Semana de lluvia y ventarrones.
Al principio me aburrí enormemente, pues ni
siquiera era posible salir a caminar y menos agarrar el carro con las calles
inundadas y árboles cayéndose.
Pero una conversación con un amigo canadiense
me llevó a ver las cosas de otra manera.
Después de escuchar pacientemente mis quejas
sobre las copiosas lluvias, él me respondió más bien con agradecimiento,
diciéndome que las precipitaciones eran necesarias para las plantas y sobre
todo para los granjeros de nuestras praderas que comienzan la época de siembra (como
dato curioso, de acuerdo con los niveles anuales de precipitación, Calgary se
considera de clima semi-árido, por ello los locales agradecen cuando llueve, no
tanto la nieve)
Después de esa conversa con mi amigo, reconsideré
mis nubarrones, los de afuera y los internos también.
De pronto un relámpago que resplandeció en mi
ventana me sirvió de iluminación, un momento de esos que llaman Eureka.
En lugar de las nubes negras y los árboles
retozando por el viento, me reconfortaron los verdes vibrantes de la primavera,
percibí el olor de la tierra húmeda y agradecida e imaginé a los granjeros,
listos para la siembra y más tarde la cosecha; hasta vi mi silueta a caballo,
allá en el horizonte flanqueado por las montañas rocosas.
Increíble que, desde mi butaca, sin ni siquiera
mover un dedo, cambié diametralmente la manera de mirar a mi alrededor.
Al final esta semana tormentosa me resultó
productiva.
Gracias a mi amigo me percaté de una verdad
sencilla, pero con un gran poder de transformación.
Cada observador tiene el poder de crear y
modificar su entorno.
En mi casa salió el sol.
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