De golpe y sopetón, en mi vida se acabaron los
(as) “ísimos (as)”.
Desaparecieron los superlativos.
Con solamente tres excepciones:
La “ísima” tristeza de su ausencia.
La “érrima” nobleza de mis soles, hijos, quise
decir.
La “isísima” ternura de mi nieto.
En fin.
Confieso que abusé
de los superlativos.
La grandilocuencia del mundo es contagiosa.
Confieso, que presumí de mi gran amor, de
manera exultante.
Y lo sigo haciendo.
Es lo único que me queda.
Yo y mi historia de amor.
Pero el duelo es sobrio.
La serenidad es sobria.
La soledad es sobria.
No hay espectacularidad en mi nueva vida.
Mi nueva vida es sobria.
Pensaba que insípida.
Pero la sobriedad no es insípida.
Quiero pensar al menos que…
La sobriedad tiene un sabor delicado.
Un aroma suave.
La levedad de una pluma.
La elegancia del cisne.
La justa medida.
La dimensión exacta.
El refugio perfecto.
Adiós a los superlativos.
PD: Disculpen mis escasos pero amables y
queridos lectores, esta, mi nueva voz, un poco depresiva. Es que a veces duele
hasta respirar.





