Son pinceladas
coloridas que avivan y alegran las conversaciones.
A mí se me escapan casi sin darme cuenta, desde
algún lugar remoto de mi infancia. A veces la gente se ríe.
Sí, son los refranes.
Mi padre, como buen llanero (Edo. Barinas,
Venezuela) encontraba uno para cada ocasión. Con razón se le conocía como un
hombre afable, bondadoso, elegante y divertido.
Para ilustrar este último punto voy a intentar
describir una situación trivial, una salida al cine con mi hija, utilizando el
repertorio de mi papá:
“La tarde estaba más fría que la mirada de
un espiritista. Me abrigué, pero igual salí de la casa como paloma en
alambre, temblando.
Ya en el carro, mi hija me llamó para que me
apurara porque íbamos a llegar tarde al cine. Yo le dije “Boy”, muchacho en
inglés. Al fondo, escuché reírse a Tomás mi nieto, él sabe más que perro
de ciego.
Cuando llegamos, la sala estaba más sola
que la tumba de Sucre (*), pero al rato se llenó de personas que hablaban
más que un perdido cuando aparece.
En fin, la película resultó tan aburrida como
escuchar una partida de ajedrez por radio (ésta es de mi propio peculio) en
otras palabras, para dormir culebras.”
Lo dejo hasta aquí para no abusar de su
paciencia.
Espero hayan disfrutado estas líneas y si no
los autorizo a cantarme las cuarenta.
No es tarea fácil encontrar inspiración cada
semana, y a veces paso más trabajo que perro en un patio de bolas, o me enredo
más que el que le pegó la patada al arpa, pero cuando finalmente logro dar
forma a algo decente como para compartir, mi corazón queda más contento que
muchacho con zapatos nuevos.
Creo y a mucha honra, que me parezco a mi papá.
(*) La expresión "más solo que la tumba de
Sucre" se originó debido al anonimato y abandono en el que
permanecieron los restos del Mariscal Antonio José de Sucre durante siete
décadas tras su asesinato en 1830.