“Mis ojos son dos planetas rojos. Desiertos.
Surcados por un río rojo, donde flotan las imágenes, los
recuerdos.
Una corriente abundante, en su accidentado torrente.
Un viaje acuoso. Un navegar lento.”
Esta fue mi aproximación poética durante una visita de
rutina al oculista.
Ser espectadora de mis propios ojos, agigantados, inmóviles,
en la gran pantalla del consultorio de mi oftalmólogo resultó ser una
experiencia casi surrealista.
El Dr. Fung me examinaba con sus máquinas modernas, encandilándome
con luces muy brillantes, soplando aire dentro de mi ojo, dándome instrucciones:
“open, close, blink, blink again…” y yo, fascinada, sólo observaba en la computadora
a su lado, esa esfera translúcida, parecida al planeta Marte, con sus mares oscuros y volcanes luminosos.
Todo esto mientras él hablaba de córnea, mácula, pupila. El río rojo y tortuoso, me dijo el Dr. Fung,
es el nervio óptico que lleva toda la información al cerebro.
Fascinante.
Es la explicación científica, y yo me pregunto, ¿cómo
puede ese hilito tan delgado, contener el caudal de toda una vida de colores,
lugares, rostros, ensueños?
Al final me dijo que no tenía ni catarata, ni glaucoma,
ni degeneración macular. Todo perfecto excepto la presbicia.
Salí del consultorio, contenta y con fórmula de ojos nuevos.
Dispuesta a seguir navegando mis mares y mis cielos.
Ya lo dijo el poeta Pablo Neruda:
“Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas…”
PD: Gracias a mi superamigo FP por acompañarme a la cita, porque me dilataron la pupila y no podía manejar.





