Tengo un amigo
imaginario.
Es un caballito.
Tan pequeñito que cabría
en un dedal.
Es blanco, esbelto y
tiene una melena de viento larga y sedosa.
Mi esposo esta celoso de mi amigo imaginario.
“I am jealous” – me dijo
la otra noche, en que le dije que mi
amigo imaginario me hacía soñar sueños bonitos.
Me gusta que mi
esposo sienta, de vez en cuando, el venenito de los celos.
Siempre soy yo la
celosa recalcitrante. Como dice la canción, “tengo celos hasta del
pensamiento que pueda recordarte a otra
persona más”
En fin, últimamente he
sufrido de insomnio.
En mi mesa de noche
hay toda clase de remedios para dormir: valeriana, manzanilla, flores de Bach,
Sleepy tea, Nyquil.
Pero nada ha
funcionado.
Hasta que apareció mi caballito miniatura.
Apago la luz, cierro
los ojos y una llanura ingrávida, llena de espigas doradas, se posa sobre mis
ojos.
Entonces se aparece.
Libre y salvaje.
Lo veo correr hasta donde
termina el horizonte de mis pestanas y comienzan
mis sueños.
Galopa, incansable, por
playas de aguas tranquilas o furiosas, semejantes a su indómito e impredecible temperamento.
Se mete por pastizales inundados de agua y de sol.
Sube montañas.
Atraviesa ríos.
Irreverente pero siempre
gentil.
Hasta que me duermo.
Mi caballito vive en
el país maravilloso que se posa sobre mis ojos cada noche.
Un lugar que pienso,
repienso y repaso en sus deleites.
Tal vez sea la mezcla
de yerbas y pócimas o los celos de mi esposo que lo ponen muy carinoso.
No lo sé.
Pero mi amigo
imaginario, mi caballito de la noche, raudo y sin miedo, me salva del insomnio, y me hace despertar con
buenos augurios.
El despertar más
dulce.
La libertad.
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