domingo, 11 de noviembre de 2012

EL ABANICO


Hoy domingo, después  del desayuno, anuncié que iba a Walmart  a comprar un felpudo.

Todos se rieron de mí y dijeron, sarcásticamente,  que ese podría ser mi magic moment del día.

La verdad que como plan de domingo ir a comprar una alfombra para limpiarse los pies, es deprimente.

En las grandes ciudades, la gente va a los conciertos, a los museos, a las plazas a tomarse el aperitivo.

Yo en Calgary, a comprar un felpudo.

Así que inventé otro plan y decidí, más bien, que iba a salir a regalarme un abanico.

Definitivamente, un abanico sería lo ideal para devolverle la brisa a un domingo sin viento.

Y aunque parezca mentira, hay un puesto de abanicos en Calgary. Una señorita asiática es la vendedora de este accesorio tan femenino, que oculta, que llama, que invita, que se agita.

Los hay de todos los colores y materiales, de nácar, de plumas, bordados, de bambú, de seda.

El que a mi me gustó es negro azabache, de encaje, con un bordado dorado y blanco, los tonos del momento.

Compré mi abanico con inmenso placer, como si hubiera consumado un acto de rebeldía, en un domingo canadiense. Como si, con esta simple compra, hubiera revolucionado el orden establecido de esta ciudad.

Llegué a la casa, me serví un Oporto y busqué el concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo; no sé por qué se me antojó como la música perfecta para escuchar después de comprar un abanico.

Al rato..... abanicándome imaginaria y  sensualmente, le pedí a mi esposo que por favor bajara el felpudo nuevo del carro.
Así le devolví la magia a este domingo sin viento.

jueves, 8 de noviembre de 2012

RINCONES


Me propuse rescatar los rincones de mi casa.

Esas esquinas llenas de telarañas donde no llega la aspiradora.

Para  habitar esos pozos de energía muerta, lo primero que se me ocurrió fue colocar un objeto  lleno de significado en cada vértice.

En mi casa hay muchos cachivaches (mi  British esposo pronuncia esta palabra tan rico, igual que  cuando se le traba la lengua diciendo ``arroz con coco``), muebles masivos, cuadros, alfombras, que compiten entre sí y distraen la atención.

Confieso que me encanta rodearme de libros, de arte, de música ( mi sueño es tener un Steinway) y de tonterías que he ido acumulando en el camino. National Geographic chic , me encantaría fuese mi estilo, que es más bien Caótico chic.

Pero, a veces, creo que descuido los rincones, esos lugares que son para meditarlos, para quedarse agazapado a media luz.

Los rincones son muy elocuentes, desnudan a sus habitantes.  Cuando visito una casa nueva, me fijo en sus esquinas.

Los de mi casa sólo revelaban la falta de trapo.

Entonces me di a la tarea de decidir cómo iluminar esos pequeños paraísos de las arañas.

Y me encontré en un singular dilema.

Será que pongo este cuadro, el florero coreano, el elefante…

Entonces, mi esposo, el de la lengua enredada, me ofreció un vino y ya no tuve dudas.

Manos a la obra.

En una esquina guindé un silencio, de esos que uno no quiere quebrar jamás.

En otra esquina una soledad, de aquellas donde a uno le gusta acurrucarse.

Más allá, en uno muy especial, coloqué una tristeza de esas que lo contentan a uno. Como el recuerdo de mi mama.

En la otra esquina  escribí en la pared la palabra Almendra. Simplemente porque me gusta como suena.

Y en el hogar de las mariposas nocturnas, más importante de mi casa, encendí una lámpara de aceite perfumado. 
Ese es mi amor.
Son mis rincones encantados, habitados con las cosas que no se pueden olvidar jamás. No importa que tantos muebles grandes y pretenciosos intenten distraernos.
Dijo un poeta persa, ``la casa es tu cuerpo grande``.

viernes, 2 de noviembre de 2012

PA' LA BOTELLA


Decidí desintoxicarme.

No solamente el cuerpo, pues tuve dos breves vacaciones muy seguidas (Caracas y Charleston) donde comí (y bebí) lo que me dio la gana (que rico).

El mejor Arroz a la Marinera del mundo y galaxias circundantes, en el Urrutia de Caracas (con su toque de Jerez, antojo acumulado) y las mejores ostras que he probado últimamente, de la costa Este de los Estados Unidos.

Pero aparte de la dieta, que nunca cumplo, pues siempre habrá otro lunes;  decidí desintoxicarme de todo lo negativo.

Esto suena aburrido y new age, pero, de vez en cuando, hay que hacer una purga (palabra horrenda).

Así que extrapolé mi resolución a todos los habitantes de la casa.

Dictatorialmente les hice saber a  esposo, hija, hijo -a distancia -novio de mi hija y perro,  que iba a poner una botella sobre la mesa y un pote de sencillo con la que todos contribuiríamos,  “silly money” como lo llama mi esposo, y a cada queja, crítica, chisme, miedo, mala premonición, terrible augurio o sentimiento malicioso que cualquiera expresase, iría una moneda a la botella.

 Al final donaríamos nuestras negatividades a alguna buena causa. (no es un buen incentivo para la caridad, lo sé, pero mis metodologías nunca son muy acertadas)

Una vez explicadas las reglas de la botella de las negatividades, sucedió lo esperado.

Una descarga de ametralladora de “Pa’la botella” en cada conversación trivial.

En algunos casos, ni siquiera había que terminar la frase. El lenguaje corporal ya delataba un…Pa’la botella.

Todos intentaron cambiar las reglas, que si dependía de la intensidad de la queja, critica o chisme, si era uno, cinco o diez centavos.  Que si dependiendo del ingreso de cada quien, que si era mejor una penitencia…  en fin, un rosario de quejas que se tradujeron en muchas monedas más…Pa’la botella.

Concluimos que necesitaríamos, no una botella sino un contenedor de esos de reciclaje. Pensamiento negativo… pa’la botella.

Nos reímos bastante, pero nos dimos cuenta, de la cantidad de toxicidad anímica que uno carga encima.

Mi  muy británico esposo dijo que él ponía veinte dólares, cien, un cheque en blanco, para tener derecho a  decir “what he fucking likes”.

Todo terminó mal. Y esta frase ya me costó otro penny…pa’ la botella….

El ejercicio fue efímero y apenas duró  unos pocos minutos.

Al final concluyo que tanta falta de negatividad es perjudicial para la salud. Creo que ahora estoy más estresada que cuando comencé.

Mi iniciativa de desintoxicación dio al traste, igual que cuando empiezo dieta, pero las risas borraron todo vestigio de negatividad.

Mañana le invito un café a alguien, financiado por los Pa’ la botella de esta divertida y positiva velada.

P.D.: chiste post Halloween de mi fallecido hermano (antes que se me olvide). él decia que siempre que iba a comprar una máscara de Halloween, le vendian la liguita.

domingo, 28 de octubre de 2012

El Conde Rácula


Mi pobre hijo Santiago pasó toda su infancia con un solo disfraz de  Halloween (costumbre importada y nada venezolana, pero que celebraban en su colegio), el cual consistía en una capa ropa, que salió de una gaveta polvorienta de casa de la abuela (en las casas de las abuelas se consigue de todo), unos colmillos de plástico, un poco de maquillaje blanco para que se viera pálido y gomina con la carrera por el medio.

El resultado era el aterrador mini Conde Drácula. 

Cuando le preguntaban a Santiago, el niño más dulce del mundo, el príncipe, como lo llamaba mi papa; mi Pequeño Príncipe de Pestañas Largas (una historia que le escribí cuando tenía dos años y veré si rescato); bien, cuando le preguntaban,  de qué era su disfraz (así de poco obvio era, por lo improvisado), él respondía orgulloso: de Rácula.

Este disfraz se repetía año tras año, desde pre kínder hasta quien sabe que grado.

Hubo una excepción,  y fue una Noche de Brujas en que, la capa roja desapareció (o la desaparecieron) y a ultima hora le pinté a mano  un esqueleto, sobre un leotard o mono (como decimos en Venezuela) negro. Aquel era un esqueleto muy desarticulado y chistoso, como si bailara un mambo, que contrastaba con los disfraces costosos de sus compañeros. En esos tiempos, la austeridad era la regla.

MI hija, que era una bochinchera impenitente, siempre conseguía una ``chiva``, como decimos nosotros, es decir un disfraz prestado de alguna de sus primitas.

Siempre recuerdo, en su primer examen de aquellos  tiernos años, cuando la busqué al colegio, se dio esta conversación:

-      Hola Nene, cómo te fue en el examen..

-      Bien… pero, mami, que es lo que se celebra el 12 de Octubre.

-      El día de la Raza – dije impaciente porque esta lección ya la habíamos aprendido hacia pocos días.

-      Aaaay… yo puse Halloween.

Risas!  

Las mismas que una vez me atacaron cuando, ante los malos resultados en la boleta, su papa indignado le preguntó qué haría para mejorar las notas y ella dijo tranquilamente:

-      Copiarme…

Mis hijos me sobrevivieron  a mí como mama, no sé como lo logramos, pues pasamos las duras y las maduras, pero fuimos y seguimos siendo un gran equipo.  Incluyo a Magaly, (la nanny), compañera de todas mis batallas, otra guerrera más, hoy en día con sus dos bellezas de hijos.

En estos días previos a la Noche de Brujas, mi momento mágico es recordar estas pequeñas anécdotas.

Santiago, mi pequeño Conde Rácula de pestañas largas y mi hija, La Nene, más astuta que Tío Conejo.

La verdad que mis ``niños`` son el mejor magic moment que me ha salido en la vida.
Como no tengo fotos de Halloween de ellos, no sé en cual de mis mudanzas las habré dejado en tiempos sin cámaras digitales, les regalo esta.

miércoles, 24 de octubre de 2012

CONTICINIO


A veces siento en el alma un Conticinio.

El Conticinio es el momento más callado de la noche.

Una pausa gentil
Solemne
Un nudo en la garganta del tiempo

Un despertar sin voz
Un golpe súbito de ausencia

Y es que he sentido unos cuantos Conticinios últimamente.

Por mi país maltratado
El abrazo perdido
Un brindis resquebrajado
Aniversarios tristes
Amigos que se alejan
Despedidas triviales
Que pueden ser eternas
El Conticinio es un sollozo  mudo
Un paréntesis
Un silencio mojado
Una burbuja
de ternuras y penas


Uff, disculpen, tenia que sacarme unos cuantos silencios del cuerpo. Y eso que apenas regreso de un lugar de árboles bellos.




Pero el Conticinio  también es un vals venezolano de Laudelino Mejías , bellísimo, que mi cuñado interpretó para mí, en  la dulzura de su Pleyel, cuando estuve en Caracas.


 Y lo canté, (saco las letras de mi memoria reptil)
… No existe un rumor… y bailé sola.. es grato el soñar…y di vueltas y vueltas al tempo de un, dos, tres,… teniendo un amor… un , dos , tres…(bis)...y  a nadie le extrañaba… sabiéndolo amar…todos continuaban con su rutina… ( bis).. conversando de politica...la dulce ilusion...… preparando el almuerzo .. que diste a mi ser... asado negro con su puntico de papelon...trocó mi dolor... y torta de plátano... en arrullos del querer...

Y es que, el Conticinio, la hora más callada de la noche es también un momento de intenso resplandor, de fugaz  lucidez,  de máxima locura.

Perdónenme esta.

sábado, 13 de octubre de 2012

EL ÚLTIMO CAFÉ


Me sucedieron cosas muy importantes en Caracas, pero creo, que la más trascendental fue el último café en mi casa de Altamira.

El hogar de mis padres, el mio, el que se muda con uno, a donde uno vaya.

Sucedió el domingo pasado, el día de las votaciones, un día que no quiero recordar y que por la misma razón estratégica, jamás  olvidaré: 7 de Octubre de 2012.

 Así funciona la memoria, se tiene cuando uno no la necesita.

Hice mi cola, voté con alegría (la tristeza vendría después, demoledora) y dejé a mi sobrina Emily en la larga fila.  

La casa de mis padres queda frente al colegio María Auxiliadora, mi centro de votación, así que crucé la calle, abrí la reja semi-automática (así la llama mi hermano, pues después de darle al control, hay que darle un empujoncito para que termine de abrir, parte del encanto) y entré a la casona vacía.

Deambulé por sus cuartos y pasillos, sabiendo que seria la última vez.  

La casa está vendida.

Recorrí  el jardín entre mangos, cambures  y riqui riquies.
Conozco de memoria cada arbusto, cada piedra, cada rincón de ese patio.

La grama esta descuidada, mi mama se enfadaría.

Entonces sonó el timbre. Una amiga, que supo que estaba allí, pasó a saludarme.

Le ofrecí un café. Fue la elegida para acompañarme en mi despedida. Imelda (Chicha) es pura belleza y bondad.

Sin titubear, entre los cacharros viejos, encontré la greca destartalada y colé  un café de verdad.

Nos sentamos en la cocina, esta vez sin canario, Pavarotti lo llamaban, porque cantaba un do de pecho cristalino y obsesivo. Eso cuando la casa era alegre.

Nos despedimos, Chicha estaba trabajando en una mesa de votación.

Me terminé el café acostada en la cama de mi mama.

Esa que arropa y cura todas las penas del mundo.

Fui a la biblioteca y saqué varios libros viejos. Los puse en una bolsa llena de alergias, telarañas, mariposas muertas y nostalgias. Azul de Amado Nervo. Mi papa lo nombraba mucho.

Hice mi correspondiente donación de sangre.  La transfusión de sangre que le hacen a uno los zancudos es parte del encanto de la casa húmeda y selvática.

Entonces, sonó el timbre otra vez.

Le abrí a mi sobrina y a la realidad.

Tomé mi bolsa llena de libros arqueológicos, escombros del pasado, de mi memoria feliz.

Salimos. Tras nosotros se cerró la reja azul, semi-automatica.
Fin.

Atrás quedó la casa solariega, la que lleva la silueta del Ávila pegada en su piel, igual que yo.

Mi casa de Altamira, mi hogar.  
El que se instala conmigo  bajo cualquier cielo en donde me toque vivir.
Adios.

¿QUIEN SOY YO?


Eso se preguntaba, angustiosa y místicamente,  la Madre Superiora de mi colegio, allá en Cerro Verde, en nuestras clases semanales  de religión.
 
Siempre me intrigó el drama y misterio que le ponía a la pregunta.

Entonces, una vocecita traviesa, con una disimulada risita, saltaba anónima desde el salón de clase y susurraba: La Madre Carmelita, ji ji ji!

Me acuerdo que la Madre se pasaba la hora de religión entera con los ojos cerrados, cosa que nosotras aprovechábamos para hacer cualquier otra cosa.

Yo por ejemplo, miraba por la ventana y me fugaba.

Ahora, no sé por qué, en estos días raros, regresando de un lugar raro que se llama Venezuela, lleno de gente rara, donde se respira aire raro, y donde deciden cosas muy raras,  un país intrinsicamente raro pues, para no entrar en detalles, me consigo en Facebook con las fotografías de mis compañeras de colegio celebrando 34 años de graduadas, en un crucero por el Mediterráneo.

Bellas, contentas, ensombreradas, fabulosas en el inefable encanto de la madurez. A mi todas me parecen adolescentes, así las veo y eso nunca cambiará.
 Dios mío: ¿34 años pasaron ya?

Entonces me ha dado por hacerme la pregunta que se hacia la Madre Carmelita en nuestras clases de religión:

¿Quién soy yo?  

 Y cuando intento contestarme, meterme en las minuciosidades del tiempo, en lo que he hecho y he dejado de hacer, en dónde estoy y como llegué aquí,  en con quien o con quien no estoy, en  por qué y para qué, y que si esto o lo de más allá,  el pato y la guacharaca, y todas esas preguntas existenciales que lo atormentan a uno inútilmente a cierta edad.

Cuando me increpo ¿Cual será mi mision intrínseca? ¿mi estampa? ¿mi huella en este mundo? ¿mi sello personal en el planeta? …me pierdo… y que más da.

Entonces me da un ataque de risa, y allí estoy, sentada en la clase de religión,  mirando por la ventana, pensando en el recreo.

La verdad no he cambiado mucho, y a estas alturas no le he encontrado respuesta a aquella pregunta fundamental.

Francamente, en estos momentos enrarecidos, no se si me interesa saber quien rayos seré yo, prefiero seguir fugándome, dejándome sorprender por los milagros que, sencillamente suceden todo el tiempo, tan solo asi… mirando por la ventana.