lunes, 16 de marzo de 2026

ODISEA ESPACIAL

 


Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

Ignición.


Comenzó el vuelo.


Tras el cristal de la nave, cielo despejado y sublime.


Un espectro de índigos, lavandas y rosados.


En el centro, ella, espléndida y brillante, la luna llena de comienzos de mes.


A mi alrededor sonaban las notas de la canción de David Bowie, Space Oddity (casi Odisea Espacial pero es “rareza” espacial como se traduce textualmente) una gran casualidad que quizás contribuyó a esta experiencia sideral mientras manejaba desde la casa de mi hijo a la mía, en una despejada tarde de marzo.


Sí, el cohete era mi carro, pero la belleza del ocaso me hizo flotar en mi mente.

Aterricé, apagué motores en mi garaje y entré a la casa ya cuando el sol desaparecía y la penumbra se adueñaba del firmamento.


Me asomé a mi ventana. Al Este la luna llena, al Oeste, cercano al horizonte, pude ver varios puntitos de luz que titilaban. Pensé que serían estrellas fugaces, pedí un deseo y me recordó una anécdota divertida que dejo para el final.


Después me enteré de que esas lucecitas eran la alineación de seis planetas (Júpiter, Marte, Saturno, Neptuno, Venus, Mercurio), los últimos cuatro visibles a simple vista, que se asomaron justo después de caer el sol.


Me parece que esta semana ha habido mucha actividad astronómica incluyendo un eclipse de luna en la madrugada del día 3 de marzo.


Es una rara sinergia celestial que tomaré como un buen augurio; una conexión espiritual con el universo, aunque suene esotérico.


En momentos como estos, suelo sacar una carta de mi oráculo de “Medicina Sagrada” (costumbres de nuestras Primeras Naciones o First Nations).


Esto fue lo que me dijo:


“Eres amada".


Como se dice en buen criollo ¿Pa’qué más?

 

P.D. (lo prometido y disculpen si es repetido):

Los enamorados contemplaban el cielo cuando pasó una estrella fugaz.

- Mi amor, pide un deseo, dijo él.

- Deseo que dejes de tomar, dijo ella.

- Ah, me equivoqué, era un avión.

miércoles, 11 de marzo de 2026

GITANA

 


Es mi canción favorita del compositor y cantante Willie Colón, fallecido el pasado 21 de febrero. Descanse en paz maestro y gracias por su espectacular legado musical.

Ese día, para homenajear a quien me hizo y me hará bailar salsa y otros ritmos caribeños hasta el fin de los tiempos, me serví un vino y puse su canción, Gitana, a todo volumen.

Cerré los ojos y me transporté.

Por si un… día me muero….

Su ritmo, cadencioso y divino me poseyó.

Y tú… lees este papel….

Me dejé llevar por mi pareja invisible pero presente, mi muy británico esposo, ese que me recibirá en el cielo un día, bailando como un profesional, lo tenemos negociado. Él decía que nosotras las latinas teníamos “extra joints” (articulaciones adicionales).

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero…

Terminó la canción, abrí los ojos con una sonrisa y miré a unos caminantes frente a mi ventana que me observaban divertidos.

Los saludé sin vergüenza alguna, más bien con cierto orgullo y me senté a terminar mi vino, también esta reflexión.

La música tiene la facultad de desatar en mí demonios ocultos.

Es una sensación avasallante, un torrente melódico que mueve cada músculo de mi cuerpo y me invita a bailar, bailar, bailar…

Es irrelevante dónde esté, en el carro, caminando con mis audífonos en el parque, frente a mi ventana.

No me da miedo que se rían de mí o que digan que soy una vieja ridícula.

Bailando Gitana ahí frente a mi público cautivo fue una epifanía.

Cai en cuenta de que el baile, en cualquiera de sus géneros, salsa, merengue, tango, bachata, joropo, es una alegoría de esa palabra que a veces nos elude: libertad.

Gitana, gitana

Gitana, gitana

Tu pelo, tu pelo

Tu cara tu cara…

Y la libertad es justamente eso:

¡No tener miedo!

Descanse en paz maestro.

 

Les dejo otro regalo musical, Gitana de Willie Colón.

https://youtu.be/eOU5B7sttHw

martes, 24 de febrero de 2026

LA QUERENCIA

 

Araguaney, árbol  nacional de Venezuela

Es un profundo amor, una nostalgia, un sentido de pertenencia.

En tauromaquia es la tendencia del toro a refugiarse en su lugar seguro ante la lidia. Además, el toro “toma querencia” o se “aquerencia”, cuando presiente su inminente muerte. Cualquier parecido con nosotros los humanos, no es pura coincidencia.

Musicalmente me recuerda aquella bella canción de nuestro Simón Díaz: “Si mi querencia es el monte, y una flor de araguaney, como no quieres que tenga, como no quieres que tenga, tantas ganas de volver…”

El término surgió en una conversación con una amiga hablando sobre la renuencia de padres o familiares ancianos, a cambiar de residencia, mucho menos de país.

Yo lo entiendo, pues, con los años, todos tendemos a “aquerenciarnos”, esa necesidad de acurrucarnos en terreno conocido, seguro y cálido.

Nuestra querencia.

Quizás algunos la entiendan como un quedarse, otros como un regreso, pero yo diría que ese entrañable lugar nada tiene que ver con la geografía.

Creo que se le atribuye a Marcel Proust, palabras más palabras menos, que, no se extrañan los lugares sino los tiempos.

La vida lo lleva a uno de aquí para allá, cargando cachivaches, apegos y nostalgias. Son una forma de compañía, claro, y no es fácil desprenderse de ellos. Lo que sí es seguro es que los recuerdos, no ocupan espacio y permanecen.

A estas alturas, intentaré encontrar dentro de mí un rincón soleado, una querencia portátil, donde sea que me toque vivir mis años dorados hasta la hora de la partida, esa que no es negociable.

Suena muy poético, pero confieso que, por ahora, en la mitad del invierno, me gustaría hacer la maleta e irme a una playita de verdad y traerme unos cuantos cachivaches más para mi colección de apegos.

Los dejo con un regalo musical, Mi Querencia, interpretada por nuestra María Teresa Chacín.

 

https://youtu.be/gS3jyIsqFqQ?si=LOBbILiwkdQg-gaz

 

lunes, 16 de febrero de 2026

REFRANES

 


Son pinceladas coloridas que avivan y alegran las conversaciones.

A mí se me escapan casi sin darme cuenta, desde algún lugar remoto de mi infancia. A veces la gente se ríe.


Sí, son los refranes.


Mi padre, como buen llanero (Edo. Barinas, Venezuela) encontraba uno para cada ocasión. Con razón se le conocía como un hombre afable, bondadoso, elegante y divertido.


Para ilustrar este último punto voy a intentar describir una situación trivial, una salida al cine con mi hija, utilizando el repertorio de mi papá:


“La tarde estaba más fría que la mirada de un espiritista. Me abrigué, pero igual salí de la casa como paloma en alambre, temblando.

Ya en el carro, mi hija me llamó para que me apurara porque íbamos a llegar tarde al cine. Yo le dije “Boy”, muchacho en inglés. Al fondo, escuché reírse a Tomás mi nieto, él sabe más que perro de ciego.

Cuando llegamos, la sala estaba más sola que la tumba de Sucre (*), pero al rato se llenó de personas que hablaban más que un perdido cuando aparece.

En fin, la película resultó tan aburrida como escuchar una partida de ajedrez por radio (ésta es de mi propio peculio) en otras palabras, para dormir culebras.”


Lo dejo hasta aquí para no abusar de su paciencia.


Espero hayan disfrutado estas líneas y si no los autorizo a cantarme las cuarenta.


No es tarea fácil encontrar inspiración cada semana, y a veces paso más trabajo que perro en un patio de bolas, o me enredo más que el que le pegó la patada al arpa, pero cuando finalmente logro dar forma a algo decente como para compartir, mi corazón queda más contento que muchacho con zapatos nuevos.


Creo y a mucha honra, que me parezco a mi papá.

 

(*) La expresión "más solo que la tumba de Sucre" se originó debido al anonimato y abandono en el que permanecieron los restos del Mariscal Antonio José de Sucre durante siete décadas tras su asesinato en 1830. 

lunes, 9 de febrero de 2026

COPA LLENA

 


Hay que regarlo, sin ser planta.

Alimentarlo, sin ser mascota.

A veces se me pierde, pero eventualmente regresa.

Es necesario protegerlo pues, aunque fuerte, en ocasiones se debilita.

Me refiero al optimismo.

Esa condición humana a veces tan golpeada por la realidad del mundo en que vivimos.

Mi hermano utiliza un concepto novedoso que creo va bien con su profesión de médico, él se considera un optimista con experiencia o como lo definió Mario Benedetti, optimista bien informado.

Yo creo que caigo en la categoría de pesimista moderada. Por ello estoy trabajando en la premisa de que es mejor ser optimista y equivocarse, que andar amargada por la vida.

Sin embargo, aclaro que, en situaciones particulares y por experiencia propia, el exceso de positividad puede ser contraproducente y agota nuestra energía, sobre todo en procesos de duelo.

En fin, es un fino balance.

Yo me voy a proponer ver lo bueno y empezar con las cosas simples como, por ejemplo:

·       Si me agarra una tranca, pensaré que hay más tiempo para ver el paisaje.

·       Si me como más de tres chocolates, me diré a mí misma y sin recriminarme, “no dejes para mañana el chocolate que puedes comerte hoy”.

·       Si algo me preocupa, sea personal, familiar o geopolítico, confiaré en que todo va a estar bien.

·       Si veo la copa medio vacía, como típicamente la ve el pesimista, la colmaré hasta el tope, saciaré mi sed y volveré a llenarla.

Concluyo que, bien seamos optimistas con experiencia o bien informados, es mejor que ser un pesimista gruñón.

Y termino estas líneas con una cita leída al viento, mientras me dispongo a beber de ese otro elíxir, el de la vida, que disfruto sorbo a sorbo, segundo a segundo, con renovado optimismo.

 

“El pesimista de queja del viento;

el optimista espera que cambie;

el realista ajusta las velas.”

William George Ward.

 

martes, 27 de enero de 2026

Iluminación

 


Dicen que llega con la edad.

Pero no me refiero a esa que predican los gurúes de turno que abundan por la vida, quienes hablan del ser, del ego, del yo, la autoconciencia, la supraconciencia y todas esas cosas que me recuerdan todo lo que me falta por aprender.

Con los años he ido descubriendo, a golpes, que la verdadera iluminación consiste en saber utilizar esa herramienta tan poderosa que se conoce como el silencio.

En otras palabras, el arte de “callarse la boca”.

Esa forma de prudencia que ciertamente necesito ejercitar, pues morderme la lengua no es mi fuerte, sobre todo en mis roles de abuela y suegra “lengualarga y bochinchera” como algunos me llaman.

No se trata de evitar el conflicto creativo que es muy sano, pero reconozco que la confrontación flagrante a veces me seduce.

En esta suerte de tardía “iluminación” he ido internalizando que el silencio es una invitación a la reflexión, a la pausa, a poner intención antes de interrumpir o intervenir. En fin, evitar el discurso vacío cuando cerrar el pico puede comunicar mucho más que las palabras.

Pero llega un momento que tanto “guruísmo” estalla y mi naturaleza ígnea me traiciona.

Entonces me echo a andar hasta encontrar un discreto recodo del camino para dar un grito destemplado.

Lo hago solo para recordarme a mí misma que tengo voz y no titubearé para utilizarla en el momento adecuado.

No sé si este ejercicio “Munchiano” se alinea con el tema de encontrar esa presencia del ser y llegar al autoconocimiento.

Por ahora intentaré practicar aquella máxima de “soy esclava de lo que digo y dueña de lo que callo” o, en otras palabras, “en boca cerrada no entran moscas”.

Jorge Luis Borge lo expresa más poéticamente:

“No hables a menos que puedas mejorar el silencio”.

 

jueves, 22 de enero de 2026

COLORES



Hubiese sido una observación trivial si no fuese porque se repitió con cierta frecuencia.

Allí estaba un buen grupo, hombro a hombrocodo a codo, literalmente y nadie se decidía a iniciar una conversación.

Fue ella la que comenzó a cuestionarse todo.

“¿Por qué están tan serios?

¿Por qué tantos negros, grises, azul marinos?”

“¿Cómo llegarles? ¿Cómo comunicarme con mis acompañantes si no me muestran ni una clave?”

Eran los pensamientos de mi chaqueta amarilla.

Se destacaba, allí, chillona, en el perchero de una conferencia a la cual asistí. Difícilmente se perdería entre la sobriedad de los abrigos oscuros que la rodeaban.

No hubiese pasado de allí si no fuese porque esemismo monólogo se generó en el closet de la peluquería. Esta vez la desencajada fue mi chaqueta de invierno anaranjada.

Como siempre, las situaciones insignificantes, me hacen reflexionar.

Esta vez sobre el color.

No solo acerca de sus propiedades físicas, como aquello de primarios o secundarios, sino más bien su capacidad de crear emociones y establecer vínculos energéticos.

Azules y verdes: calma. 

Rojos y amarillos: energía vibrante.

Negro: miedo y aprehensión.

Entiendo muy bien la desconexión de mi tropicalchaqueta, pues probablemente sea similar a la mía en ciertas situaciones.

Pero el color es mucho más.

En el arte, en la literatura y hasta en la antropología, los pigmentos cuentan historias de coraje y de heroísmo (dorados); de amor y belleza (verdes claros); de paz y tranquilidad espiritual (celestes y blancos).

En fin, aquel día llegué a casa y cuando abrí el closet para guardar mi muy anaranjada chaqueta, me quedé un rato observando la conversación silenciosa de mi paleta de invierno.

Mis mullidos verdes, rojos y amarillos contando historias.

Quizá una no muy interesante, pero al menos colorida: la mía.

Cerré el closet pensando que bueno, al menos si un día me pierdo en la nieve, me encontrarán rapidito.