Mi madre, una
mujer práctica y divertida, solía decir que “el amor es ciego pero el
matrimonio le devuelve la vista”.
Sin embargo, celebró con mi papá casi sesenta
años de feliz “ceguera”.
El tema viene a colación pues esta semana que
pasó tuve el inusual placer de “infiltrarme” en por lo menos ocho bodas.
Bueno, quizás el término no sea el más preciso
pero el hecho es que me tocó ser testigo de múltiples ceremonias nupciales,
allá en el resort caribeño donde tuve el placer de vacacionar esta semana.
Desde mi tumbona playera, vinito en mano, pude
ver todos los detalles: la elaboración de los arreglos florales, la colocación
de las luces y mesas, ensayos de la música, el momento en que los invitados
comenzaban a llegar.
Debo decir que me trajo dulces reminiscencias
de mi propia boda, allá en un pueblito de pescadores en la costa de Venezuela.
El novio, elegante y nervioso, esperando a su
amada.
Ella de blanco, sonrisa radiante, corazón acelerado.
Miradas cómplices y al final las palabras más
esperadas…los pronuncio marido y mujer.
Beso, aplausos, descorche de burbujas,
felicidad.
Emociona sentir que el amor persiste.
Recordé la “Piedra del Sol”, Octavio Paz, “…el
mundo cambia si dos se miran y se reconocen…”
Y aquel poema de Francisco Luis Bernárdez, “Estar
enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida…es advertir en unos
ojos, una mirada verdadera que nos mira…es sorprender en unas manos ese calor
de la perfecta compañía…”
Lo admito, soy una romántica incorregible, espero
no se empalaguen con estas edulcoradas líneas.
Deseo que, todas esas parejas a quienes presencié
dándose el “sí quiero”, sean muy felices y que a pesar de lo que decía mi mamá,
ese amor ciego nunca, nunca recupere la vista.
Desde mi palco soleado, cada tarde alcé mi copa
por los novios, envuelta en brisas salobres, murmullos de mar, recuerdos...
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