.
-      Tome la pluma como si estuviera tomando notas – me dijo – no baje tanto la cabeza, la espalda erguida... – continuó.
En fracciones de segundos yo era un extra de la escena del éxito. Los flashes comenzaron a cegarme.
-      Ahora párese y haga como si estuviese señalando algo en el gráfico.
Lo hice disimuladamente para que nadie notara el hueco en la falda. Si me hubiesen dicho que saldría en las fotos del tríptico, hubiese hecho mi mejor esfuerzo por verme altamente ejecutiva. Pero no, era uno de esos días en que no me sentía ni ejecutiva, ni triunfadora, ni nada por el estilo.
-       Sonría...Muy bien. – dijo el fotógrafo.
Allí estaba yo, con sonrisa congelada, señalando un punto imaginario en la cúspide de la curva ascendente. Los directores me miraban y asentían complacidos mientras se disparaban los obturadores de las cámaras.
De pronto, los flashes comenzaron a marearme. Me sentí como si yo no perteneciera a esa escena. El éxito comenzó a abrumarme. Gráficos, sonrisas, trajes impecables y corbatas de seda, actitudes aplomadas, hombres seguros de sí mismos, convencidos de lo que hacen y de lo que quieren, y yo, pensando en mis cuentas pendientes, tratando de disimular la mancha de café que aún no se secaba y cruzando la pierna para que no me viesen la  falda desvanecida.
Di una excusa para salir, pero el fotógrafo me detuvo.
-      Usted no puede irse ahora, falta la foto más importante, la que va a ir en la portada y es necesaria la imagen femenina.
-      ¿Femenina? – me dije yo mientras miraba mis manos aún con la grasa del caucho.
-      Ahora sonrían todos – dijo el fotógrafo.
Le obedecí. A mi lado, los directores hicieron lo mismo. La luz del flash o tal vez la aureola del triunfo, me encandiló.
Allí quedó, para el tríptico y para la posteridad, la fotografía del éxito, la que seduciría a cientos de clientes, la que circularía por las empresas petroleras más importantes del país. La imagen del brillo empresarial, de la calidad, la eficiencia y la alta tecnología. Allí estaba yo, con mi mejor sonrisa de utilería. Radiante, tan exitosa como quienes me rodeaban. Rogué a Dios que en la foto no se notara la mancha de café, ni mis manos con grasa de carro, ni la falda rota.

PD: Otro cuento que escribí hace más de dos décadas, de mi colección de cuentos de oficina. Una época de mi vida en que pasaba más trabajo que "un ratón en un saco de clavos", como diría mi papa. 

sábado, 15 de septiembre de 2018

HOJA DE TIEMPO ( Del baúl de los recuerdos...)



Como todos los lunes, me dispuse  a llenar mi Hoja de Tiempo. 

Para quienes no manejen el lenguaje empresarial, la Hoja de Tiempo es una planilla donde uno debe anotar las horas laboradas durante la semana, asociadas al código de una actividad determinada. 

Esto que suena tan aburrido, se hace para llevar el control de tiempo de los empleados. La Hoja de Tiempo debe ser lo más productiva posible y por consecuencia, lo más facturable posible. Lo peor que puede existir es cargar horas al código “disponible”, o “ a la espera de trabajo”. Significa sencillamente que uno no está haciendo nada y a la larga resulta una carga para la empresa. 

En fin, luego de estas tediosas explicaciones, que pueden servir para entender mejor lo que me ocurrió este lunes, saqué de mi archivo el formato cuadriculado de la rutinaria Hoja de Tiempo. Procedí a sacar mi  agenda para corroborar en qué actividades había invertido mi tiempo. Parece mentira, que uno no se acuerde de lo que estuvo haciendo apenas hace una semana, pero siempre me ocurría lo mismo, tenía que apoyarme en la agenda para recordar mis actividades.

          Escribí mi nombre en la casilla correspondiente, código de empleado, fecha, período, y aquí, justo en este momento fue cuando se complicó esta historia. 

El período se refiere a la semana anterior, de lunes a domingo, pero esta vez el período estaba pre-establecido y la fecha que tenía me llenó de sorpresa primero; después sería terror. El período era exactamente desde el día de mi nacimiento, hasta el domingo pasado. 

Intenté borrar la fecha, obviamente se trataba de un error, una broma, tal vez una jugarreta de Recursos Humanos. Pero la fecha no se podía borrar. Intenté con el typex, y también fue inútil. Un escalofrío me recorrió. 

Tenía ante mis ojos  la Hoja de Tiempo de toda mi vida y lo peor es que me sentí en la obligación de llenarla. Tenía que colocar en una hoja cuadriculada, en qué actividades había invertido mis horas, mis días, mis años, mi tiempo, mi existencia. 

Respiré hondo y me puse a recordar. En este momento se hizo el terror. Si me costaba recordar mis actividades de  la semana pasada, la tarea de recrear toda una vida era prácticamente imposible. Comencé con los acontecimientos generales de los primeros años: muchas horas de jugar, cantidades de horas de estudio, hitos importantes como cumpleaños, primera comunión; más adelante matrimonio, maternidad, graduaciones; después separaciones, ausencias, presencias, pérdidas, adioses.  Me llegaron, como a todo el mundo, las horas de soledad, importantes e intensas siempre que no lleven a la desolación. Inexorablemente llegaron también las horas tristes, lágrimas, dolores, que se tradujeron más tarde en muchas horas de aprendizaje. Disfruté enormemente recordando y anotando las horas más divinas: horas de amor, de placer, de locuras y de ternuras.

          Me fui entusiasmando verdaderamente con lo que estaba haciendo, los recuerdos fluían de una manera sorprendente y maravillosa. Las horas divertidas, de risas, de canciones, de poemas, llenaron muchos espacios. Me desbordé y me sorprendí de que cupieran tantas cosas en una Hoja de Tiempo, parecía que las columnas se hubiesen multiplicado.

          Fue entonces cuando llegué a un punto muerto. Quedaban muchas columnas vacías, era precisamente el tiempo que pasó sin darme cuenta. Muchísimas horas, días, meses incluso, se me habían escapado en blanco, inertes. Horas suspendidas, que no sabía a qué código asociarlas, como cuando uno angustiosamente carga a la actividad más temible: “a la espera de trabajo”, en la hoja convencional de la empresa.

          Se me ocurrió inventar un código de ocio, pero las horas de ocio consciente y cultivado eran limitadas. Había un tiempo perdido, irremediablemente. No había descripción ni código alguno donde cargarlas, porque sencillamente no las recordaba.

          ¿Dónde estaba yo en esas horas vacías y asfixiantes? ¿Qué estaba haciendo, en qué pensaba? ¿Por qué las dejé escapar sin ni siquiera haberme percatado?

Otra vez el pánico se fue adueñando de mí. Por primera vez tuve conciencia de que había dejado ir muchísimas horas de esas que en la empresa llamarían “improductivas”, pero son diferentes las horas improductivas para una empresa, a las perdidas en una vida; éstas son irrecuperables. No había trampa posible para rescatarlas, ni que viviera horas extras,  en la vida no cabe el término de sobretiempo. Sencillamente, las horas perdidas descapitalizan una existencia y no hay forma de balancearlas.

          Intenté sobreponerme al impacto que significaba tener ante mis ojos una vida con huecos. Como soy de mente racional, busqué explicaciones para consolarme a mí misma. Si aplicaba una de ponderación, de pronto, los momentos intensos compensarían esas lagunas. Si hacía una distribución gaussiana, era lógico pensar que en toda una vida se produjesen picos y bajos. Pero ninguna explicación, en realidad, me reconfortaba. El hecho era que había tirado a la basura horas preciosas que ya jamás volverían.

          Busqué analogías con la empresa. Cuando estas cosas pasan en la compañía, se toman  “acciones correctivas”. En este caso, estas acciones tendrían que aplicarse en el tiempo que me restaba por vivir.

          Solo había una manera de que mis horas futuras fueran plenas: viviéndolas a conciencia y no permitiendo dejar escapar ni tan solo una de esas que la empresa llamaría no facturables. El tiempo que a uno le es concedido en este planeta tiene que ser ciento por ciento reembolsable, pero no en dinero, más bien en satisfacciones, en conocimiento, en amor...

Como no está permitido dejar espacios en blanco en una Hoja de Tiempo, va en contra de todo procedimiento normalizado, tomé este tiempo vacío y las cargué, con gran pesar, a un enorme signo de interrogación.  Volví sobre las horas plenas, las que trascendieron, las que quedaron plasmadas nítidamente en la hoja cuadriculada, las que aún permanecen. Me sentí satisfecha de ellas. 

Firmé mi tiempo con la intención de proceder de inmediato a las “acciones correctivas”, la más importante de todas: VIVIR, porque, como diría mi padre: ...es más tarde de lo que imaginas

PD: Este cuento lo escribí  en Caracas,  los años 90 ( probablemente 1996 o 97, y se nota) son parte de mi colección de Cuentos de Oficina, que mi hermana Ileana tuvo la gentileza de recopilar en un volumen y en una noche fría como hoy, por alguna razón re-visite (buscando un escrito de mi hija y su falda de Flamenco, que no encuentro, pero este es otro tema). Como estoy escasa de "Momentos Mágicos" , pues voy a reproducir mis Cuentos de Oficina, aquí en mi blog, o espacio de jugar, es como un viaje a través del tiempo. 

martes, 11 de septiembre de 2018

BOLSILLOS




Los míos están golpeados y medio vacíos, después de varias indulgencias, lo confieso.

Sin embargo, como el viento del Norte comienza a soplar por estas latitudes, y he tenido que sacar unas chaquetas mas gruesitas del closet, pues comparto esta reflexión, que me sorprendió, no solamente a mí, sino hasta a Sancho.

Hoy descubrí que, en los bolsillos habita un microcosmos oculto.

Una poética.

Como si, ese espacio de tela oculto y bien cosido tuviese plaza, mercado e iglesia.

Presencias, recuerdos.

Refugio de las manos y de su inmanencia.

En los últimos días, en chaquetas rescatadas para la estación, me he encontrado con  entradas al teatro, monedas de países remotos, un caramelo de café, el olor a tabaco, pañuelos con lágrimas viejas.

Pero hoy…

Hoy, el cielo anunciaba tormenta, pero, aun así, Sancho tiene que salir a pasear.

Es el “highlight” de su día, y del mío realmente.

Generalmente salgo con mi amiga Gracia, la única valiente que se atreve a acariciar a Sancho, que es un poco gruñón, pero esta vez Gracia no se quiso arriesgar a salir con el cielo tan encapotado como estaba.

En el apuro y, para que no nos agarrara la tormenta, agarré el primer impermeable que conseguí en el closet.

Era el de mi esposo, rojo y gigante.  (Todavía conservo algunas de sus prendas, aunque casi todas la doné)

Me quedaba enorme, su humanidad era de 1.92 metros de bondad, amor y gentilicio.

Así salimos, yo con mi impermeable que parecía más bien un vestido, y Sancho, como siempre eufórico.

En silencio, caminamos por el bosque, como solíamos hacerlo los tres.

Cuando nos sentamos en el banquito, frente al río, metí las manos en el bolsillo y la magia se hizo.

Un viejo cigarrillo y un “milkbone” (una galletita o “treat” como se llaman aquí) para Sancho.

Fue como si mi esposo me tomara de la mano por un instante.

Me estremecí de puro amor.

Le di la galletita a Sancho.

Y él sonrió.
Sancho sonriendo


Regresamos a casa con los bolsillos y los corazones llenos.

Al final no llovió.

sábado, 8 de septiembre de 2018

NATALIA



Es mi “casi nombre”.

Para hacer la historia corta:

Mi mamá me quería Natalia, y así me dio la bienvenida cuando nací.

“Llegó Natalia”, dijo.

Mi papa me cambió el nombre y bueno, soy Leonor, bello nombre castizo.

El Natalia lo uso como “Nom de Plume”, por cariño.

En Canadá, mi país adoptivo, Leonor es algo ininteligible: 
Lionór o Lenor o Lenora. Me toca siempre deletrearlo.

No sé a qué niveles profundos ese cambio de nombre habrá afectado mi psique, pero, al final, mi vida como Leonor, incluso con sus golpes, ha sido “blanche et pleine, comme la tendresse” (“blanca y plena, como la ternura”, no sé por qué los galicismos, perdonen)

Hace pocos días me levanté con este pensamiento:

“El día esta radiante, igual que mi corazón.”

Me asombré.

Aún lloro lágrimas secas, por mi amor que se fue.

“Te lloro sin llorarte cada día”, le dije hace poco y quise escribir un verso triste.

Son las lágrimas secas, que duelen mucho más que las húmedas.

Pero hace poco también tuve este otro pensamiento:

“Lloro, pero no por lo perdido, sino por todo lo que tengo”, y éstas, sí son lágrimas mojadas.

Como las que me asaltaron, hace poco, cuando escuché una “voz antigua”, como dice la canción de Alfonsina y el Mar.

“Natalia”… un eco  que ha traspasado tres generaciones.

Todavía no llega, pero ya habita en el Bosque Encantado, el vientre de mi hija.

Natalia Elena

Con flores y dulces, te celebramos mañana.

PD: Mañana se reúnen en mi casa todas las hadas. Las que aquí habitan, las que están en otros países, pero igual nos acompañan y las ausentes, presencias protectoras (una larga lista…)  que derraman sus bendiciones sobre Natalia ( B’Risita, el remolino despeinado) y su hermano Tomás  (alias Chispita).