sábado, 4 de febrero de 2023

LA LLAVE



 

Perdí una llave.


Una llave importante.


Entré en pánico y comencé una desesperada búsqueda.


Primero en los lugares más obvios, la cartera, los bolsillos, gavetas, repisas.


Intenté conseguir un repuesto, pero nada.


Respiré hondo y decidí emprender la búsqueda de manera más serena.


Lo peor que podría pasar sería tener que llamar a un cerrajero.


Invoqué mi nuevo mantra para este año: todo se resuelve.


Con tranquilidad, volví sobre mis pasos desde que empezó el día.


Fui deteniéndome en rincones, y mientras lo hacía, me encontré gratas sorpresas, como suele ocurrir, buscando algo, uno consigue otras cosas.


Y así fue.


Una postal, de puño y letra de mi mamá, Bariloche, 1977.


El Romancero Gitano de García Lorca, que me trajo el verso de… se apagaron los faroles y se encendieron los grillos…


Un cigarrillo sin encender del amor de mi vida, escondido en el fondo de una repisa, quizás de la época en que quiso, infructuosamente, dejar el vicio.


Por un momento me olvidé de la llave y me dejé llevar por el placer de la búsqueda.


Me llené las manos del polvo de los recuerdos.


Así apareció un zarcillo perdido, una moneda de Sudáfrica, una galletita en forma de hueso de mí, gruñón pero amado perro, Sancho, mi añorado escudero de cuatro patas.


De repente apareció la llave perdida, ahí estaba, riéndose, sobre la mesa de entrada. La verdad no sentí mayor alegría de encontrarme con mi llave y mi despiste.


La aventura de la búsqueda me había resultado mucho más fascinante que el hallazgo.


Ahí quedé, en el piso, pletórica, con las manos llenas de polvo, una vieja postal, un poema, un zarcillo, una moneda olorosa a baobads, a leones y elefantes, mi perrito, un cigarrillo sin fumar, y esa otra llave.


Quizás la de la felicidad…

miércoles, 25 de enero de 2023

TULIPANES

 


Pensaba que era una especie en extinción.

Me refiero a encontrar a alguien que sepa escuchar.

En tiempos de dudosos liderazgos, de egocentrismo exacerbado, de satisfacción inmediata, de ruido, ese que nos aturde y ensordece, resulta inspirador conseguir un buen oyente.

Tuve la suerte de toparme con uno.

Conversamos sobre el tiempo, compartimos pan y vino. También hablamos sobre las flores, las lágrimas y otros misterios.

Me escuchó con detenimiento. Sentí que las palabras fluían diáfanas y, para ambos, significaban lo mismo.

El tiempo, una ilusión.

El pan, tibio y recién horneado.

El vino, soleado y fresco.

Las flores, alegres.

Las lágrimas, saladas.

También compartimos silencios elocuentes, a veces no importan las palabras para entenderse.

Esta conversación me ayudó a relajarme después de un largo viaje.

Le agradecí a mi interlocutor por tan agradable charla y como creo que estoy llegando a ser gente grande, o “gent gran”, como llaman a las personas de cierta edad en Cataluña, donde estuve de visita, decidí irme a dormir.

Apagué las luces y con mucho cariño le di las “buenas noches” al ramo de tulipanes que me regaló mi hija a mi regreso.

Dicen que es sano conversar con las plantas, el problema es si te contestan.

 

MENSAJE EN UNA BOTELLA

 


Hace poco encontré un mensaje en una botella.

Allí, en una playita rocosa frente al río, me esperaba.


Tenía tiempo que no sentía una emoción tan intensa. Se me alborotó la infancia, la imaginación, la fantasía.


A mi mente vinieron historias de piratas, de náufragos, de desencuentros, de amor.


Pensé, ¿cómo este mensaje vino a parar, aquí, a mis pies? ¿Qué suerte de destino o azar hizo que yo me encontrara esta botella? ¿Qué misterioso personaje lo habrá escrito, sellado y entregado al universo?


La tomé en mis manos con mucho cuidado, como si se tratara de algo sagrado. Me senté bajo un árbol, los árboles siempre ofrecen ese resguardo, casi solemne.


Lo tranquilizador de los mensajes en una botella es que, me imagino que están destinados a quien los encuentre, así que no sentí que estaba violando el sagrado derecho de la correspondencia ajena cuando rompí el sello de cera.


Este mensaje era para mí y sólo para mí, así lo sentí. Una carta muy íntima, entrañable, que sorteó mil obstáculos para llegar a mis manos.


Finalmente, saqué de la botella el pequeño pergamino enrollado.


Estaba intacto y seco.


Lo descifré con inusual placer.


Me capturó su anhelo.


Me embriagó su fragancia.


Como tinta indeleble, las palabras allí escritas quedaron en mi memoria.


Suspiré largo.


Cerré mi libro de poemas y me entregué al dulce sueño.


Mañana retomo la lectura.

EL ESPEJO

 

Palau de la Música Catalana, Barcelona

Hace poco me regalaron un espejo.

No es un espejo cualquiera, como ese otro al cual me asomo de reojo, para que no me asuste el paso de los años.

Este es multidimensional y de altísima definición.

Fue así como lo descubrí.

Me acomodé en mi butaca, se apagaron las luces y se hizo un gran silencio.

En breve comenzaron a aparecer brillos cegadores, reflejos de bronce, vientos de los bosques de Viena,  sombras y claros de luna.

Un ruiseñor canta a lo lejos.

En mi espejo pude ver reflejados glorias y miserias; pasiones y furias; venganzas, dolores y pérdidas. 

Amor, ternuras…

Todo ello transformado en gran belleza.

Andantes, fortes, pianos, pianissimos. 

Allegro Maestoso.

Luego de dos horas, se encendieron las luces del magnífico auditorio y estallaron los aplausos.

Y es que hace poco le escuché decir al director Semyon Bychkov en una entrevista:

“La música es el espejo de la vida, viene de la vida, es la vida…”

Yo volví a mirarme en ese grandioso espejo y me reconocí…

viernes, 23 de diciembre de 2022

MI TARJETA DE NAVIDAD

 


Acuarela Azzi Tehrani, mi profesora

 

Ya casi nadie escribe, ni manda por correo tarjetas de Navidad.


Es un raro placer abrir el correo y encontrarse con correspondencia que no sea publicidad, o cartas de quienes más nos quieren y escriben con frecuencia: los bancos, tarjetas de crédito y otras cuentas por pagar.


Como estoy en clases de pintura, me propuse este año, hacer yo misma mis tarjetas de Navidad, para enviárselas a todos quienes me han regalado este año, momentos de alegría y felicidad.


Tomé mis pinceles, mis acuarelas y me senté en un rincón de mi hogar a buscar inspiración.


Mojé el papel, tal y como me explicó mi profesora, y con tonos índigo y cobalto, sugerí una noche estrellada. Esperé que secara y con el verde tracé un gran pino con sus ramas rebosantes de nieve. A su lado, con trazos delicados, pinté una casita de madera con humo saliendo de su chimenea y, en color ocre, un par de venaditos, corriendo a su alrededor.


Con pincel muy fino, incluí algunos detalles que se asomaban por la ventana de la casita. Los más importantes, un fuego encendido, una flor de Pascua y un Niño Jesús. Allí, en esa casita también estoy yo, junto a una butaca vacía, pero llena de gloriosa presencia.


Di por terminada mi estampa navideña, pero antes de cerrarla y echarla al buzón de mis pensamientos, escribí de mi puño y letra, una sola palabra que espero llegue por el correo del viento a todos quienes me han acompañado en este año.


¡Gracias!

 

¡Feliz Navidad a quienes han tenido la gentileza de leerme, a mis familiares y amigos, y a todas las personas de buena voluntad!

viernes, 16 de diciembre de 2022

ARCO Y FLECHA

  


Me he pasado gran parte de la vida practicando y perfeccionando el arte de la arquería.


Es una actividad que requiere, concentración, paciencia y precisión.


Son muchos elementos a tener en cuenta: la flexibilidad del arco, la tensión de la cuerda, el posicionamiento de la mano.


Hay que tener visión, serenidad, arte, para que la flecha vuele alto y llegue a su dorado destino.


La arquería, aparte de técnica, también requiere de mucha intuición.


¿Cómo adiestrar ese ojo dominante? el que guía la ejecución, para que confíe y se deja llevar por esa entrega sin límites que culmina en buen resguardo.


El arquero divisa claramente su objetivo y posiciona cuerpo, mente y corazón para después, en el momento justo, cargar la flecha.


 En ese instante, que puede parecer eterno, el arquero inclina el arco hacia el suelo, como haciendo una reverencia, un acto de humildad, y engancha la flecha en la cuerda, con delicadeza y determinación.


Es el momento en el cual la flecha conoce de su energía, su potencia.


El arquero abre y levanta el arco. Es el momento.


Entonces, ya con la flecha enganchada en los dedos, encuentra el ángulo preciso.


El momento de la verdad.


El arquero relaja los dedos de la mano y decide soltar la flecha.


Y suelta….


Y toda esta historia viene a propósito de que en estas navidades, la mitad de mi corazón esta en Tanzania (mi hijo recién casado y su esposa en su luna de miel) y mi hija y familia, en Venezuela (visita familiar y aquietando nostalgias)


A los que me preguntan si voy a sentirme sola, les digo con sinceridad y sin falsas euforias, que no.


Aunque mi gran amor voló a otros dominios, siempre digo que una mujer enamorada nunca esta sola, porque el amor es como lo “bailao”, como se dice en mi tierra, nadie puede quitárselo a uno.


Aunque los voy a extrañar demasiado, creo que nosotras las madres nos alimentamos de la felicidad de los hijos, de sus logros, de sus satisfacciones, de sus descubrimientos, de que vayan, vean, exploren.


Vivan…de que sean la flecha.


Nosotras, las madres, el arco, como dijo el poeta.


Sobre los hijos….


Tú eres el arco del cual tus hijos,

como flechas vivas,

son lanzados.

Deja que la inclinación,

en tu mano de arquero,

Sea para su felicidad.

Khalil Gibran poeta libanés.

 

Todo un arte, eso de la arquería…

domingo, 11 de diciembre de 2022

MAÑANITA CARAQUEÑA

 


Avila de Miguel Cabre 
 

El sábado en la noche un señor poeta del tiempo vino a mi casa a decirme: Leonor, te voy a contar un cuento…


Me recordó a Rubén Darío que escribió esas mismas palabras, pero para Margarita, aquella de “Margarita, está linda la mar…”


Yo me quedé en silencio, escuchando con atención cada uno de sus versos, pronunciados con suavidad, pero con profundidad y énfasis.


Era una historia complicada que comenzaba con los griegos y los romanos, después se metían los árabes, los españoles y hasta los indios americanos.


Después de muchos siglos y vericuetos, la historia reapareció mágicamente, una mañanita caraqueña, como el vals venezolano de Evencio Castellanos, una de las pocas piezas que quedaron en mi cerebro reptil y soy capaz de tocar en el piano.


Allí, en la casa solariega, estos personajes del pasado depositaron todas sus riquezas en las manos de mis dos mamás, la de Los Teques y la de Barlovento.


De pronto, yo también estaba en la historia, sin edad, porque la escena se repetía año a año, mirándolas, escuchando cantar al canario llamado Pavarotti, envuelta en los olores de la cocina, de mis diciembres caraqueños.


El señor poeta hizo una pausa y yo terminé de comerme mi primera hallaca.


La “multisápida”, como algunos la llaman.


Y es que los sabores antiguos… ¡sí que saben contar historias!

 

“…es como un compendio ejemplar del proceso de mestizaje. En ella están: la pasa y la aceituna de romanos y griegos, la alcaparra y la almendra de los árabes, la carne del ganado de los capitanes pobladores de Castilla, el maíz y la hoja del bananero de los indios”. 

Arturo Uslar Pietri


PD: Mis reflexiones ahora disponibles en

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