lunes, 5 de diciembre de 2022

EL INVIERNO


Se avecinan tiempos gélidos en mi ciudad.

En mi tierra se dice ¡Llegó Pacheco! Pero esto es otra liga.

Lo más calientico esta semana: -16°C.


Es el invierno.


El que viene a recordarme, cada año, la poesía del refugio.

El gran poeta Baudelaire lo expresa magistralmente: “El invierno evocado es un refuerzo de la felicidad de habitar.” (Dicha Invernal)


Después de más de dieciséis años viviendo en estas latitudes, he conquistado un cierto estado de clarividencia para no resistirme, ni quejarme, cuando bajan las temperaturas o arrecia la tempestad.


El frio es un contratiempo menor y, al contrario, una oportunidad magnífica de mirar hacia dentro, como dijo Carl Jung en una de mis citas favoritas: “Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia dentro, despierta.”


En el invierno me visto para la estación, suéteres, bufandas, gorros, pero a mi alrededor me adornan otras prendas.


El tejido nacarado de los atardeceres glaciales.


El manto luminoso de la nieve.


El terciopelo de las noches calladas, donde sólo a veces, se escucha el ulular de un búho.


El rojo nocturno del crepitar del fuego.


Mientras escribo, el mercurio baja a -18°C.


En mi refugio, me arropo con el calor íntimo de esa felicidad de habitar.



“Cuando el refugio es seguro, la tempestad es buena.”

Henri Bosco




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viernes, 25 de noviembre de 2022

ASUNTOS SIN IMPORTANCIA

 


Por fin, después de más de treinta años de trabajar en mi profesión, en Caracas y Canadá, me ascendieron y logré mi posición soñada la cual vino con aumento de sueldo: 

Gerente General de Asuntos sin Importancia.

Esta meta hoy lograda, me la propuse hace más de veinte años, cuando en Caracas, en la empresa de ingeniería donde trabajaba, me tocó ser responsable de la minuta de una reunión con el cliente.


La líder de disciplina, Carmen recuerdo, me enfatizó concienzudamente: anota todo, TODO, lo importante.


Tomé libreta y pluma, y afiné mi atención.


El tiempo pasaba, se discutía sobre las fundaciones, las tuberías, la excavación, el volumen de concreto y la verdad, nada me parecía particularmente importante.


Entonces, como suele sucederme, sucumbí a una de mis ensoñaciones.


En ese preciso instante comenzó lo que siempre me ha cautivado mucho más que los números y los gráficos de mi trabajo: la experiencia humana.


Me fijé en los ojos tristes de la Ingeniero Robles, ¿tendrá alguna pena?, pensé; también me pareció importante el rostro cansado del Ingeniero Gil, creo que necesita vacaciones; y ¿cómo no quedar cautivada por la voz grave y seductora del director de Control de Proyectos? 


Esto último en verdad si fue bastante importante, porque, no lo sabía entonces, pero aquel señor británico tan interesante iba a ser mi futuro esposo.


Al terminar la reunión, la minuta estaba en blanco.


Si no me botaron fue porque bueno, al final mi memoria es una semi ficción, y probablemente borroneé algo en la libreta.


Creo que fue en esos tiempos cuando descubrí la importancia de las cosas “sin importancia”. Esas que hoy en día, si desaparecieran de mi vida, me dejarían sin universo.


En mis tiempos en la oficina, claro, era vital mantener mis horas facturables y productivas, de eso dependía mi cheque de quince y ultimo.


Hoy en día, desde la Gerencia General de Asuntos sin Importancia, eso no ha cambiado mucho, lo que si se alteró exponencialmente fue el concepto de productivo y facturable.


Productivas son mis horas plácidas y creativas, esas que contribuyen a la tranquilidad de mi ánimo.


Facturable es todo lo que suma a mi abundancia interior.


Como la que me dejó aquel inglés de voz grave y seductora, cómplice de todas mis ensoñaciones.

 

jueves, 17 de noviembre de 2022

LA CHUPETA

 



 

Dedicado a Aura Elena,

quien me inspiró este “momento mágico”.

 

Después de las celebraciones, todos salimos de la fiesta con un regalo de salida: una chupeta.


Así se llama en mi país, pero creo que en otras latitudes se le conoce como paleta, chupete, o chupetín.


Por definición se trata de un caramelo sólido y redondo, sostenido por un palito que sirve de mango.


Pero esta chupeta que nos dieron a todos quienes asistimos a la fiesta, es diferente, aparte de colorida, dulce y enorme, es especial.


Yo no he hecho sino disfrutar de ella desde que llegué, sola o acompañada.


Como dije al principio, esta chupeta que recibió cada invitado es muy singular, no sólo por su dulzura, sino porque tiene una característica extraordinaria.


Es infinita.


Dura para toda la vida y más.


Es un caramelo hecho de tiempo bien vivido, de amor, de amistad, de música, de abrazos, de familia, de bendiciones.


Es la chupeta de los buenos recuerdos.


Gracias a mi hijo Santiago y su esposa Alba, por tan maravilloso regalo de salida después de su boda.


Aquí sigo y seguiré por mucho rato…disfrutando de mi chupetota.

lunes, 31 de octubre de 2022

EL PONQUÉ DE LA ABUELA

 


 

El ponqué de mi mamá se saltó una generación y ahora lo hace mi hija.


Yo recuerdo someramente la receta: dos de cada cosa menos de leche que era una sola taza, dos barretas de mantequilla o margarina, dos tazas de azúcar, dos tazas de harina, polvo de hornear, no sé cuántos huevos (separadas las yemas de las claras que se baten a punto de nieve), un chorrito de vainilla, etc.


En fin, viene al caso porque, bueno después de tanto evitarlo, finalmente me agarró. El virus.


Tengo Covid.


Me lo traje de Cancún, después de unos gloriosos días en que celebramos la boda de mi hijo. Cuando agarre fuerzas escribiré al respecto.


Me he sentido bastante mal, pero debo decir que, como siempre, me conmueven y me conquistan para siempre los gestos amables de hijos, vecinos, amigos y todos los que han estado pendiente.


Estoy mejorando, pero claro, perdí el gusto y todo me sabe gloriosamente a nada.


Excepto una sola cosa.


El ponqué de la abuela, que me dejó mi hija en la puerta de mi casa. ¡Gracias! La mejor medicina.


No se cómo funcionan las papilas gustativas, el pan me sabe a papel y el café a agua tibia, sin embargo, cuando pruebo un bocado del “ponqué de mi mamá que ahora hace mi hija” se produce la fiesta del paladar.


Cierro los ojos y disfruto.


Del sabor de la infancia, la mía, la de mis hijos.


De la casa solariega.


Tardes de domingo.


Cafecito de la tarde.


Si uno llegaba de un viaje, estaba ese ponqué.


Si alguien se enfermaba, estaba ese ponqué.


SI había una fiesta, un cumpleaños, estaba ese ponqué, quizá adornado con chocolate.


Cuando abro los ojos, después de haber devorado mi pedazo de ponqué acompañado de agua tibia (léase café), desayuno de “enfermo grave” como decía mi mamá, quedo reconfortada y contenta.


Es como si ella estuviera aquí para abrazarme y acompanarme en estos días de cuarentena.


¡Cómo hace falta una madre cuando uno se enferma!


Gracias a mi hija por devolverme ese abrazo perdido en la forma de ponqué.


Ya me siento mucho mejor.

domingo, 18 de septiembre de 2022

EL TRAJE


Sucedió hace unas pocas semanas.


El objeto en cuestión: un traje antiguo.


Éste, llegó a Canadá en la maleta de nostalgias de mi hijo.


Recuerdo que mi padre lo lucía y lo bailaba con su “extraña elegancia” y su “cuerpo de percha”, todas las Navidades caraqueñas.


Aquí, vivió en la oscuridad polvorienta del closet de mi hijo por muchos años, yo ni lo sospechaba.


Hasta que un día, le llegó su momento.


Eternidad, poesía y amor, se alinearon en una tarde veraniega.


Ella, la novia, “¡Radiante cual ninguna!, con su vestido blanco de querube, semejaba un destello de luna, dormido en el regazo de una nube”, como mi padre solía recitar.


Él, mi hijo, su príncipe, vistiendo el traje de su abuelo, remozado de infancias y de sueños.


Mi hijo, en su gesto de rescatar aquel traje, en una especie de pesca de arrastre universal, se trajo consigo en un instante, toda la cosmología del abuelo.


Traje de luces.


Una constelación de buenos augurios y dones, lo vistieron.


Se hizo un pequeño milagro en este gesto amoroso.


¡Milagro de presencia!


20 de marzo 2000, el ultimo brindis de un poeta.
 Foto por Meen Fontijn


miércoles, 7 de septiembre de 2022

LA LLAMA AZUL

 



Hace ya tiempo que me tocó “la llama azul y trémula: la del amor” (Octavio Paz), aunque haya querido el destino que la mitad de mi alma volara a otros dominios hace algunos años…


Esa holgura del alma, lo vuelve a uno invisible.


Pero ¿y a qué viene este tema del amor y enamorarse?, me pregunto.


Será que, después de la reciente boda de mi hijo y su bella esposa, el amor se alborota y se asoman los poemas, como las golondrinas de aquel balcón becqueriano y los versos regresan.


“Estar enamorado amigos, es encontrar el nombre justo de la vida…


Es advertir en unos ojos, una mirada verdadera que nos mira…


Es sorprender en unas manos, ese calor de la perfecta compañía…


Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra esta vencida…


Estar enamorado amigos, es adueñarse de las noches y los días…"


(extracto de Estar Enamorado de Francisco Luis Bermúdez)


Reconfortantes palabras que me acompañaron ayer y hoy dan sosiego.


Sigo aprendiendo que uno ese enamora todo el tiempo, en cada alegría, en cada ternura, en cada motivo para celebrar. 

La llama azul y trémula, esa lámpara de aceite inagotable, la del amor.



“Quédate con aquellos que te notaron

cuando eras invisible.”

Charles Bukowski

sábado, 3 de septiembre de 2022

GOOD MORNINGS

 


A mi buena amiga chilena y compañera de caminatas, desde hace años, le gusta contar autos (para mí carros).


Nos conocimos en 2006 en una empresa de ingeniería, aquí en Calgary, así que no es raro que ella sea una persona muy observadora y cuantitativa. Yo lo contrario.


Ella divisa y cuenta los ciervos (para mí venados) a gran distancia, cuando yo no veo nada. También tiene observaciones como:

-      ¿Te fijaste que ese señor llevaba un anillo en el dedo gordo del pie?

-      No, me fijé en que tiene la mirada melancólica.

Dos maneras diferentes de observar al mundo, cada una en su estilo.

El hecho es que mi amiga lleva las estadísticas de cuantos carros hay estacionados en el parking de Fish Creek, el parque donde caminamos. A veces ninguno, otras veces muchos, dependiendo de la hora, el día de la semana y el estado del tiempo.


Pero sucedió que un día se me ocurrió decirle que, en vez de contar autos, contáramos: Good Mornings.


Es decir, la cantidad de personas que nos dan los buenos días o afines mientras caminamos.


Establecimos algunas reglas, como: vale si uno los da primero y nos responden, también valen los Hi o Hello, y las sonrisas y las inclinaciones de cabeza, sobre todo de los ciclistas que no pueden soltar el volante.


Y así fuimos contando, llegamos como a 15 cuando ya perdí la cuenta.


Autos había 8, creo.


Un buen ejercicio, del cual concluí que, mientras en el mundo haya más Buenos Días y sonrisas que carros, sobran razones para ser optimistas.


¡Buenos Días, Tardes o Noches para todos!


 Y los acompaño con una sonrisa.