Dicen que llega
con la edad.
Pero no me refiero a esa que predican los
gurúes de turno que abundan por la vida, quienes hablan del ser, del ego, del
yo, la autoconciencia, la supraconciencia y todas esas cosas que me recuerdan todo
lo que me falta por aprender.
Con los años he ido descubriendo, a golpes, que
la verdadera iluminación consiste en saber utilizar
esa herramienta tan poderosa que se conoce como el silencio.
En otras palabras, el arte de “callarse la boca”.
Esa forma de prudencia que ciertamente necesito
ejercitar, pues morderme la lengua no es mi fuerte, sobre todo en mis roles de
abuela y suegra “lengualarga y bochinchera” como algunos me llaman.
No se trata de evitar el conflicto creativo que
es muy sano, pero reconozco que la confrontación flagrante a veces me seduce.
En esta suerte de tardía “iluminación” he ido
internalizando que el silencio es una invitación a la reflexión, a la pausa, a poner
intención antes de interrumpir o intervenir. En fin, evitar el discurso vacío
cuando cerrar el pico puede comunicar mucho más que las palabras.
Pero llega un momento que tanto “guruísmo”
estalla y mi naturaleza ígnea me traiciona.
Entonces me echo a andar hasta encontrar un
discreto recodo del camino para dar un grito destemplado.
Lo hago solo para recordarme a mí misma que
tengo voz y no titubearé para utilizarla en el momento adecuado.
No sé si este ejercicio “Munchiano” se alinea
con el tema de encontrar esa presencia del ser y llegar al autoconocimiento.
Por ahora intentaré practicar aquella máxima de
“soy esclava de lo que digo y dueña de lo que callo” o, en otras palabras, “en
boca cerrada no entran moscas”.
Jorge Luis Borge lo expresa más poéticamente:
“No hables a
menos que puedas mejorar el silencio”.
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