sábado, 4 de mayo de 2019

SÓLO HAY UNA

" La Joven Madre" - Arturo Michelena - 1889 - Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela
    
El hijo abre la nevera y ve que queda una cerveza y le dice a su mamá: “Madre, sólo hay una.”

Un chiste trillado (y malo), pero un poco de humor nunca hace daño. Como leí una vez y repito e intento practicar hasta el cansancio: la distancia más corta entre dos personas no es una línea recta, es el sentido del humor.

Y sigo con una breve, pero ilustrativa anécdota.

Hace poco me atacó Mamá Gansa.

Venía yo con Sancho, de regreso de nuestro paseo de la tarde y una gansa, estaba posicionada en el medio del camino, bloqueándonos. Creo que es la época en que ponen sus huevos y los están cuidando, porque se ven muchas fuera del río. Intentamos rodearla, de un lado, del otro, y no nos daba paso, mientras abría el pico haciendo un siseo gutural que me intimidó. Al final puse cortica la cadena de Sancho y la rodeamos rápido. Acto seguido la gansa, enorme, se me vino encima, revoloteando sobre mi cabeza. Furiosa. Sancho, el más cobarde, ni se inmutó, mientras yo gritaba ¡Auxilio! Sin que nadie me entendiera.

En fin, una anécdota para describir el instinto materno presente en la naturaleza. Yo no sabía que las amables gansas canadienses podían ser tan feroces para defender a sus crías. Gracias a Dios no fue mamá osa o mamá coyote.

En fin, ante la proximidad del día de las madres, y como voy a estar ausente del blog por compromisos familiares, pues hoy quiero hablar de ellas, de nosotras, de esa fuerza oculta que existe en cada mujer, haya tenido hijos o no: la madre.

Una palabra que abarca más que el hecho de dar a luz.

Mi trabajo en la industria petrolera me ha llevado a atender a muchísimos y, a veces, tan largos como mi colección de bostezos, cursos de liderazgo.

Probablemente no esté diciendo nada original, pero desde mi esclarecedor (y cómodo) asiento de primera fila de abuela (no abuelita), al ver a mi hija de mamá de dos, hoy concluyo que la madre es la Líder o Lideresa por excelencia (y que me perdonen los padres, prometo un merecido post para ellos en junio)

Todas, absolutamente las casillas de los puntos que aprendí en mis cursos de liderazgos, los cumple, click, esa mujer, delicada mas no frágil, cansada pero crecidamente incansable; detallista, intuitiva, observadora, dedicada, organizada, doctora, nutricionista, visionaria.

Líder educadora, líder espiritual y, sobre todo, férrea activista en valores para la vida.

Firme, pero amable.

Estricta, pero justa.

Fiera como mamá gansa, pero desbordada de amor.

Tuve la suerte de tener una madre así y mis actuales nietos, y los que vendrán, tienen y tendrán una mamá hecha del mismo material. Lo certifico.

Y debo decir que, aunque tener un hijo(a) es un milagro de luz, estoy convencida de que aquellas mujeres que, por circunstancias de cualquier índole, no los tuvieron o tendrán, poseen igualmente esa intrínseca e invencible condición materna. Ese mismo liderazgo, tan poderoso en su fiereza como en su ternura, tan femenino.

Por eso creo, sin ser feminista, porque el término, como toda etiqueta, me resulta limitante y poco poético, creo que toda mujer, justamente por esa condición maternal, ejercida o latente, que otorga el misterio de la femineidad, somos, disculpen la inmodestia, una fuerza indoblegable de la naturaleza. (en mi país se le llama “cuaima”, pero eso es otro tema)

Una madre con su hijo en brazos es una extraña mezcla entre la levedad de una pluma, la ternura de un cachorrito, el poder de un volcán en erupción y el temple de una espada toledana.

La misma belleza que veo en miles de mujeres que quizás biológicamente no son madres, pero expresan una maternidad exultante en cada acto de sus vidas.

En verdad, como el chiste del comienzo:

“Madre, sólo hay una” y somos todas, mujeres magnificas y de buena voluntad.

Feliz Día de las Madres adelantado.

miércoles, 24 de abril de 2019

LA COBIJA





Hoy amanecí arropada.

Anoté esa frase en uno de los múltiples cuadernos que tengo por ahí regados.

Como dijo una vez García Márquez, palabras más o menos, cuando se pierde la memoria, uno se hace de una de papel.

Probablemente esa frase era una clave de algún “momento mágico” que estaba por escribir y que quizás quedó perdido en una burbuja, flotando en el desorden del tiempo.  

Y esto me recordó un libro maravilloso que acabo de leer que se llama “El Orden del Tiempo”,de Carlo Rovelli, donde uno queda deliciosamente confundido, flotando en los vapores de la ciencia, la poesía, la música y la filosofía. Aristóteles, Newton, Einstein, Rilke, Proust, Schumann…

Volviendo al tema.

Parece una frase obvia.  Hoy amanecí arropada.

Casi tan obvia como cuando a uno le preguntan “¿Cómo amaneciste?” Y uno responde literalmente: “Estaba dormida y me desperté, arropada.”

Y es que claro, uno casi siempre amanece arropado, excepto cuando a uno le roban la cobija. 

Y esto me recordó una canción de José Sevillano, Dolor Llanero, un trabalenguas que me encanta (se las dejo al final)

Disculpen mi déficit de atención, me distraigo fácilmente.

Cuando leí esta frase en mi cuaderno viejo, deseé desesperadamente volver a amanecer arropada,  pero con la misma cobija vieja, mullida y cálida de mi vida anterior.

Pero no se puede.

Por muchos meses amanecí durmiendo a la intemperie.

Sin nada.

El dolor lo despoja a uno de todo.

El dolor es el alma desnuda.

Pero también se encuentra uno otras mantas en el camino, hechas de parches, como esas que aquí llaman quilts.

Es la que me arropa ahora.

Y así amanezco.

Entre pedazos de eternidad, recuerdos y poesía.

Risas de niño y cariños.

Cubierta de besos, eventos cósmicos que conforman mi vida. (lo aprendí del libro que antes mencionaba “El Orden del Tiempo”. Hay que leer el concepto, lo dejo al final)

Abro los ojos en la mañana confortada por todo ese otro amor que me rodea, incluido el de la ausencia.

Un amor eterno habita en la ausencia.

Después del frío, recuperé mi mantita, es otra, pero igual, cálida, mullida y cubre mis noches taciturnas.

Hoy amanecí arropada.

PD 1: Del libro “The Order of Time”, un libro que pareciera de ciencia, pero es más de poesía. Ese lugar donde se cruzan tiempo y eternidad, como leí en alguna parte.
Cito este extracto, disculpen la cita en inglés, porque no quiero traducirlo y que pierda fuerza:
“The world in not a collection of things. It is a collection of events. The difference between things and events is that things persist in time; events have a limited duration. A stone is a prototypical “thing”: we can ask ourselves where it will be tomorrow. Conversely, a kiss is an “event”. It makes no sense to ask where the kiss will be tomorrow. The world is made up of networks of kisses, not of stones.”

PD2: Un poco de música venezolana, mi favorita, para quedar con un sabor más terrenal, de lo sublime a lo profano, un parche más de mi cobija. https://www.youtube.com/watch?v=g5rkWpF6Cxg

miércoles, 3 de abril de 2019

LA TAPA DEL FRASCO




En mi país, si uno dice “ese se cree la tapa del frasco”, significa que esa persona es arrogante. 

Si uno dice “ese sí que es la tapa del frasco”, pues se trata de un individuo muy competente y excepcional.

Y esto no tendría nada de particular si no fuera porque todas las mañanas, tengo una pequeña pelea con la tapa del frasco.

No es una persona, es literalmente, la tapa de un frasco.

El frasco donde guardo el café.

Hay días en que se enrosca y desenrosca fluidamente y de maravilla. Otras, me cuesta, se traba, como si no perteneciera, como que me cambiaron la tapa o el frasco.

Es un pequeño contratiempo en mis mañanas solitarias.

Entonces comencé  a divagar que la tapa del frasco era una especie de oráculo.

SI la tapa se tranca, mi día se tranca.

Si la tapa fluye, mi día fluye.

Pero claro, el argumento de la tapa del frasco es bastante tonto, y mi mente científica sabe que ni me cambiaron el frasco ni la tapa, y que, si calza o no, no se trata de las fuerzas ocultas del universo.

Es algo más profundo.

Y es que hacerme el café de la mañana es una más de esas que llamo, “mis pequeñas soledades”. Durante las últimas casi dos décadas antes de su último vuelo, mi esposo amado me recibía cada mañana con un café. Era “his job”, como el mismo decía. Una de las mil cosas con las que me complacía.

Fue entonces cuando comprendí que ese traqueteo, esa pelea con la tapa del frasco del café, era quizás un sollozo oculto, una de esas “mini ausencias” del día a día, que a veces pesan más que el inmenso hueco de su partida.

Entonces decidí hacer un breve ritual matinal, antes de abrir el frasco del café.

Miro el sol naciente, lo saludo, respiro, agradezco.

Agradecer embellece el espíritu.

Me dejo invadir por la paz que se mete por mi ventana en forma de amaneceres y de su presencia mística.

En mi mente repito una especie de mantra que leí en alguna parte: “Que la luz que ilumina mi corazón sea la luz con que ilumine al mundo.”

Abro el gabinete y recibo su amor.

Y en este estado de relajación, desenrosco y enrosco la tapa del frasco, que ahora fluye como si estuviera recién aceitada.

Después, inhalo largamente el aroma de mi primer café: negro, intenso y dulce, como la vida.

Esa que aprendí que, con sus pequeñas soledades, con sus atascos, y trabas, sencillamente, sigue…


martes, 19 de marzo de 2019

LAS TRES ESENCIAS


EL PEQUEÑO PRÍNCIPE DE PESTAÑAS LARGAS

    Y

LAS TRES ESENCIAS
Caracas, 10 de junio de 1988,
Escribí este cuento hace 31 años,
  en ocasión del cumpleaños 70 de mi papá
 y abuelo de mi hijo Santiago
 que en ese entonces tenía 2 años y unas pestañas larguísimas.
Hoy, se lo dedico al mismo pequeño príncipe,
Dios lo siga bendiciendo,
 en su cumpleaños número 33.
Las enseñanzas del abuelo, siempre vigentes.
Calgary, 20 de marzo de 2019.




Érase una vez un pequeño príncipe de pestañas largas y sonrisa tierna.

Su pelo era de trigo, sus ojos de miel y su cara como un pan dulce al que provoca morder.

Érase una vez un buen señor, de pelo gris, de andar pausado, con la mirada serena que otorga el paso de los años.

Aquel buen señor poseía una sabiduría inmensa.

Conocía la tristeza, la alegría y dominaba a la perfección las Tres Verdades del Mundo, cuyas esencias guardaba, celosamente, en tres frascos de cristal.

El primero contenía la Esencia de la Ciencia.

El segundo, la Esencia de la Poesía.

Y el tercero contenía, la Esencia del Amor.

Muy temprano en la mañana, la casa de aquel señor, de pronto se iluminaba.

Era su pequeño príncipe, de pestañas largas.

El pequeño príncipe con la sabiduría del niño, y el buen señor con el saber del tiempo, descubrían el mundo, viendo caer las hojas, mirando pasar las aves y oyendo cantar al viento.

El uno con su lenguaje de niño, el otro con el idioma del tiempo, y como intérprete sólo, la magia del universo.

Un caluroso mes de junio trajo consigo, los setenta abriles de aquel buen señor.

El pequeño príncipe obsequio un poema a su amigo, y este le dio a cambio, su mayor tesoro:

Las Tres Verdades del Mundo, en tres frascos cristalinos.
Y con una voz grave, de esa que sale de adentro, habló el buen señor con estas palabras:

“Toma mi pequeño príncipe,” y le entregó el primer frasco, “Conoce la ciencia, estúdiala con detenimiento y ahonda en los misterios del hombre y la naturaleza.”

Y continuó con la segunda esencia, la poesía.

“He aquí lo mejor de los hombres, lo más sublime del pensamiento, la poesía.” dijo “Siéntela y vívela en cada acto de tu vida.”

Y por último entregó el tercer frasco, la Esencia del Amor.

 “Esta es la verdad más importante, lo más profundo del sentimiento, el amor. Toma esta esencia, mi pequeño príncipe, y simplemente, espárcela a tu alrededor dondequiera que te encuentres.”

Después de escuchar estas palabras, el pequeño príncipe, algo confundido, entornó sus ojos inocentes, y acariciando el aire con sus largas pestañas, preguntó en su idioma peculiar:

“Dime buen señor, ¿para que ha de servirme todo eso?”

Y habló de nuevo el señor bueno diciendo:

“Hoy, mi pequeño príncipe, no necesitas de estas tres esencias, porque posees la magia y la inocencia de la niñez.

Conserva estos frascos mi pequeño, porque verás muchas hojas caer, muchas aves pasar y al viento, muchas veces cantar. Entonces, llegará el momento en que la vida se impone y he ahí cuando utilizarás con inmensa sabiduría, las Tres Verdades del Mundo y recuerda:

“Nunca se deja de ser niño, así como el tiempo nunca deja de ser tiempo…”

Así finalizó de hablar el buen señor y el pequeño príncipe de pestañas largas, sólo atinó a decir en su media lengua:

“Feliz cumpleaños Pepe. Te quiero mucho abuelo.”

Caracas, 10 de junio de 1988

sábado, 16 de marzo de 2019

LUGARES DELGADOS





En Gaélico “caol ait”. En Inglés “thin places”.

En Español “lugares delgados”.

Según la cultura Celta, son espacios donde la barrera de nuestro mundo y los dominios del espíritu, son translúcidos.

Otra vez, conceptos fascinantes que aprendo en mi infinito curiosear por los libros de la biblioteca donde trabajo.

Son lugares donde “el mundo visible y el invisible, están en su más cercana proximidad”.

Lugares donde lo temporal y lo eterno, se tocan, se dan la mano, en la más clara comunicación posible.

Para algunos, un territorio donde se experimenta la presencia de Dios más directamente.

Lugares delgados.

Una ventana, un vistazo, un espacio de tiempo donde se disuelven todos los misterios.

Y esto me pareció, sencillamente fascinante.

Me puse a pensar, y claro, el hombre se ha esforzado mucho en crear obras monumentales para exaltar el espíritu y acortar la distancia entre la tierra y el cielo.

Desde los círculos celtas, pasando por las pirámides, catedrales, templos, hoy en día, rascacielos. Intentos desesperados y fallidos en muchos casos, para traspasar el velo que nos separa de otros dominios.

Pero claro, los “lugares delgados” deben estar definitivamente en ubicaciones menos obvias.

Después de aprender este concepto, los busco en todas partes.

A veces los encuentro en sueños, como hace poco en que soñé con mi esposo y le susurré al oído, “I miss you” y él me miró.

O el otro día, en que me presentaron a una persona mayor y sentí la cercanía en su sonrisa. Esa rara química que a veces se da con desconocidos a quienes reconocemos.

El patio de mi infancia. Mi casa llena de amaneceres.

Pero claro, en mi presente cotidiano, mi “lugar delgado” por excelencia es el río. Donde paseo con Sancho, cada tarde.

Allí llevo ofrendas de amor (excepto cuando hace -20 grados), piedritas, flores, ramas, hojas de laurel o de palma. Un chorrito de Gin Tonic, una oración silenciosa.

Mi torrente de abundancia, el que “avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre”.  (Por alguna razón he tenido muy presente La Piedra del Sol de Octavio Paz últimamente)

En fin, he aquí un reto, o “challenge” como se dice aquí: comparte conmigo tu “lugar delgado”. 

No necesariamente es un lugar físico, claro. Es quizás un parpadear, un resplandor, un pasaje, un portal cósmico.

Están por ahí, lugares tenues, donde el cielo y la tierra se abrazan sin distancia ni tiempo.

viernes, 22 de febrero de 2019

YARAK





Aprendí una nueva palabra. Yarak...

Es un término persa que significa el supremo estado de alerta (supreme readiness), de un halcón, hambriento mas no débil, cuando se prepara para cazar.

Más que una palabra, me pareció un precioso instante poético que se quedó resonando en mí. Yarak…

Es un momento donde cada músculo, cada nervio, todos los sentidos, se concentran en una sola intención.

Un instante de infinita energía que se transformará en sustento, satisfacción, placer. Yarak…

Desde mi ventana veo pasar las águilas en su soberbio vuelo.   

A veces, se quedan suspendidas como un helicóptero, y de repente… Yarak… se lanzan en picada al río.

A veces salen con una trucha, otras, con un pichón de patito o gaviota o ganso (eso me parte el corazón, pero es el equilibrio de la naturaleza)

Desde mi ventana mágica, contemplo muchos momentos “National Geographic” como mi esposo y yo solíamos llamarlos.

En fin, la palabra Yarak me pareció fascinante y me puso a pensar en analogías, no de los halcones o águilas sino de la vida cotidiana de los humanos.

Y esto fue lo que pensé:

El momento en que un escultor da el primer golpe de cincel. Yarak…

Cuando el poeta mancha de tinta la página en blanco. Yarak…

Cuando el pintor sucumbe ante el color y se lanza al vacío del lienzo. Yarak...

Cuando los amantes se miran y se reconocen, parafraseando a Octavio Paz. Yarak…

Cuando se acepta el misterio de la muerte sólo para renacer con más fuerza. Yarak…

Cuando en la adversidad se opta por la esperanza. Yarak…

Cuando un país entero, dentro y fuera de sus fronteras, contiene el aliento y pone toda su intención, corazón y fuerza, en recuperar su libertad.

Yarak… Yarak… Yarak…

Viva Venezuela Libre

martes, 12 de febrero de 2019

LA IMPACIENCIA



“Be still. Stillness reveals the secrets of eternity”
Lao Tzu
Este lunes amanecí energizada. Cosa rarísima.

Como hago muchas veces en mi lugar de meditación, la cual consigo siempre y cuando no mencione, ni me acuerde de la palabra meditación, pues esta vez lancé varias piedritas, no al río, sino al Universo.

Culminé los primeros borradores de dos proyectos literarios, uno alegre y uno triste, y tomé iniciativas al respecto; mandé una invitación profesional, me llegaron contactos importantes, decidí pulir mi currículo.

Sentí como si liberara a varias aves cautivas de su jaula.

Los barrotes de esa jaula son los que yo me impongo, inseguridades, baja autoestima, falta de energía, sensación de incompetencia. Como dicen en inglés… you name it…

Y todo eso está muy bien si no viniera acompañado de otro problema.

La impaciencia.

Con la misma energía ígnea que me posee en los comienzos de cualquier proyecto, quiero que las respuestas, las noticias, las acciones, vengan de manera inmediata, es decir, ya.

Toda esa rara efervescencia de ayer, ese entusiasmo…

Y hoy, la calma chicha.

Ni una respuesta, ni un comentario, ni un email, ni llamada. 

Nada.

Reviso los correos cada cinco minutos y nada.

Me pregunto arrogantemente: ¿Qué le pasa al mundo que no reacciona cuando yo por fin decido moverme? Ese mismo mundo que tuvo la osadía de continuar su ritmo vertiginoso, cuando yo estaba en un hoyo profundo.

Y acabo de hacer una pausa para revisar los correos. Nada.

Por pura casualidad, buscando otra cosa, me conseguí con un cuaderno, cuya portada dice: “Dicen que la paciencia es una virtud. Hubiese querido que alguien me lo hubiera dicho antes.”

Y claro, recuerdo que lo compré porque me identifiqué mucho con esa frase. Impaciente, precipitada y estrellada, como buena Aries.

Pero todo ese yoga que hago, mirando el reloj para ver cuanto falta para la Shabasana y que se termine la clase, finalmente me hicieron detenerme un momento.

Así que decidí quedarme quieta. Muy quieta. Y esperar. El tiempo que fuera necesario.

También una frase de Lao Tzu me inspiró.

“Permanece muy quieta. La quietud revela los secretos de la eternidad.”

Y así, me serví mi copa de vino, miré los violetas sublimes del atardecer invernal y me entregué a la quietud.

A veces hay que hacer una pausa para que la magia se manifieste.

La pausa resultó muy corta.

Sonó un Tin Tin.

Un mensaje.

Confucio tenía razón, la paciencia infinita produce resultados inmediatos.

Gracias al yoga, prometo que me quitaré el reloj de ahora en adelante, y gracias  también a Lao Tzu.