miércoles, 10 de junio de 2026

REFUGIO

 


Viajaron conmigo hace más de dos décadas y aquí encontraron su refugio.

Una guarida segura, un lugar callado lejos de la curiosidad de conocidos o extraños, incluso de la mía.


Hace poco, en mi afán de simplificarme, los visité.


Abrí el gabinete más escondido de mi biblioteca y me dejé llevar por ese vertiginoso túnel del tiempo.


Gruesos, pesados y coloridos: mis antiguos álbumes de fotos.


Digo que son ancestrales pues en esta época en que todo es digital, visitar mis fotografías de los años ochenta, noventa y parte del dos mil, es casi tan obsoleto como un daguerrotipo (Louis Daguerre 1839, creador de la fotografía comercial).


Ahí estaba yo, sentada en el piso, rodeada de aquellos “trabucos” de libros, con anotaciones al margen, postales, entradas a museos, etc.


Al pasar las páginas por mis entrañables memorias, la casa de mis padres, navidades en familia, viajes con mis niños pequeños, lugares exóticos que visité con mi esposo, como el archipiélago de Bazaruto, en Mozambique, sentí que las imágenes no eran solo rectángulos de papel bidimensional.


Los recuerdos abandonaron su resguardo de décadas y estallaron en sabores, olores, voces familiares, acordes de piano y de guitarra.


También sensación de ¿qué hago yo aquí? que era lo que me preguntaba cuando me veía en esos remotos rincones del mundo.


Fui colocando cada fotografía en su nueva residencia, más compacta y accesible. Algunas irán a eso que llaman “nube”.


Este ejercicio de simplificación me llevó varios días y la verdad me siento complacida, no solo porque se ventilaron rincones luminosos, sino porque, a pesar del tiempo que hace de las suyas, revisitándome, solo me queda agradecer.


Con frecuencia me olvido de las cosas, pero los buenos momentos siempre regresan.


De papel o digitales, en el álbum o en la “nube”, concluí lo siguiente:


El refugio de la memoria queda en el corazón

ENTORNO

 


Semana de lluvia y ventarrones.

Al principio me aburrí enormemente, pues ni siquiera era posible salir a caminar y menos agarrar el carro con las calles inundadas y árboles cayéndose.


Pero una conversación con un amigo canadiense me llevó a ver las cosas de otra manera.


Después de escuchar pacientemente mis quejas sobre las copiosas lluvias, él me respondió más bien con agradecimiento, diciéndome que las precipitaciones eran necesarias para las plantas y sobre todo para los granjeros de nuestras praderas que comienzan la época de siembra (como dato curioso, de acuerdo con los niveles anuales de precipitación, Calgary se considera de clima semi-árido, por ello los locales agradecen cuando llueve, no tanto la nieve)


Después de esa conversa con mi amigo, reconsideré mis nubarrones, los de afuera y los internos también.


De pronto un relámpago que resplandeció en mi ventana me sirvió de iluminación, un momento de esos que llaman Eureka.


En lugar de las nubes negras y los árboles retozando por el viento, me reconfortaron los verdes vibrantes de la primavera, percibí el olor de la tierra húmeda y agradecida e imaginé a los granjeros, listos para la siembra y más tarde la cosecha; hasta vi mi silueta a caballo, allá en el horizonte flanqueado por las montañas rocosas.


Increíble que, desde mi butaca, sin ni siquiera mover un dedo, cambié diametralmente la manera de mirar a mi alrededor.


Al final esta semana tormentosa me resultó productiva.


Gracias a mi amigo me percaté de una verdad sencilla, pero con un gran poder de transformación.


Cada observador tiene el poder de crear y modificar su entorno.


En mi casa salió el sol.