El año comenzó
movido, también ruidoso.
Mis compatriotas saben a qué me refiero.
A ello se suma el incesante diálogo interno que
genera en la mente la incertidumbre.
Bien dijo Isabel Allende que “…la vida no es
más que un gran ruido entre dos silencios insondables.”
En fin, tratando de escapar del estruendo
noticioso, como siempre hago, me abrigué bien y salí a caminar en busca de un
tesoro.
No me
refiero a oro ni diamantes, sino a esa otra riqueza llamada “quietud”.
Así, con abrigo, gorro y bufanda, me sumergí en
mi paisaje de serenidad.
En minutos, me sentí desconectada de la
realidad, por fin se apagó el parloteo de mi mente.
A mi alrededor, un mundo de cristal.
Literalmente.
Se trata de un fenómeno de esta época que en inglés
se conoce como “hoarfrost”, el cual se traduce como: escarcha.
Es un prodigio que sucede cuando el vapor, en
las noches húmedas y calmadas, se transforma directamente de gas a hielo,
creando sobre las superficies, la delicada textura de una pluma al viento.
Todos los árboles del parque y de la ciudad se
cubren de estos diminutos cristales de luz.
A mi espectáculo visual se le sumó
el sonido del fluir del río.
En ese momento de total relajación,
exhalé muy lentamente y dejé de intentar comprenderlo todo.
Encontré mi momento de sosiego.
Regresé a mi casa y para calentarme,
me serví un oportico, resuelta a comenzar mi año con optimismo, sin
impaciencias ni prisas.
Quietud, oporto y escarcha.
Creo que encontré mi tesoro.
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