lunes, 16 de diciembre de 2024

ZONA SÍSMICA

 


Me sucede de vez en cuando, como hoy.

Siento un temblor. Miro a mi alrededor y todo está normal.

No hay lámparas oscilantes ni trepidar de cristales.

Tenía entendido que Alberta (y aprovecho para compartir un dato curioso; el nombre de nuestra provincia proviene de la cuarta hija de la Reina Victoria, la Princesa Louise Caroline Alberta) no es una zona particularmente sísmica, así que probablemente no sea nada.

Pero esta vibración reciente me detonó recuerdos de mis tiempos de estudiante de ingeniería civil.

Los movimientos sísmicos se producen cuando las placas tectónicas generan tensiones en la corteza terrestre y son ocasionados por la liberación de energía del interior de la Tierra.

Muy interesante, pero todavía más sorprendente fue que logré pasar Ingeniería Estructural I y II, y hasta diseñé estructuras antisísmicas en la universidad.

Lo mejor del caso es que ya se me olvidó todo. ¡Qué alivio!

Hoy en día esos sismos que siento repentinamente, en ocasiones muy particulares, tienen un origen mucho menos tectónico.

Mis trepidaciones son detonadas por los recuerdos, o la belleza de la naturaleza, o las sonrisas de mis niños.

Son movimientos telúricos que producen en mi alma, micro explosiones de alegría, temblores de agradecimiento, estremecimientos de ternura.

Creo que la única zona sísmica por estos lados, soy yo.

martes, 10 de diciembre de 2024

UNA LLAVE HERRUMBROSA

 


Aparece en lugares insólitos justo por esta época.

Es una llave antigua, pesada y oxidada. Otro “cachivache” que he ido atesorando a lo largo de mis aventuras por el mundo.

Me pregunto ¿A qué misterioso castillo habrá pertenecido? ¿Qué enigmáticas puertas habrá abierto en la antigüedad?

Esta vez decidió presentarse ante mi umbral, ahora, cuando la blancura universal del invierno canadiense se adueña del paisaje y de nuestras frágiles almas tropicales.

Después de tantos años en este maravilloso país he aprendido a abrazar la belleza de cada estación del año, así que metí la llave herrumbrosa en mi bolsillo y no obstante los -11 grados centígrados afuera, salí a caminar.

Me interné en el paisaje cristalizado, un mundo silencioso y mágico.

Parecía que el tiempo se hubiese detenido y me regalase un escenario para soñar.

Concluí mi paseo y mis idealizaciones.

Llegué a casa e instintivamente, metí la misteriosa llave en la cerradura, una pequeña confusión, quizás debida a mis pensamientos congelados.

Para mi sorpresa, el cerrojo crujió con un rechinar de tiempo.

Ante mis ojos, un lugar muy familiar, claro, mi hogar, pero me recibieron rincones no antes vistos o poco transitados, escaleras de caracol, pasadizos secretos, tesoros.

Con inusitado placer me dediqué a explorar estos recovecos de mi propia morada.

Me asomé por la ventana y al contemplar el gélido panorama, pude sentir con mayor intensidad el calor del nido.

Sí, esa llave vieja que se me presenta al comienzo del invierno es la que abre mis más recónditos e introspectivos escondrijos.

Es el invierno, que me invita a reflexionar, a mirar hacia adentro.

Agradezco a la enigmática llave por conducirme a la puerta de mi verdadera estancia, mi refugio interior.

Aquí permaneceré por los meses que se avecinan, acurrucada en mi caparazón, estrechada en mí misma, junto al bienestar de esa ardiente llama que proporciona inagotable felicidad.

lunes, 2 de diciembre de 2024

POLÍGLOTA

 

 


Fue una experiencia políglota.

Como si de pronto pudiese entender y comunicarme en varias lenguas.

Parafraseando a mi esposo, yo domino tres idiomas, español, inglés y tonterías (rubbish decía él) pero la experiencia de este evento en particular al cual asistí el domingo fue mucho más allá.

Mientras me paseaba por el recinto colmado de personas, reflexioné sobre ese poder multi-lingüístico del espíritu humano.

Ciertamente Canadá es una Torre de Babel, donde uno escucha a su alrededor multitud de lenguas foráneas, chino, hindi, farsi, árabe, ruso, aparte de los idiomas oficiales inglés y francés. Expresión de la maravillosa diversidad de este país.

Pero esta vez me refiero a otra forma de comunicación.

Aquella tarde asistí a un mercado de arte.

Artistas de todas nuestras provincias se dieron cita en el centro de nuestra ciudad.

Allí pude admirar en todo su esplendor la tesitura de sus voces.

El escultor me habló en palabras de bronce.

El alfarero me contó historias de barro, un búho de cerámica color naranja me cautivó. El orfebre me sedujo con un complicado vocablo de filigranas de oro, plata y bronce.

Mas allá, del lado gastronómico, el canto del chocolate artesanal deleitó mis papilas y el grito de una muestra de picante hecho con jalapeños me dejó sin aliento.

En fin, una experiencia colorida y tridimensional hecha de multitud de materiales, sabores y tejidos.

Es el idioma más universal que existe, ese que comunica sin necesidad de entenderlo.

El lenguaje de la creación.

Una sublime obsesión, la más parecida a estar enamorado.

El creador (y creo que todos lo somos), como el enamorado, no duerme, come, camina, respira por el ser amado: su obra, su amor.

Disfruté mucho compartiendo con nuestros artistas locales en sus múltiples y sensoriales lenguas.

En mi caso, estas humildes líneas con las cuales me expreso cada semana son parte de esa experiencia plurilingüe.

Mi particular manera de estar enamorada.

martes, 26 de noviembre de 2024

EL INQUILINO

 



El inquilino vive en el pent-house.

Una manera más elegante de decir la azotea (techada y con calefacción, para más señas)

Estas últimas semanas he tenido que lidiar con él y su exagerada racionalidad.

Cuestiones prácticas, mantenimiento, alineación, retoques aquí y allá. Todo tiene que ser perfecto.

Mi asesor inmobiliario se llama Ezra Maloso, no es broma, yo siempre me reconforto diciéndome, bueno, “Ezra” Maloso, pero después se compuso.

En fin, Ezra me aconseja que debo arrendar mi propiedad a un mejor inquilino, el que habita unos pisos más abajo.

Ezra me conoce bien y yo le tengo confianza.

Cuando mi inquilino de arriba comienza a contradecirme, a imponer su racionalidad, Ezra, como si fuera mi conciencia, me dice: ¡Cámbialo ya!

La verdad, el inquilino de la azotea limita mi imaginación, constriñe mi potencial clarividencia, acaba con mi intuición, cancela la magia.  Decidí hacérselo saber por escrito y de la manera más delicada.

Estimado inquilino,

Siento mucho tener que decirle que se tiene que mudar de mi azotea, a más tardar ¡ya!

La mente no siempre tiene la razón.

Cordialmente,

Leonor

 

Sí, creo que ya está claro.

El “inquilino” de arriba es esa vocecita irritante e hiper- lógica que habita en mi azotea, léase cabeza, y que a veces pretende cuadricularme.

Voy a seguir los consejos de Maloso y a quedarme con el otro inquilino, ese que vive cálidamente en mi pecho, en un departamento espacioso, con paredes hechas de horizonte y de viento.

Ese que me invita a volar todos los días, aunque me estrelle.

 

PD: El personaje de Ezra Maloso fue inspirado por la propaganda de una agencia inmobiliaria que veo a diario y me causa risa. Sentí la tentación de invitarlo a mi crónica, modificando un poco su apellido.

jueves, 21 de noviembre de 2024

BALANCE

 



Hace poco tuve una cita en el banco.

Un amable señor me recibió y comenzamos a conversar.

Yo le dije que por favor chequeara mi balance.

Para mi sorpresa, el empleado bancario me pidió que me parara y acto seguido, se me acercó y me empujó.

Yo trastabillé un poco y enseguida recuperé mi equilibrio.

Si esto no fuese un chiste que me urgía contar, probablemente al empleado que tomó literalmente mi petición, lo hubiesen botado del banco.

Disculpen mi pésimo sentido del humor, pero al final me quedé pensando en eso del balance.

Indiscutiblemente la estabilidad financiera contribuye a la armonía general, y ciertamente el dinero, aunque no conduce a la felicidad, te deja a media cuadra y de paso calma los nervios. Pero también dicen por ahí, una frase muy vigente en estos días “hay gente muy pobre que solo tiene dinero.”

Yo me declaro totalmente ignorante del tema financiero y mientras menos tenga que pensar en ello, mejor.

Pero investigando sobre el concepto de balance, me cruzo con ese símbolo tan conocido en filosofías orientales, el Yin Yang. Una sencilla imagen que invita al balance, emocional, físico, mental.

Bíblicamente, al concepto de balance se le asocia con la templanza, esa virtud tan difícil de practicar ante una buena torta de chocolate.

También aprendí que el pato es el animal que simboliza el equilibrio, la gracia, la adaptabilidad, la intuición. Lo tendré en cuenta cuando los salude cada día en mis caminatas.

En fin, todo lo anterior se dice fácil.

Yo me declaro temblorosa y con caótico equilibrio.

Esa anarquía introspectiva creo que es lo que me mueve, me desconcierta, me tumba, me hace pararme de nuevo, me inquieta el ánimo, me enseña, me mantiene inspirada y plena.

Al menos lo intento.

Como muestra de ese proceso de balance personal, podría decirse que, hasta de los chistes malos con los cuales a veces atormento a mis lectores, se aprende algo.

Al empleado del banco deberían condecorarlo, a veces uno necesita un empujoncito.

jueves, 7 de noviembre de 2024

TALLER DE LATONERÍA

 



 

¡Craaaash!

Tenía tiempo que no escuchaba el sonido del latón crujiendo.

Sucedió retrocediendo de mi garaje, en piloto automático, cuando sin darme cuenta me estrellé contra la puerta del carro de mi amiga, estacionado frente a mi casa.

Apartando la vergüenza, el seguro resolvió el problema sin dilaciones y se encargaron de ambos carros.

Días después del incidente, busqué mi carro al taller; lucía perfecto y reluciente, espero que el de mi amiga también.

El caso es que cuando venía de regreso a casa, con ese hábito a veces inútil de establecer analogías con la vida real, pensé:

-      Ojalá fuese tan fácil resolver en la vida esos otros golpes, los de adentro.

Esos a los que se refería César Vallejo en sus “Heraldos Negros”:

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Así como todos tenemos nuestras abolladuras y rayones internos, también creo que el único taller de latonería y pintura que puede ayudar con esas cicatrices inconsolables es el que se especializa en abrazos, cariño, sonrisas, compañía.

Llegué a mi casa con estos pensamientos algo depresivos, pero al final me dije, parafraseando a nuestro músico Gualberto Ibarreto, que a uno no le queda otra que cargar con este “cuerpo cobarde” que, con el tiempo, también necesita de mantenimiento y repuestos.

Decidí hacerle un cariño a mi carrocería interna, así que destapé una botella de vino blanco, me serví una generosa copa y la bebí en silencio, mientras la belleza de un cielo color lavanda reparaba todas mis magulladuras.

miércoles, 30 de octubre de 2024

AUGUSTO

 



Se siente algo extraño.

Una perturbación en el aura, como una ráfaga de tiempo.

Un peso etéreo, imposible de ser medido en unidades de masa como gramos u onzas.

Me trasladé a la fragua, al metal incandescente, calor de fundición, martilleo de yunque. Después, rumor de mercaderes, bullicio de anfiteatros, tesoros escondidos.

Sucedió el domingo pasado.

Mi hijo me condujo a lo que llamamos su “despacho”, donde nos recibe un busto del primer emperador del imperio romano, Cayo César Augusto (Augusto para los de confianza), quien, dependiendo de la ocasión, luce un sombrero vaquero, de Halloween o de San Nicolás.

Santiago quería enseñarme unas nuevas adquisiciones de su colección de monedas romanas, hobby que lo ha acompañado desde niño.

Las esparció ante mí con orgullo y ánimo exaltado.

Las colocaba sobre mi mano mientras me contaba la historia de cada una.

Vespasiano, Justiniano, Constantino, Claudio, Augusto.

Denarios y Sestercios de plata, Dupondios de bronce. Ningún Áureo, de las pocas monedas hechas de oro y la más valiosa que circuló en el Imperio Romano.

Miles de años transcurrían por la palma de mi mano ante mi mirada de asombro.

Creo que por primera vez entendí la fascinación del numismático y del coleccionista en general.

Tomé una moneda que, según mi hijo era de las más antiguas 27 a.C., justamente de la época de Augusto también conocido como Octaviano. La apreté en mi puño mientras cerraba los ojos.

Me fugué en el tiempo.

Al abrir los ojos me encontré con la severa mirada del Augusto de bronce.

Le escuché murmurarme:

-      Por favor quítame este ridículo gorro de calabaza.

Así lo hice. Santiago me miró extrañado. Augusto me sonrió.

Las monedas volvieron a sus respectivos álbumes.

Yo regresé al MMXXIV Anno Domini.