Finaliza la Semana Santa.
Y mi mesa de Pascua ha ido acumulando de todo:
Agua (bendecida en la distancia por el Padre Pedro, gracias), un pan, una campanita de plata con el tañido
de mi infancia, un crucifijo de palo que se encontró mi hijo en un manantial en
un viaje de pesca, un rosario de Tierra Santa, una amatista, monedas de países raros, una palma bendita del año pasado, una rama de
pino fresco de mi jardín, una vela roja encendida.
Un lirio pascual con cuatro milagros y uno por
venir; blancos, místicos, que embriagan con su aroma las noches taciturnas,
como esta.
Rosas incandescentes, un conejito verde, alegre,
que aguarda todo el año por salir de su agujero en este día; una llama de Perú,
un torito español, un oso polar, un camello.
Un oso hormiguero de madera, hecho por las
manos de mi amado; un tapete noruego, un hipopótamo egipcio, un tigre de jade,
un jaguar al acecho, por allí se asoma un San Miguel, un Quixote y un Sancho,
el de verdad y mi perro.
Y mientras enumero todas estas cosas, cientos
de gansos, gaviotas, un halcón peregrino, cruzan por mi ventana y son tantas las
aves, que me da la sensación de que mi casa vuela.
Una copa de vino y un corazón agradecido.
El bienestar de lo sencillo.
Y de repente, así, un descenso, un amarizaje
en mi alma, un abrazo, un regalo del cielo.
Una certeza plena.
El regocijo de su compañía.
Aquí, conmigo, junto al fuego, como en las
noches de antaño.
El amor más bello.
Hoy en ésta, mi vigilia pascual, recibo con más
intensidad que nunca, “La Palabra”, esa que se hizo carne y habitó entre
nosotros…
“Yo soy la resurrección y la vida…”
¡Feliz y
bendecido Domingo de Pascua!










