lunes, 6 de julio de 2026

Doña Cuatricentenaria

 


Las lágrimas nublaron mi visión y tuve que apagar la música pues estaba manejando.

En mi carro sonaba un antiguo CD de Onda Nueva con la canción “Caracas Cuatricentenaria” interpretada por Ilan Chester.


Los venezolanos todavía estamos estremecidos por la devastación de los terremotos del pasado 24 de junio y difícilmente tiene uno cabeza para pensar en algo diferente, mucho menos escribir sobre algún tema trivial.


Esta canción trajo a mi memoria el terremoto del 29 de julio de 1967, de menor escala que el actual, justamente el año del cuatricentenario de la ciudad de Santiago de León de Caracas, fundada por Diego de Losada el 25 de julio de 1567.


Yo apenas tenía seis años, pero recuerdo con detalle el súbito gran estruendo y cómo se movía el piso de granito rosado de mi casa de Altamira mientras corría de la mano de mi mamá buscando refugio en el jardín.


Todos gritaban “terremoto”, “fin de mundo” y yo no entendía que era aquello. Mi papá, aparte de otorrinolaringólogo, era médico forense y tuvo que irse a cumplir con su triste deber de levantar cadáveres.


Muchos años más tarde, estudié ingeniería civil y aprendí a diseñar estructuras antisísmicas, siempre con este recuerdo, más bien trauma en mi mente.


Hoy, a pocos días de la gran tragedia que se está viviendo en mi país, mi corazón llora. Me conmueve la solidaridad de muchos y doy gracias cuando presencio algún milagro, sobre todo bebés o ancianos extraídos de los escombros.


Son maneras muy diferentes de vivir dos terremotos, como niña y ahora, como adulta, lejos de mi país, pero cercana en su dolor.


Para aligerar esta tristeza, o más bien soltarla, los dejo con la canción de Ilan Chester.


Caracas, flor de trinitaria, Doña Cuatricentenaria…

Y heme aquí, oyéndola y llorando por mi gente de Venezuela.

 

https://www.youtube.com/watch?v=27MEbRT_5is

FIRMIN

 



Todavía bastante somnolienta, me senté en la butaca a disfrutar de mi primer café de la mañana.


Entre los vapores del sueño, de pronto llamó mi atención un vacío en mi biblioteca.  Faltaban tres tomos, tres joyas de la literatura universal: las Obras Completas de Shakespeare, el Ulises de James Joyce y el Quijote de Cervantes.


Lo primero que pensé fue “Firmin estuvo en mi biblioteca y se comió mis libros”.

Sobre mi mesa reposaba Firmin, la novela del escritor norteamericano Sam Savage (1940-2019) la cual estoy releyendo y disfrutando, por tercera vez.


Explico.


La historia de Firmin se desarrolla en Boston, en los años 60’s y trata sobre una rata que devora libros en el sótano de una librería bostoniana. La madre de Firmin era una rata alcohólica y por razones de sobrevivencia, Firmin aprende a “leer” para alimentarse.


En fin, la novela tiene un tono divertido y resulta muy interesante la visión del mundo desde el punto de vista de una rata de biblioteca.


Pero volviendo a la mía, di un suspiro de alivio.


Los libros que habían desaparecido no fueron manjar para mi amigo roedor, sino recordé, un regalo para mi joven sobrino poseedor de una gran curiosidad intelectual y que cumple años el 16 de junio, Bloomsday. Por esa razón yo le tenía ofrecido el Ulises de Joyce, que reposaba inmutable en mi biblioteca (no paso de la tercera página). Le completé el regalo añadiendo otros de mis tomos somnolientos de Shakespeare (Firmin cita a Macbeth cuando dice “eso de la vida es un cuento narrado por un idiota”) y Don Quijote, a quien culpa de su suerte por “haberse enfrascado tanto en la lectura… que vino a perder el juicio”.

Estoy seguro de que Juan, como Firmin, los consumirá con apetito.


Yo por lo pronto, disfruté de mi café mañanero mientras seguía releyendo mi novela. Firmin estaba haciendo la digestión después de devorar El Amante de Lady Chatterley.

 

“Firmin ha sido un acontecimiento en mi vida de lectora, uno de esos raros encuentros con un personaje inolvidable.”

Rosa Montero

 

HALO

 


A su alrededor se desprende un halo luminoso

Llegó a Canadá por aire, pero creo que más bien viajó a través del túnel del tiempo,


Blanco, elegante, etéreo en su bordados y transparencias.


Es un vestido.


Pero no un simple traje, sino una aventura familiar de casi setenta años.        

                                                                                                 

Lo lucieron mis hermanas mayores, más adelante yo, mis sobrinas y después mi hija.


La semana pasada envolvió la belleza de mi preciosa nieta, Natalia, en el día de su Primera Comunión.


Parecía una princesa en ese día de luz en el que, nosotros los católicos, recibimos la gracia y el pan de vida.


Al verla allí, con su corazoncito latiendo de emoción, al lado mi hija, se comprimió mi tiempo en un triple aliento.


Creo que las tradiciones familiares son una forma de trascender el paso de los años.


Se me ocurrió hacer un collage con nuestras antiguas fotografías de Primera Comunión: siete décadas de en un solo vistazo.


Como dije al comienzo, esta tela de organza lleva encendida el aura de cada una de esas niñas que lo llevaron en ese día especial, incluyéndome.


Más que un vestido, un halo legendario que cuenta y contará historias de vida y recuerdos, por generaciones…

viernes, 19 de junio de 2026

LA CULEBRA

 


Más que sorprenderme, me confundió.

Estaba allí en la puerta de entrada de mi casa. Al principio pensé que sería una rama. Pero no, era una culebra y era enorme.


Me quedé como de piedra, pero saqué el celular para tomarle fotos.


La perturbé. Se enroscó y me tiró a morder.


Las culebras aquí no son venenosas y las he visto cerca del río, pero nunca tan grandes como esta.


Al final me enteré de que era una Garter Snake, comunes en Norteamérica y me reconfortó saber que son apreciadas porque protegen las casas de los roedores y otras pestes.


En fin, no pasó de un susto, pero me dejó pensando en cual sería el significado espiritual de la serpiente y qué mensaje trajo a mi puerta.


Lo primero que vino a mi mente fue Esculapio, dios de la medicina y la curación. La serpiente se utiliza como símbolo médico y es parte del juramento hipocrático.  La “vara de Esculapio” es un bastón enlazado por una serpiente que representa el rejuvenecimiento y la renovación.


Telegrama recibido: sanación, juventud renovada y guardián de las alimañas.


Tomé esta visita como un buen augurio.


Volví a casa después de mi caminata diaria, todavía un poco sacudida por la impresión. Me di un baño y me arreglé para salir.


Viéndome al espejo recordé una anécdota de cómo mi muy británico esposo aprendió el significado de la palabra “cuaima”.


Salíamos del Serpentarium del Parque del Este en Caracas después de ver las anacondas, corales, mapanares. Al final de la sala, había un espejo y por supuesto ninguna caraqueña se resiste a darse un retoque.


Así lo hice cuando me percaté de la leyenda debajo del espejo:


“Cuaima”

Serpiente Doméstica


Me reí y le expliqué a mi esposo sobre este “venezolanismo”. Una cuaima es una especie de víbora y el término se refiere, peyorativamente, a las mujeres controladoras y celosas.


Pensándolo bien, quizás mi visitante de hoy vino a recordarme mi condición de cuaima, pero mejor me quedo con la teoría de la sanación y rejuvenecimiento.

miércoles, 10 de junio de 2026

REFUGIO

 


Viajaron conmigo hace más de dos décadas y aquí encontraron su refugio.

Una guarida segura, un lugar callado lejos de la curiosidad de conocidos o extraños, incluso de la mía.


Hace poco, en mi afán de simplificarme, los visité.


Abrí el gabinete más escondido de mi biblioteca y me dejé llevar por ese vertiginoso túnel del tiempo.


Gruesos, pesados y coloridos: mis antiguos álbumes de fotos.


Digo que son ancestrales pues en esta época en que todo es digital, visitar mis fotografías de los años ochenta, noventa y parte del dos mil, es casi tan obsoleto como un daguerrotipo (Louis Daguerre 1839, creador de la fotografía comercial).


Ahí estaba yo, sentada en el piso, rodeada de aquellos “trabucos” de libros, con anotaciones al margen, postales, entradas a museos, etc.


Al pasar las páginas por mis entrañables memorias, la casa de mis padres, navidades en familia, viajes con mis niños pequeños, lugares exóticos que visité con mi esposo, como el archipiélago de Bazaruto, en Mozambique, sentí que las imágenes no eran solo rectángulos de papel bidimensional.


Los recuerdos abandonaron su resguardo de décadas y estallaron en sabores, olores, voces familiares, acordes de piano y de guitarra.


También sensación de ¿qué hago yo aquí? que era lo que me preguntaba cuando me veía en esos remotos rincones del mundo.


Fui colocando cada fotografía en su nueva residencia, más compacta y accesible. Algunas irán a eso que llaman “nube”.


Este ejercicio de simplificación me llevó varios días y la verdad me siento complacida, no solo porque se ventilaron rincones luminosos, sino porque, a pesar del tiempo que hace de las suyas, revisitándome, solo me queda agradecer.


Con frecuencia me olvido de las cosas, pero los buenos momentos siempre regresan.


De papel o digitales, en el álbum o en la “nube”, concluí lo siguiente:


El refugio de la memoria queda en el corazón

ENTORNO

 


Semana de lluvia y ventarrones.

Al principio me aburrí enormemente, pues ni siquiera era posible salir a caminar y menos agarrar el carro con las calles inundadas y árboles cayéndose.


Pero una conversación con un amigo canadiense me llevó a ver las cosas de otra manera.


Después de escuchar pacientemente mis quejas sobre las copiosas lluvias, él me respondió más bien con agradecimiento, diciéndome que las precipitaciones eran necesarias para las plantas y sobre todo para los granjeros de nuestras praderas que comienzan la época de siembra (como dato curioso, de acuerdo con los niveles anuales de precipitación, Calgary se considera de clima semi-árido, por ello los locales agradecen cuando llueve, no tanto la nieve)


Después de esa conversa con mi amigo, reconsideré mis nubarrones, los de afuera y los internos también.


De pronto un relámpago que resplandeció en mi ventana me sirvió de iluminación, un momento de esos que llaman Eureka.


En lugar de las nubes negras y los árboles retozando por el viento, me reconfortaron los verdes vibrantes de la primavera, percibí el olor de la tierra húmeda y agradecida e imaginé a los granjeros, listos para la siembra y más tarde la cosecha; hasta vi mi silueta a caballo, allá en el horizonte flanqueado por las montañas rocosas.


Increíble que, desde mi butaca, sin ni siquiera mover un dedo, cambié diametralmente la manera de mirar a mi alrededor.


Al final esta semana tormentosa me resultó productiva.


Gracias a mi amigo me percaté de una verdad sencilla, pero con un gran poder de transformación.


Cada observador tiene el poder de crear y modificar su entorno.


En mi casa salió el sol.

jueves, 28 de mayo de 2026

BODAS

 


Mi madre, una mujer práctica y divertida, solía decir que “el amor es ciego pero el matrimonio le devuelve la vista”.

Sin embargo, celebró con mi papá casi sesenta años de feliz “ceguera”.


El tema viene a colación pues esta semana que pasó tuve el inusual placer de “infiltrarme” en por lo menos ocho bodas.


Bueno, quizás el término no sea el más preciso pero el hecho es que me tocó ser testigo de múltiples ceremonias nupciales, allá en el resort caribeño donde tuve el placer de vacacionar esta semana.


Desde mi tumbona playera, vinito en mano, pude ver todos los detalles: la elaboración de los arreglos florales, la colocación de las luces y mesas, ensayos de la música, el momento en que los invitados comenzaban a llegar.


Debo decir que me trajo dulces reminiscencias de mi propia boda, allá en un pueblito de pescadores en la costa de Venezuela.


El novio, elegante y nervioso, esperando a su amada.


Ella de blanco, sonrisa radiante, corazón acelerado.


Miradas cómplices y al final las palabras más esperadas…los pronuncio marido y mujer.


Beso, aplausos, descorche de burbujas, felicidad.


Emociona sentir que el amor persiste.


Recordé la “Piedra del Sol”, Octavio Paz, “…el mundo cambia si dos se miran y se reconocen…”


Y aquel poema de Francisco Luis Bernárdez, “Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida…es advertir en unos ojos, una mirada verdadera que nos mira…es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía…”


Lo admito, soy una romántica incorregible, espero no se empalaguen con estas edulcoradas líneas.


Deseo que, todas esas parejas a quienes presencié dándose el “sí quiero”, sean muy felices y que a pesar de lo que decía mi mamá, ese amor ciego nunca, nunca recupere la vista.


Desde mi palco soleado, cada tarde alcé mi copa por los novios, envuelta en brisas salobres, murmullos de mar, recuerdos...