lunes, 30 de marzo de 2026

TORRE DE BABEL

 


Llegué tarde al concierto y me tocó sentarme en la última fila.

Me acomodé justo entre dos cabezas blancas, una pareja de aquello que llamaban en mi ciudad, la “juventud prolongada” o “gent grand” (gente grande) como se conoce en Cataluña a las personas mayores.


De inmediato la música se adueñó del recinto.


La parejita de enfrente mantenía un diálogo conmovedor. Se miraban, se sonreían, mientras se deleitaban con las notas que flotaban en el aire.


Yo intentaba sortear mi mirada entre sus gestos a ver si divisaba a mis amigos que cantan en el coro.


Como no era tan fácil, decidí cerrar los ojos y concentrarme en la música.

Las primeras piezas eran en latín, Laudate Dominum is sanctis ejus…


Siguieron con melodías en italiano, Dolcissimi respiri de nostri cori amanti…


Abrí los ojos un momento para intentar de nuevo encontrar a mis amigos y me topé otra vez con las cabezas de mis adorables viejitos.


El coro se paseaba ahora por estrofas en alemán, Einst ruh ew’ge Zeit…y yo, en trance sublime, entendiendo todo lo que me comunicaba la música, sin necesidad de traducción.


He aquí mi reflexión.


Vino a mi mente la Torre de Babel.


Según los relatos bíblicos, la civilización de entonces pretendía construir una torre colosal que llegara al cielo, un acto de soberbia por lo cual, Dios, para detener su orgullo, decidió confundir sus lenguas originando así los diferentes idiomas. Aparentemente, al no entenderse, abandonaron la construcción y se dispersaron.


Yo allí, en mi concierto, internalizando todo lo que cantaba el maravilloso coro sin importar las palabras y contemplando el lenguaje silente de esa pareja de eternos enamorados, concluí algo importante que quizás los constructores de la Torre de Babel no consideraron.


No hace falta ser políglotas para poder entendernos.


No es preciso ser plurilingües para conmovernos ante el “aliento más dulce”.

La música, la poesía, el amor.


En la sala y también en mi pecho, estallaron los aplausos.

lunes, 23 de marzo de 2026

TERCER ACTO

 


Hace poco conversaba con un amigo sobre películas viejas y comentábamos algunas de nuestras escenas favoritas.

Creo que mi amigo no quedó muy impresionado con mi selección.


Sí, soy una romántica empedernida.


La primera que vino a mi mente y que todavía me causa escalofríos de pies a cabeza, es la boda de María (Julie Andrews) y el Capitán Von Trapp (Christopher Plummer), en la catedral de Salzburgo, (La Novicia Rebelde).


Para mi amigo, la más memorable se produce en la secuela de Star Wars (El Imperio Contraataca), cuando Darth Vader, la encarnación del mal, le confiesa a Luke Skywalker que es su padre.


Mi segunda opción la protagonizan Jack (Leonardo Di Caprio) y Rose (Kate Winslet) abrazados en la proa del Titanic sin presentir su destino.


Mi amigo recordó a Rocky Balboa (Sylvester Stallone) corriendo por las calles de Philadelphia (Rocky I).


Yo por último traje a colación a Molly (Demi Moore) cuando está frente al torno de alfarero y se presenta el fantasma de su gran amor, Sam (Patrick Swayze) y la abraza (Ghost).


Mi amigo mencionó la escena de la bicicleta en ET, El Extraterrestre.


En fin, cambiamos el tema y terminamos la caminata hablando de comida.


Yo llegué a mi casa y como siempre, me puse a repasar mis propias escenas, las antiguas y las que están en pleno desarrollo.


Y es que ya me encuentro formalmente en lo que en teatro se llamaría Tercer Acto, es decir, ya bien adelantado el arco narrativo o en términos técnicos, lo que se conoce como “acción descendente”, donde los conflictos presentados en los dos primeros actos se resuelven y se establece una nueva normalidad.


En eso estoy, en mi “nueva normalidad” donde las escenas se producen aleatoriamente; una caminata con un buen amigo (aunque discrepemos cinematográficamente), una pluma al viento, o justo en este preciso instante, cuando dos inmensos cisnes más blancos que la nieve, pasaron por mi ventana.


Solo me queda desear que, en su simpleza, mi Tercer Acto sea: el mejor posible.

lunes, 16 de marzo de 2026

ODISEA ESPACIAL

 


Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

Ignición.


Comenzó el vuelo.


Tras el cristal de la nave, cielo despejado y sublime.


Un espectro de índigos, lavandas y rosados.


En el centro, ella, espléndida y brillante, la luna llena de comienzos de mes.


A mi alrededor sonaban las notas de la canción de David Bowie, Space Oddity (casi Odisea Espacial pero es “rareza” espacial como se traduce textualmente) una gran casualidad que quizás contribuyó a esta experiencia sideral mientras manejaba desde la casa de mi hijo a la mía, en una despejada tarde de marzo.


Sí, el cohete era mi carro, pero la belleza del ocaso me hizo flotar en mi mente.

Aterricé, apagué motores en mi garaje y entré a la casa ya cuando el sol desaparecía y la penumbra se adueñaba del firmamento.


Me asomé a mi ventana. Al Este la luna llena, al Oeste, cercano al horizonte, pude ver varios puntitos de luz que titilaban. Pensé que serían estrellas fugaces, pedí un deseo y me recordó una anécdota divertida que dejo para el final.


Después me enteré de que esas lucecitas eran la alineación de seis planetas (Júpiter, Marte, Saturno, Neptuno, Venus, Mercurio), los últimos cuatro visibles a simple vista, que se asomaron justo después de caer el sol.


Me parece que esta semana ha habido mucha actividad astronómica incluyendo un eclipse de luna en la madrugada del día 3 de marzo.


Es una rara sinergia celestial que tomaré como un buen augurio; una conexión espiritual con el universo, aunque suene esotérico.


En momentos como estos, suelo sacar una carta de mi oráculo de “Medicina Sagrada” (costumbres de nuestras Primeras Naciones o First Nations).


Esto fue lo que me dijo:


“Eres amada".


Como se dice en buen criollo ¿Pa’qué más?

 

P.D. (lo prometido y disculpen si es repetido):

Los enamorados contemplaban el cielo cuando pasó una estrella fugaz.

- Mi amor, pide un deseo, dijo él.

- Deseo que dejes de tomar, dijo ella.

- Ah, me equivoqué, era un avión.

miércoles, 11 de marzo de 2026

GITANA

 


Es mi canción favorita del compositor y cantante Willie Colón, fallecido el pasado 21 de febrero. Descanse en paz maestro y gracias por su espectacular legado musical.

Ese día, para homenajear a quien me hizo y me hará bailar salsa y otros ritmos caribeños hasta el fin de los tiempos, me serví un vino y puse su canción, Gitana, a todo volumen.

Cerré los ojos y me transporté.

Por si un… día me muero….

Su ritmo, cadencioso y divino me poseyó.

Y tú… lees este papel….

Me dejé llevar por mi pareja invisible pero presente, mi muy británico esposo, ese que me recibirá en el cielo un día, bailando como un profesional, lo tenemos negociado. Él decía que nosotras las latinas teníamos “extra joints” (articulaciones adicionales).

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero…

Terminó la canción, abrí los ojos con una sonrisa y miré a unos caminantes frente a mi ventana que me observaban divertidos.

Los saludé sin vergüenza alguna, más bien con cierto orgullo y me senté a terminar mi vino, también esta reflexión.

La música tiene la facultad de desatar en mí demonios ocultos.

Es una sensación avasallante, un torrente melódico que mueve cada músculo de mi cuerpo y me invita a bailar, bailar, bailar…

Es irrelevante dónde esté, en el carro, caminando con mis audífonos en el parque, frente a mi ventana.

No me da miedo que se rían de mí o que digan que soy una vieja ridícula.

Bailando Gitana ahí frente a mi público cautivo fue una epifanía.

Cai en cuenta de que el baile, en cualquiera de sus géneros, salsa, merengue, tango, bachata, joropo, es una alegoría de esa palabra que a veces nos elude: libertad.

Gitana, gitana

Gitana, gitana

Tu pelo, tu pelo

Tu cara tu cara…

Y la libertad es justamente eso:

¡No tener miedo!

Descanse en paz maestro.

 

Les dejo otro regalo musical, Gitana de Willie Colón.

https://youtu.be/eOU5B7sttHw