sábado, 22 de septiembre de 2018

CALVICIE OTOÑAL




El Ingeniero Gutiérrez se asomó a la ventana y miró a Horacio barrer las hojas del patio.
-      Qué trabajo tan ingrato – pensó Gutiérrez – malpagado, sin posibilidad de ascenso ni desarrollo personal, y encima, cuando sopla una brisita, hay que empezar todo de nuevo. ¡Pobre Horacio!
 Gutiérrez salió de su breve reflexión y revisó el plan de trabajo. El proyecto terminaría en dos meses. Pronto comenzaría la “botazón” o más elegantemente dicho: la “desmovilización”. Son los tiempos en que nadie quiere atender el teléfono; podría tratarse del personaje más temido: la “licenciada”, la que entrega el fatídico sobre de la liquidación con un beso, “el beso de la mujer araña”. Así se le conoce en la oficina. 
Para el Ingeniero Gutiérrez comenzó la agonía. Le aterrorizaba la idea de quedarse sin trabajo. A estas alturas ya debía estar acostumbrado. La ingeniería era así, con altibajos, períodos de trabajo intenso y fases de depresión. Sin embargo, a él jamás le había faltado empleo, ni siquiera en las épocas más duras.  Gutiérrez era un hombre con una carrera impecable y sus pronósticos fatalistas, hasta ahora, no lo habían afectado. Pero Gutiérrez pertenecía a la más nefasta clase de pesimistas, a quienes, lo peor que puede ocurrirles en la vida es que las cosas les salgan bien. A Gutiérrez se le iba la vida esperando lo peor y para su mayor desgracia, lo peor nunca llegaba. Mientras tanto, Gutiérrez se iba quedando calvo.
 La situación del país, la inseguridad, el riesgo de un régimen totalitario, en fin, todo alrededor de Gutiérrez conspiró para que su miedo a quedar sin empleo se convirtiera en pánico. Tenía dos meses para mover sus contactos y lograr entrar en otro proyecto donde fuese remunerado igual o mejor que en el actual.
Gutiérrez removió el cielo y la tierra, pero parecía que esta vez sus visiones apocalípticas serían realidad. El “mercado” está flojo, le decían sus amigos; tu “tarifa” no es competitiva para la empresa, insistían; sería un privilegio contar contigo pero no podemos permitirnos ese lujo, argumentaban. En fin, El Ingeniero Gutiérrez sentía que el mundo se le estrechaba. Lo consideraban y él también se sentía, sobrecalificado y la posibilidad de “retroceso” le resultaba insoportable, el hecho de ser sub-pagado o sub-empleado era una humillación, una mancha en su ascendente carrera.
Los días pasaban y el agobio era cada vez mayor. Aquella mañana, sonó el teléfono. Era la “licenciada” solicitándolo de inmediato en su oficina. El ingeniero Gutiérrez tembló de pies a cabeza. Era su turno para recibir el beso de la mujer araña. Para Gutiérrez era casi una castración, una mutilación de su curriculum, un sablazo a su orgullo profesional. Desempleado, ese iba a ser su nuevo status. Sus cristales oscuros magnificaron una vez más la desesperanza: Jamás conseguiría otro trabajo, jamás le pagarían lo que verdaderamente él valía. Un hombre de su trayectoria, de su experiencia y sapiencia: desempleado. Sus contactos le habían fallado. Aquello era el fin. Gutiérrez colgó el teléfono, desolado y se asomó a la ventana buscando cualquier cosa que alimentara su desgracia: una manifestación de desempleados, un golpe de Estado, un niple, un asalto. Pero su mirada se tropezó de nuevo con Horacio, quien, como siempre, barría las hojas del patio.
-      Pobre hombre, al menos hay alguien peor que yo – pensó, y se levantó para dirigirse a la oficina de la licenciada como quien va a la guillotina.
Justo en ese momento, comenzó a soplar una brisa fuerte. Los montoncitos que cuidadosamente había arreglado Horacio, se esparcieron  por todo el jardín.  Se produjo un viento de hojas en el patio, una lluvia de verdes, ocres y naranjas, un remolino tornasolado. La brisa cesó y el piso quedó cubierto con una alfombra de hojas secas y florecitas moradas.
          El Ingeniero Gutiérrez salió de su oficina, molesto. Ya tenía planes para irse de este país ingrato, incapaz de ofrecerle un trabajo digno a alguien tan preparado como él. Entró a la oficina de la “licenciada” y antes de que ella pudiera hablar le dijo.
-      Ahórrese el beso. ¿Dónde tengo que firmar?
-      ¿A qué se refiere Ingeniero Gutiérrez? Yo lo solicité para anunciarle su ascenso, con su correspondiente ajuste de salario, así que renovaremos su contrato de inmediato.
Allí quedó Gutiérrez, con el pesimismo entre las piernas, mientras unos cuantos pelos otoñales se desprendían de su cabeza. Afuera, el trabajo también caía de los árboles, de las formas y colores más diversos. Horacio barría. 

PD: Escrito en Caracas, hace mas de 20 años...

2 comentarios:

  1. Sorprendente e inesperado final.
    Un abrazo.

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    1. jaja si inesperado final, al final todo le salio bien, lo peor que le puede pasar a un pesimista jaja
      Abrazote!

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