Así los bauticé cuando, un día como hoy, hace tiempo, mi esposo recibió, junto a sus zapatos, un regalo firmado por “Los Reyes Magos”. Él se emocionó demasiado, porque nunca antes lo habían visitado; no es parte de su cultura. Él llegó como un niñito diciéndome: Look what Los Reyes “Majos” brought to me! Confundió el sonido de la G con la J.(les recuerdo que mi esposo es inglés)
Me encantan esos juegos de palabras y me río mucho. Mi esposo pregunta serio: ¿Por qué risas? Yo contesto que es porque me parece adorable, como cuando mis hijos decían, el “altobus”, en vez del autobús, la leche “comensada”, en vez de leche condensada, y el insuperable “me rasca lo frío: en vez de “me da escalofrío”. Como estos ejemplos miles, pero a mi esposo no le hace mucha gracia.
Esta es la historia de cómo hoy 6 de enero de 2012, encontré a mis tres Reyes Majos en Canadá. Así sucedió.
Este año, por circunstancias de la vida, estuve un poco falta de abrazos físicos en el Año Nuevo, muchísimos en mi corazón. El primero, a cinco para las doce fue a Josh, el mesonero que nos atendió durante nuestra esplendorosa cena, y por supuesto, a las doce en punto, el abrazo más fuerte, largo y sentido. El que me arropa todos los días de mi vida: el que nos dimos mi esposo y yo. Con él a mi lado, no me siento triste ni un minuto (un regalo de Dios y de la vida), pero debo admitir que me hicieron demasiada falta los abrazos intensos, apretados y sinceros de mis hijos, de mis hermanos y hermanas, sobrinos, sobrinas y por supuesto los abrazos perdidos de mis padres, aunque esos los llevo puestos.
Creo que esta escasez de abrazos fue la razón por la cual ayer, día que me reincorporé a la oficina, hice un recorrido, cubículo por cubículo, oficina por oficina, con una caja de chocolates venezolanos, dándole el Feliz Año a todos mis compañeros. Así pude tantear diversos tipos de abrazos.
Los canadienses, ante cualquier amago de que uno los va a abrazar, sacan la pistola. Así llamo al gesto de extender la mano para dar un “handshake”. Sin embargo, yo lo ignoro por completo y me les abalanzo encima, con lo cual se quedan petrificados, sin saber qué hacer. Eso sí, al final te sonríen y te abrazan en el aire dejando una distancia segura de como treinta centímetros entre los cuerpos, algunos se sonrojan de la vergüenza.
Hubo uno que, sencillamente, cuando vio que mi humanidad avanzaba, me dijo aterrorizado: I have a cold.
Otro, si es verdad que al ver mi gesto, ni se inmutó, así que tuve que retroceder y sucumbir al “handshake”.
Al final, casi todos, quedaban sonriendo, con su chocolate en la mano, y el signo de interrogación en la cara. Pero hubo tres abrazos inesperados, que me sorprendieron, por su candidez y sinceridad. Tres abrazos entregados y genuinos que me transmitieron cariño puro. Tres abrazos de mis Reyes “Majos”.
Melchor, un ingeniero bastante mayor, pero con espíritu joven y alegre, que le pone buena cara al mal tiempo, en todas las circunstancias. Toda una inspiración y una fuente de sosiego cuando me provoca salir corriendo de la oficina y no regresar jamás. Abrazo de Oro.
Baltazar, mi querido amigo trinitario, que para abrazarlo hay que subirse a una escalera. Tinto como la noche y con un corazón que no le cabe adentro. Abrazo de Mirra.
Y por último Gaspar, mi pequeñito amigo tailandés. Un muchacho introvertido, brillante y humilde, que sonríe con los ojos. Un gigante de bondad. Abrazo de incienso.
Fueron tan bonitos estos abrazos y me hacían tanta falta, que hoy, 6 de enero, decidí ser yo quien les diera a ellos las ofrendas. Así que les dejé a cada uno de ellos, un regalito de reyes sobre sus escritorios. Premios a los mejores abrazos.
Me imagino que todavía se estarán preguntando quien se los envío.
Si me preguntan diré que fueron Los Reyes Majos.