viernes, 14 de junio de 2024

EL PIZARRÓN

 



 

Aquel chirrido se convirtió en un estremecimiento en todo mi cuerpo.


También en mi memoria.


Olores, colores, sonidos, grima, me trasladaron a mi salón de primer grado.


La maestra escribía sin parar, palabras, gráficos, “pensamientos duros”, como los describió una vez mi hijo a sus ocho años en un poema que compartiré al final, producto de aquel “taller de poesía obligada” con que torturaba a mis hijos desde muy tierna edad.


La clase fluía con interés y los alumnos miraban con atención, yo quizás, con la ensoñación que me caracteriza. La maestra borraba el pizarrón y volvía a escribir sobre la superficie limpia.


Yo pensaba, ¿adónde fueron a parar todos esos conocimientos que desaparecieron en un tris para ser sustituidos por otros, y otros?


A mi alrededor, mis compañeros tomaban notas. Yo movía el lápiz, pretendiendo que estaba comprendiendo todo.


Volví en mí. Terminó la clase.


Me sentí despertando del túnel del tiempo.


Frente a mí, en el pizarrón, lo que semejaba los restos de una explosión, fragmentos de arco narrativo, escombros de puntos de vista y estructura en tres actos, gráficos rotos que semejaban más una clase de mecánica cuántica que el Taller de Novela en el cual me registré hace poco.


Si así se escribe una novela, pensé, creo que la mía va a quedar inconclusa.


Sin embargo, en estos tiempos donde todo es una pantalla, encontré la experiencia de tiza y pizarrón, fascinante.


Además, fue una vivencia que me trasladó a aquellas tardes caraqueñas, mirando al Ávila, junto a mis hijos de seis y ocho años, cuando escribíamos poemas “a la fuerza”, y de donde surgieron verdaderas obras maestras.


Tal como prometí al comienzo, treinta años más tarde, los dejo con el aliento poético de un niño de ocho años, mi hijo.

 

EL PIZARRÓN

Los pizarrones con sus duros pensamientos

con ese verde fuerte

con tales pensamientos duros.

Grima en las uñas con aprendizaje

de sabiduría y con las tizas alérgicas.

Santiago Pérez Henríquez (1996)

viernes, 7 de junio de 2024

GRANITO DE ARENA

 


Frente a mí, tres pantallas de televisión.


Mudas, pero con subtítulos.


En la primera, el noticiero; en la segunda un chef cocinando platos decadentes; en la tercera un programa de consejos para adelgazar.


Yo allí, público cautivo, en la más superflua pero relajante actividad, haciéndome una manicure.


Mis ojos, cual péndulo, oscilaban entre las guerras, una langosta termidor, y el vaso de jugo de limón que hay que tomarse en las mañanas para adelgazar (lo cual solo sería posible si la mata de limón queda a diez kilómetros de tu casa, en mi opinión).


Y así, ad infinitum.


Pantalla 1, deslizamientos catastróficos en Nueva Guinea, miles de fallecidos.


Pantalla 2, lomito Wellington.


Pantalla 3, beneficios del ayuno impertinente, perdón, intermitente.


La muchacha terminó de hacerme las manos, pagué y salí del establecimiento, con mi cabeza todavía oscilante, como hipnotizada por un espiritista.


¿Cómo se puede conciliar la tragedia, lo epicúreo y la desinformación al mismo tiempo? ¿Cómo digerir ese menú cotidiano de dolor, deleite y escepticismo mientras me pintan las uñas?


Me sentí fatal.


El bombardeo informativo y/o desinformativo sumado a mi propia banalidad, hizo que quedara como en estado catatónico, ausente del mundo y sus penurias. Insensible.


Recordé un diálogo que en su momento me pareció gracioso y esta vez me golpeó como tragicómico.

-      ¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia?

-      No sé ni me importa.

Desperté de ese trance con una certeza, no hay nada más pernicioso que la indiferencia.

Salí a la calle, a confundirme con la gente, con sus sueños, sus amores, sus tristezas, e intentar poner en este vibrante caos llamado vida, mi granito de arena.


Un gesto amable, o una sonrisa pueden ser un buen comienzo.

sábado, 25 de mayo de 2024

ÍNDICE


 

Índice

 

No se trata de una lista de contenidos.

Desperté con el dedo índice derecho inflamado.

¡Qué raro! me dije.

No sentía dolor, pero igual fui a consultarle a mi médico de familia, Dr. Darwin, para más señas.

Le expliqué mi problema, y en eso noté que él también tenía el dedo hipertrofiado. También la enfermera, la recepcionista y los pacientes que esperaban en la sala de espera.

-      ¿Será un virus que ataca el dedo?, me pregunté.

El Dr. Darwin no encontró nada anormal, me prescribió una cremita, y me despachó casi con impaciencia.

Cuando miré la orden de la medicina, me fijé en la fecha, 15 de mayo, 4024. ¿Qué, cómo, 4024?

Desperté acelerada. Sí disculpen, fue una pesadilla.

Miré mi dedo índice derecho y estaba normal, solo con la pequeña cortadura que me había hecho el día anterior con un cuchillo afilado.

No es que me queje de algo tan insignificante, pero la integridad física siempre es subestimada.

Mi herida me hizo tomar conciencia de cuan ocupado se encuentra este tentáculo de nuestra humanidad: celular, computador, oprimir cualquier botón, señalar.

Como ven, esta trivial herida me puso a reflexionar y hasta soñar, con el Dr. Darwin y el tema de la evolución de las especies.

Así como la oposición del pulgar constituyó una ventaja evolutiva notable de nosotros los humanos, en mi pesadilla, después de unos miles de años de hiperactividad “digital” (relativo al dedo), el pariente lejano del “homo sapiens” desarrolló un dedo índice gigante.

Solo quisiera darle algo de méritos a mi dedo medio, el cual me fue muy útil mientras su vecino estaba inutilizado, y pensándolo bien, aunque se use poco, no se puede menospreciar su elocuencia en momentos en que sobran las palabras.

No por nada también lo apodan, “el mudo”.

Esperemos que los primatólogos le concedan también su importancia evolutiva.

martes, 30 de abril de 2024

El Colibrí

 



“Quieto

no en la rama

en el aire.

No en el aire

en el instante

el colibrí”

 

Octavio Paz

 

Apenas pesan entre dos y cuatro gramos.


Baten sus alas entre ochenta y doscientas veces por segundo.


Sus plumas son tornasoladas, su pico largo y delgado para poder llegar al néctar de las flores.


Venerados en las culturas prehispánicas, Huitzil en náhuatl; Quinde, en los Andes americanos.


Yo lo adopté hace tiempo como mensajero de mis deseos y pensamientos.


En estas latitudes nórdicas, no se les ve con tanta frecuencia, sin embargo, me encuentran.


Esta última vez vino en una bella tarjeta que me dio mi vecina, otras veces me ha llegado como escultura, medalla o poema, como el que ilustra esta crónica.


En su pico llevan momentos iridiscentes suspendidos en el tiempo.


Patio de la casa de mi infancia, colibríes bebiendo agua de lluvia de los Riqui Riquis; mi mamá, frente a su caballete, pintando sus rosas pálidas.


En mi duelo profundo, mensaje de esperanza, invitación a mirar al pasado sin insistir.


Una vez me sacó de un aprieto en el trabajo, gracias a una anécdota que le escuché a nuestro gran comediante Laureano Márquez, y que incorporé a mi vida personal, quizá la conozcan, pero aquí la resumo en mis propias palabras.


Fue en cierta ocasión en que tuve que tomar una decisión laboral difícil pero necesaria. Cuando finalicé la historia, los gerentes exclamaron: ¡Oh!

 

“Se produjo un inmenso incendio en el bosque. Los árboles ardían al paso de las gigantescas llamas.

 

El pequeño colibrí se acercó al rio, llenó su piquito con agua, y voló dirigiéndose al fuego.

 

Los animales del bosque lo detuvieron diciéndole:

-      ¿Qué haces colibrí?

Y él les respondió:

-      Voy a ayudar a apagar el incendio.

Los animales rieron:

-      ¿Pero no te das cuenta de que es inútil?

Y el colibrí respondió sin ninguna duda:

-       Pero estoy haciendo lo correcto.”

lunes, 22 de abril de 2024

DETECTIVE

 


Es otra de mis vocaciones frustradas.

Siempre quise ser detective.


Quizás fue la influencia de los libros que devoraba en el autobús del colegio desde muy pequeña, las novelas de Enid Blyton, escritora inglesa, “Los Siete Secretos” y “Los Famosos Cinco”, un club de niños que resolvían misterios y vivían toda clase de aventuras.


Después seguí con Agatha Christie y ya más adulta, con Sir Arthur Conan Doyle, creador del más famoso detective de la historia, Sherlock Holmes.


Hoy en día, me encantan las series policiales, sobre todo las británicas.


En Venezuela no es tan fácil estudiar para detective, así que la vida me llevó a la ingeniería civil, mi mayor misterio, pues si tuviera que diseñar una choza hoy en día, se caería en un segundo.


Pero esta larga explicación es para contarles que mi frustrada vocación ha regresado con ímpetu.


Más que un trabajo, es un “hobby”, una distracción, en todo el sentido de la palabra.


Todos los días de mi vida confronto situaciones enigmáticas, en las cuales debo abrir una investigación.


Tengo que concentrar toda mi atención, analizar la evidencia, atar cabos.


Yo soñaba, en mi juventud, con resolver un gran robo, descubrir a un asesino en serie, pero no, mis misterios cotidianos son de menor escala, pero no menos complicados.


¿Dónde dejé los anteojos?


¿Qué vine a hacer a la cocina?


¿Cómo es que se llama ese señor que me saludó con tanto cariño?


Me resulta alentador pensar en lo que una vez me dijo un médico, creo, y es que, si uno se acuerda, que no se acuerda, pues no hay problema.


En fin… ¿de qué estábamos hablando?


“Elemental, mi querido Watson.”

Sherlock Holmes

jueves, 11 de abril de 2024

VITRALES

 

Knox United Church, Calgary, Canada

Son composiciones de vidrios de distintas tonalidades cromáticas, los cuales una vez ensamblados, cuentan una historia hecha de luz.

El pasado domingo fui a la iglesia.


No es algo que haga con frecuencia, pero esta vez fui, no solo a saludar a Dios, sino atendiendo a una gentil invitación a un concierto.


La bella y antigua basílica, en el centro de Calgary, estaba a reventar.


Cuando llegué, ya el coro ocupaba su lugar en el altar principal y la orquesta afinaba sus instrumentos; ese momento álgido y disonante que anuncia futuras armonías.


Yo logré escabullirme hasta que encontré un lugar vacío en un banco.


El director, con impetuoso gesto de su mano, dio inicio al concierto.


Mis oídos estaban embelesados con la Cantata de J.S. Bach, cuando mis ojos sucumbieron también ante la belleza del vitral, en lo alto del altar mayor.


Miré en detalle, esa filigrana de cristal, sostenido apenas por varillas delgadísimas de metal, que contaban la historia de un Cristo resucitado y glorioso.


La música se adueñó del recinto, armonías corales que brillaban con luz corpórea.


De pronto, me dejé llevar por un breve pero placentero trance.

El brillo de los cristales del gran ventanal y las notas multicromáticas ejecutadas impecablemente por el coro, se fundieron en una especie de mosaico tridimensional de luz y sonido.


Volví en mí, cuando los aplausos estallaron en un gran estruendo.


Allí quedé yo también aplaudiendo, conmovida.


Ahora entiendo las palabras de ese otro músico, Maurice Ravel, el del famoso Bolero, cuando dijo que:


“La música es sueño cristalizado en sonido.”


Gracias al Calgary Bach Choir por este regalo musical.

jueves, 4 de abril de 2024

El Canto del Pájaro

 



Es uno de esos libros de mi adolescencia, de Anthony de Mello, el cual dejó en mi vida, una bonita reflexión que comparto al final.

Mientras tanto les ofrezco una meditación auditiva.


Me fui de paseo por el río, en estos días que anuncian la primavera, esa que llega con sus “mil armonías”, como dice una canción.


Me dije a mi misma que me concentraría en todos los sonidos que pudiese identificar.


 Así comienza esta historia.


Como música de fondo, el rumor del rio, ese milagro de presencias que no tiene ayer, ni hoy, ni mañana.


La brisa, como una flauta de bambú, acompañando el camino.


Y de repente un trinar poderoso, dos notas cristalinas, un Si y un Sol, creo, diáfanos y repetitivos. En una rama, el diminuto Chickadee, el pájaro de nuestra provincia de Alberta. Para ser tan pequeño, tiene lo que llamamos gañote.


Mas allá, el repiqueteo de un taladro; después un gorjeo. Es el pájaro carpintero, o Toc Toc, como le llamo por cariño.


Adentrándome en mi paseo, escucho unos silbidos.


Un dialogo amoroso.


Miro hacia arriba, son las águilas volando en circulo, quizás buscando alimento para sus pequeños aguiluchos que nacieron hace poco.


Continúo, abismada y confortada por este maravilloso concierto, interrumpido solo para saludar a algunos amigos perrunos y sigo mi camino.


Regresando ya a casa, escucho un chirrido. Lo reconozco, es el Blue Jay canadiense, el pájaro azul, aquel de la leyenda, ese que trae augurios de felicidad.


Llego a casa y me siento a reflexionar junto a mi vaso de agua.


Es allí cuando me llega la frase que prometí para el final, del libro de Anthony de Mello.


“  -    ¿Por qué canta el pájaro? 

Y respondió el maestro.

-   El pájaro no canta porque tenga una afirmación que hacer. Canta porque tiene un canto que expresar.”

Creo que, nosotros los humanos, sedientos del luminoso espacio, tenemos alma de pájaro.