jueves, 24 de mayo de 2012

CONVERSACION MUDA


El mundo está sediento de consuelo, de caricias, de bondad. Tuve la suerte de presenciar, hace poco, un momento que recogió todo eso. Fue un instante de infinita dulzura, un regalo para mis ojos, un cariño para mi espíritu, y a la vez , un gran aprendizaje.

La magia tiene maneras muy raras de producirse, pues lo más paradójico, es que este momento angélico, me sucedió en el lugar más superficial del mundo: la peluquería.

Allí estaba yo, en mi sillón, esperando los cuarenta y cinco minutos del tinte, con una bata de plástico negro, con papeles de aluminio retorciéndose sobre mi cabeza y un cintillo de pintura negra en la frente. En fin, la propia bruja Escandulfa.

La peluquera peinaba  a una señora que había venido con su mama, su bebe de tres meses, que estaban esperando en una salita aparte y una muchacha, que estaba sentadita muy tranquila al lado de la señora,  sin decir nada.  Creo que escuché que se llamaba Karen.

Yo  leía mi libro despreocupadamente, con mi facha  de extraterrestre, mirando el reloj impacientemente cada dos minutos.

De pronto se escuchó llorar al bebe en la salita contigua. La mama no lo escuchó, por el ruido del secador y las tapa-orejas que le ponen a uno para no quemarse. Pero Karen sí, e inmediatamente se levantó. 

Al rato regresó, se sentó en su silla, y noté que algo le pasaba. Se tapó el rostro con las manos y, sin ton ni son, empezó a llorar, como si hubiese pasado una tragedia. Karen lloraba desconsoladamente.

Yo no entendía nada. Los secadores se apagaron, y la señora, que creo que era su hermana, le preguntaba angustiada, pero con un tono muy dulce, ¿qué te pasa Karen? ¿por qué lloras?

Karen murmuró algo que no entendí,  la señora sonrió amorosamente, y le susurró algo más, que tampoco entendí.  Yo impertérrita, presenciando una conversación muda, totalmente hecha de caricias y sonrisas.

De pronto Karen dejó de llorar, tan súbitamente como había comenzado, como si el amor cerrara el grifo. Abrazó a su hermana por la cintura mientras ella le acariciaba el pelo y en eso, por primera vez pude ver su rostro. Karen era una niña especial, o excepcional, o con síndrome de Down. No sé cual es la forma más correcta de decirlo, pido disculpas por eso. Yo solamente sé que Karen era un manojo de emociones en una sonrisa de niña.   También solamente sé que su hermana, la trató con tanta dulzura, le habló con tanto cariño, la acarició con tanta delicadeza, que su consuelo fue instantáneo.

Karen se quedó tranquilita en su silla como si nada hubiera pasado.
Yo boquiabierta, con miles de sensaciones circulando por mi cabeza, debajo del enjambre de papel de aluminio y la especie de bolsa negra que me cubría. Sensaciones indefinibles,  sólo estoy segura de que ninguna era lástima. Acababa de ser testigo de la pureza de un alma. Con razón en algunas culturas, los niños especiales, permítanme llamarlos así,  son los preferidos de los Dioses.

El chirrido del reloj señalando que ya habían pasado los cuarenta y cinco minutos, me sacó de mi ensoñación.

Mientras me lavaban el pelo, me puse a pensar, justamente lo que dije al principio. Todos estamos, de alguna manera ávidos de consuelo y lo que presencié hoy, fue una prueba  de que el cariño sincero siempre funciona. También aprendí que Karen y quienes que son como ella,  son almas sensibles, puras y delicadas, verdaderamente, muy especiales.
Salí de la peluquería, con reflejos, sin canas y con corte de pelo, pero, tras presenciar este sencillo acto de consuelo, creo que más bien quedé un  poco embellecida por dentro.

1 comentario:

  1. Que bonito y que gran verdad!! Todos estamos ávidos de cariño, hay que darlo más ya que se suele producir reprocidad, así seremos más felices. Tengo la suerte de tener a alguien que me lo da en tanta mesura como lo necesito, y un cariño distinto como el de mis hijos, especialmente el mayor que me lo da a raudales.

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