martes, 3 de octubre de 2023

¡AH BUENO…!

 



Es una expresión que, ante una noticia no tan favorable, actúa como atenuante y transmite cierto alivio.


Lo que no sabía era que se iba a convertir en mi proyecto a futuro.


Hace poco le dije a mis hijos que, si llegaba a los ochenta años, me iba a hacer un tatuaje en el antebrazo con esas palabras: ¡Ah bueno!


Ellos se rieron claro, y me dijeron: sí mami, si quieres también te pones un “piercing” en la lengua.


El hecho es que tengo mis argumentos para este plan, a mediano plazo y también otro propósito más serio.


Quiero trabajar una cualidad que me propuse tener bien entrenada cuando llegue al octavo piso.


Se trata de la flexibilidad.


Esta palabra, al igual que esa otra tan de moda y que me cuesta pronunciar, resiliencia, me da pesadillas, pues me recuerda mis clases de Resistencia de Materiales cuando estudiaba ingeniería civil en Caracas.


Flexibilidad, en términos humanos, es la capacidad de adaptarse.


Quiero llegar a los “ochenta y dele”, flexible, no solo de cuerpo sino de espíritu, y que cuando me digan, vente, vamos, sube, baja, móntate en la moto, en el avión, en el barco, en paracaídas, donde sea. Yo diga, voy, vamos, siempre. Sin poner problemas.


Aprendí hace poco, bellamente y brindando por alguien especial, que la flexibilidad es una sencilla manera de ser más felices, nosotros, y las personas a nuestro alrededor.


En conclusión, como ven, tengo dos proyectos a mediano plazo.


Y por si todavía se preguntan ¿por qué “Ah bueno”?


Luciré esa expresión en mi antebrazo para celebrar esa edad de oro, de alivio, de puro goce, de misión cumplida.


Mi mamá decía que después de los ochenta, uno ya está en la edad del ¡Ah bueno! 


Y ¿por qué?, le preguntaban con curiosidad.


Porque cuando yo me muera, y pregunten ¿qué edad tenía?, 87…


- ¡Ah bueno!

lunes, 25 de septiembre de 2023

LECCIÓN DE AJEDREZ



 

Mi hermano Rafael (QEPD) me enseñó a jugar ajedrez cuando yo tenía apenas unos seis años. Nunca se me olvidará que para darme un ejemplo de cómo se movían los peones, me dijo que tenía un amigo que apodaban “peón de ajedrez” porque caminaba derecho, pero comía de lado.


En fin, tenía toda una vida sin jugar, pero alguien cercano me pidió que, si podía enseñarle, y así lo hice.


Le expliqué lo básico, a colocar las piezas en el tablero y los movimientos de cada una. Le enfaticé que el juego consiste en lograr que el Rey del oponente no tenga escapatoria posible.


Hace poco, esta persona me dijo que ya estaba listo para una partida.


Nos sentamos frente a frente. Él eligió las blancas y claro, yo así de confiada, no tuve problema en que saliera primero.


Comenzó la batalla.

Yo en mi afán de educarlo, comencé a ofrecerle mis comentarios.

-   A ver, acuérdate que, en cada movimiento del oponente, tienes que evaluar a qué piezas te está amenazando y cuál es la intención.

Él escuchaba con atención sin decir palabra.

-    Tienes que abrirle espacio al alfil. No es conveniente que saques a la Reina prematuramente.

De vez en cuando escuchaba un débil: Umjaa…

-      Si sabes que vas a tener que retroceder, es preferible que no gastes un turno en eso.

-      Umjaa…

-      A las Torres tienes que tratar de dejarle espacio para que puedan apoyarse entre sí, porque así es que son poderosas.

Yo me asombraba de la capacidad de atención de mi oponente.

Entonces de repente, en medio de mi “perorata” escuché:

-      Jaque Mate, Nana.

-      ¿Cómo? - dije yo.

Efectivamente, mi Rey no tenía escapatoria.

Mi nieto Tomás de siete años, soltó una carcajada y me dijo:

-      Nana, tienes que hablar menos y prestar más atención.

La mejor lección de ajedrez y de vida que he recibido jamás.

lunes, 4 de septiembre de 2023

JULIA

 


 

Cuando yo era pequeña, mi hermano Oswaldo estudiaba medicina y un día trajo a la casa un esqueleto humano al cual bautizaron Julia.


Julia vivía en lo que llamábamos “el cuarto de arriba”. Yo me asomaba con cautela y curiosidad pues me daba miedo. No podía imaginar a mis, quizás cinco años, que así éramos por dentro.


Un día, el perro de la casa descubrió a Julia y se dio un banquete. Hasta ahí llegó nuestra amiga, triste final. QEPD.


Y este súbito interés por el tema óseo viene al caso porque hoy, por razones crujientes, descubrí que el cuerpo humano tiene doscientos seis huesos. Yo sabía de la existencia de algunos, fémur, húmero, tibia, peroné, cúbito y radio, ¿pero, tantos? Solamente en un pie hay veintiséis huesos y en una mano veintisiete alegres huesecillos.


Yo utilizo como el diez por ciento de mi sistema óseo, pero de vez en cuando me gusta mover el esqueleto, sobre todo cuando escucho mi música favorita, como esa de, “No hay que llorar, pues la vida es un carnaval y las penas se van bailando…” O aquella de, “Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, disfruta las cosas buenas que tiene la vida…”


Pura poesía a ritmo tropical.


Pero hoy, además de cuantitativa, contando huesos, amanecí como Julia después de que se la devoró el perro: triturada.


Creo que la clase de yoga fue un éxito. ¡Volveré!


¡Namaste!

 

PD: Para terminar con algo de humor, me acordé de aquel chiste del señor que va a consulta y le dice al médico, mientras señalaba las partes de su cuerpo.

-       Si me toco aquí, me duele; si me toco aquí, me duele; si me toco aquí, me duele…

-       Usted lo que tiene es el dedo fracturado.

 

martes, 29 de agosto de 2023

MERMELADA MÁGICA

 


 

Destapé el frasco de mermelada de naranja dispuesta a disfrutarla con las tostadas de mi desayuno.


Entonces, un pensamiento peregrino voló por mi cabeza.


Aquel misterioso diálogo entre Alicia y la Reina, en el clásico de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas.

-      Es una mermelada muy buena. – dijo la Reina.

-      Bueno de todos modos no me apetece. – dijo Alicia.

-      Hoy no la tendrías, aunque quisieras. – dijo la Reina – La regla es: mermelada ayer, mermelada mañana... pero no hoy.

Confundida, miré de nuevo mi reluciente frasco y me poseyó una duda existencial, como si hubiese tropezado en la misma la madriguera donde se cayó Alicia.

-      ¿Será que “hoy” a mí tampoco me apetece desayunar con mermelada?

Cerré el frasco y decidí tomarme mi café con un pedazo de torta de zanahoria mientras desempolvaba de mi biblioteca las obras completas de Lewis Carroll.

Fue un desayuno inusualmente estimulante y substancioso, debo decir.


Pasé el día flotando entre espejos, conejos, gato Cheshire, Reina de corazones, langostas, orugas, tortugas, “mad tea parties”.


Cayó la tarde dejando en el cielo, nubes con formas de leones y unicornios.


El momento perfecto para el “sundowner”, el trago de cuando cae el sol.


Busqué la botella de vino, y cuando la destapé, otra vez, el ave fugaz de la mermelada imposible cruzó por mi cabeza.


Esta vez, decidí combatir esa amenaza de promesa incumplida de, “hoy no, mañana…”, con algo con lo cual nos educan al nacer. Aquella máxima de, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.


Me serví mi copa de vino blanco con la sensación de promesa honrada.


En esta casa la regla es: se toma hoy; no ayer, ni mañana.


El primer sorbo me supo a presente glorioso, aquí en Canadá, mi país de las maravillas.


“Mañana”, que ya será “hoy” y no “ayer”, desayunaré tostadas con mantequilla y mermelada mágica.


Por ahora ¡Salud!

viernes, 18 de agosto de 2023

RELOJES VIEJOS

 



 

En el fondo de una caja polvorienta aparecieron cuatro relojes viejos.


Cada uno con el tiempo detenido en una hora diferente.

Este detalle de las horas suspendidas a su antojo me produjo un pequeño estremecimiento.


En fin, sin darle más terreno a mi imaginación, me los probé de nuevo, todos muy bellos, así que decidí que, al día siguiente los llevaría a cambiarles la batería para poder lucirlos otra vez.


Esa noche dormí plácidamente.


Al día siguiente desperté con una sonrisa y con el aroma de un humeante y oloroso café reposando sobre mi mesa de noche.


Me extrañé un poco, pero en ese estado entre sueño y vigilia, me dejé llevar por esa sensación de plenitud.


Me levanté y cuando me miré al espejo casi me da un infarto. Era yo, sí, pero veinte años más joven.


Estoy soñando, me dije decepcionada y me regresé a la cama.


Fue en ese momento cuando me di cuenta de que tenía uno de los relojes con la hora detenida, en mi muñeca. Me había olvidado de quitármelo al irme a dormir.


Era obvio, el reloj antiguo había actuado como una máquina del tiempo de pulsera (así de fértil es mi imaginación)

Me entregué a ese regalo del tiempo, de juventud y bebí de aquella vaporosa taza de café humeante de recuerdos.


Más tarde, me arreglé y fui a la relojería a cambiar las baterías de mis relojes viejos.


A la media hora me los devolvieron, brillantes y ajustados todos a la hora local, 11:01am del día 9 de agosto de 2023.


Decidí ponérmelos todos a la vez, dos en cada muñeca.


Con mis “aquí y ahora” realineados, me apresuré a casa dispuesta a recibir los regalos del día.


Al final, como dijo el gran poeta persa Omar Khayyam:


“… es más tarde de lo que imaginas…”

domingo, 13 de agosto de 2023

MEMORIA TÁCTIL

 


 

Cerré los ojos y dejé que los recuerdos acudieran a la punta de mis dedos.


Por primera vez en muchos años, me di permiso para abrir una compuerta que había estado firmemente cerrada.


La de la música.


No sé de donde surgió esa inspiración, quizás del viento, del río, del cielo.


Fue como si un torrente de agua se soltara, súbitamente, sobre un cauce silencioso, árido y desierto.


Mis manos comenzaron a moverse, recordando caricias, recorriendo caminos de marfil y ébano, bailando al ritmo de mi propia magia.


Los años más felices de mi vida regresaron en maravillosas danzas y contradanzas, valses, dulzuras, seis por ochos.

Dicen que la alegría recordada, no alegra.  A veces todo lo contrario y lo certifico realmente, pero esta vez me sentí autorizada para llenarme de nuevo con la alegría de mi música.


Podría decirse que fue un instante de éxtasis, hasta que ese insecto que se llama conciencia, en forma de distracción, me trajo a la realidad.


Trastabillé.


Mis manos se quedaron congeladas en un fa sostenido y un mi bemol.


Aquel chorro melódico que brotaba al son de un “Cierto Curita” (*), proveniente de mi memoria reptil, cesó.


Si mi amigo Francisco hubiese estado aquí, hubiese citado a nuestro gran Aquiles Nazoa diciendo con sorna: “Niñita tocando piano, o quien fuera sordo.”


Pero lo importante es mi nueva intención. Este renovado entusiasmo que siento de recuperar mi piano. La música venezolana que mi bella profesora Marilú, me enseñó durante años, aquellas Mañanitas Caraqueñas, en mi casa frente al Ávila.


Ella logró lo imposible; que mi esposo, mi muy flemático caballero británico, todo un Englishman, disfrutara de un cigarrillo tarareando un joropo, el “Jarro Mocho”, para ser precisa.


Mi memoria en general es pésima, pero mi memoria táctil está intacta.


Sus manos. La música venezolana. Mi piano.


Melodías que, como aves del tiempo, regresan, esta vez para alegrar.

 

“Tus manos son mi caricia,

mis acordes cotidianos...”

Te Quiero, Mario Benedetti

 

(*) Valse Aragüeno de finales del siglo XIX

 

martes, 1 de agosto de 2023

PENSAMIENTOS

 



 

Acepté la misión de muy buen agrado, sin saber exactamente de qué se trataba.


Era una pequeñísima manera de retribuir todo lo que esta buena amiga hace por mí.


Hoy en día la gente tiene mascotas muy raras, lagartijas, arañas y hasta culebras, pero tengo bastante experiencia cuidando niños, perros y afines, así que pensé que su encargo no sería problema.


Me equivoqué.


Mi amiga me dejó anotadas las instrucciones con detalles. Horarios de comida y bebida que, dependiendo del estado del tiempo, podían variar.


Cuando las conocí me quedé maravillada por la delicadeza y casi fragilidad de su belleza.


Pero, sobre todo, aunque mudas y quietas, estaban vivas.

Y así mismo tendría que devolverlas.

Cada mañana, abría la reja de su jardín y con nerviosismo, me fijaba en todos los rincones posibles donde habitaban, hablándoles o más bien rogándoles:

-      ¡Por favor no se mueran!

Y es que no tengo idea si, en mi afán de calmar su hambre y sed, las ahogo o las enveneno.

Cada mañana, despertaba con una pequeña angustia.

-      ¿Seguirán vivas?

Al final decidí relajarme, creo que mi falta de confianza las estaba poniendo nerviosas. Decidí conversar con ellas, cantarles y deleitarme con su maravillosos colores y compañía. Hasta me aprendí sus nombres.

Lirios anaranjados, girasoles incandescentes, hortensias azules, dalias pálidas, peonias rosadas, pensamientos morados y amarillos.


Me sobrevivieron.


Mi amiga regresó de su viaje y me llamó a decirme que sus flores estaban más bellas que nunca.


Respiré aliviada. Me recompensó con una botella de vino.


Sin tiempo que perder, procedí a bebérmelo.


Esta vez sentí que regaba mis propias flores, mis pensamientos, con agua de poesía.

 

“Con la libertad, las flores y la luna,

¿quién no sería perfectamente feliz?”

Oscar Wilde