Es mi canción
favorita del compositor y cantante Willie Colón, fallecido el pasado 21 de
febrero. Descanse en paz maestro y gracias por su espectacular legado musical.
Ese día, para homenajear a quien me hizo y me
hará bailar salsa y otros ritmos caribeños hasta el fin de los tiempos, me
serví un vino y puse su canción, Gitana, a todo volumen.
Cerré los ojos y me transporté.
Por si un… día
me muero….
Su ritmo, cadencioso y divino me poseyó.
Y tú… lees este
papel….
Me dejé llevar por mi pareja invisible pero
presente, mi muy británico esposo, ese que me recibirá en el cielo un día, bailando
como un profesional, lo tenemos negociado. Él decía que nosotras las latinas
teníamos “extra joints” (articulaciones adicionales).
Sin mirarte yo
te miro
Sin sentirte yo
te siento
Sin hablarte yo
te hablo
Sin quererte yo
te quiero…
Terminó la canción, abrí los ojos con una
sonrisa y miré a unos caminantes frente a mi ventana que me observaban divertidos.
Los saludé sin vergüenza alguna, más bien con
cierto orgullo y me senté a terminar mi vino, también esta reflexión.
La música tiene la facultad de desatar en mí
demonios ocultos.
Es una sensación avasallante, un torrente
melódico que mueve cada músculo de mi cuerpo y me invita a bailar, bailar,
bailar…
Es irrelevante dónde esté, en el carro,
caminando con mis audífonos en el parque, frente a mi ventana.
No me da miedo que se rían de mí o que digan
que soy una vieja ridícula.
Bailando Gitana ahí frente a mi público
cautivo fue una epifanía.
Cai en cuenta de que el baile, en cualquiera de
sus géneros, salsa, merengue, tango, bachata, joropo, es una alegoría de esa
palabra que a veces nos elude: libertad.
Gitana, gitana
Gitana, gitana
Tu pelo, tu pelo
Tu cara tu
cara…
Y la libertad es justamente eso:
¡No tener miedo!
Descanse en paz maestro.
Les dejo otro regalo musical, Gitana de
Willie Colón.
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