miércoles, 3 de julio de 2019

PEQUEÑOS EVERESTS





No me acuerdo donde leí una vez que “los obstáculos en la vida, son la vida.” (Creo que es del poeta mexicano Jaime Sabines, lo revisaré)

A los que hoy me refiero, los llamo mis “Pequeños Everests”.

También se le conocen como, mis nuevas soledades cotidianas.

Y es que, es realmente una novedad de mi post-vida, la que comenzó el 23 de noviembre de 2016, esto de despertar con un Himalaya en el plexo solar.

La lista es larga y trivial, y va desde cambiar un bombillo, o la pila de la alarma de incendio, o la del control remoto, o el filtro del agua de la nevera o del sistema de calefacción, o prender el sistema de irrigación, hasta abrir los ojos en la mañana y después de ese breve estupor entre el sueño la vigilia, comprender que él no está.

Ante este misterio sí que me rindo y hasta he llegado a reconciliarme y aceptarlo con amorosa gratitud.

Creo que tengo más presencia de ánimo para los asuntos serios de la vida, que para los baladíes. Estos sencillamente, me comen.

Son mis pequeños Everests.

Mi suegra de 93 años me dice “Problems are there to be solved.”

En mi vida corporativa, le pedía a mi equipo y hasta lo tenía escrito en mi pizarra: “If you come with a problema, please bring three solutions.”

Entonces me pregunto, ¿por qué ahora me paralizo ante cosas perfectamente solucionables?

“Flores de almendro, flores de almendro…”

Una pausa poética que viaja desde mi infancia mientras escribo. La presencia de mi padre. Pájaros que cruzan mi mente.

Entiendo que son cosas de las cuales nunca antes tuve que preocuparme. ¡Con cuánto amor me cobijaba mi amado!

Desde entonces y desde siempre, a Dios gracias, tengo la fortuna de tener mi ejército de ángeles que me sostienen en la escalada.

Entonces ¿de qué me quejo?

Para ellos mi gratitud; siempre a mi lado.

De ahora en adelante, haré uso de algo que leí una vez, palabras más o menos: si uno tiene que escalar el Everest, uno no puede mirar hacia arriba, a la montaña, gigante, peligrosa e intimidante. Uno tiene que mirar hacia abajo, con humildad, y ver el paso alcanzado hoy, y así cada día… hasta conquistar la cumbre.

Desde hoy mismo anotaré en un cuaderno especialmente dedicado para ello, el paso alcanzado, por pequeño que sea.

Hoy por ejemplo, solucioné un Everest con una simple llamada telefónica.

Y otra ave cruza, no al azar, por mi mente.

Un autor, que tampoco recuerdo, dijo una vez que si, cuando uno está escribiendo pasa un pájaro, ya esa avecilla forma parte de la historia.

La mía es este extracto de un poema de mi juventud (todavía puedo recitar de memoria todo el poema), de nuestro querido poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, “El Dulce Mal”:

“Surgió una cumbre frente a mí; quisieron
 otros mil coronarla y no pudieron;
sólo yo quedé arriba, sonriendo,
y allí, suelta la voz, tendido el brazo,
nunca sentí ni el leve picotazo
del Dulce Mal con que me estoy muriendo…”


PD: Link para el texto completo del poema https://ciudadseva.com/texto/el-dulce-mal/

2 comentarios:

  1. Como senderista/montañero diré que me encanta mirar en dirección a la cumbre, quizá porque solo veo diversión y no un obstáculo. En el mundo de los obstáculos intento aplicar aquello de “divide y vencerás” o lo de “paso a paso”, pero es más fácil decirlo que hacerlo ¡Ánimo con tus cumbres! Un abrazote.

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    1. Gracias por tu comentario mi apreciado Jorge Roland. Me gusta esa otra perspectiva de la montaña, la voy a intentar. Y gracias por ese abrazote, te envío otro a ti.

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