Hoy domingo, después del desayuno, anuncié que iba a Walmart a comprar un felpudo.
Todos se rieron de mí y
dijeron, sarcásticamente, que ese podría
ser mi magic moment del día.
La verdad que como plan de
domingo ir a comprar una alfombra para limpiarse los pies, es deprimente.
En las grandes ciudades, la
gente va a los conciertos, a los museos, a las plazas a tomarse el aperitivo.
Yo en Calgary, a comprar un
felpudo.
Así que inventé otro plan y decidí,
más bien, que iba a salir a regalarme un abanico.
Definitivamente, un abanico sería
lo ideal para devolverle la brisa a un domingo sin viento.
Y aunque parezca mentira,
hay un puesto de abanicos en Calgary. Una señorita asiática es la vendedora de
este accesorio tan femenino, que oculta, que llama, que invita, que se agita.
Los hay de todos los colores
y materiales, de nácar, de plumas, bordados, de bambú, de seda.
El que a mi me gustó es
negro azabache, de encaje, con un bordado dorado y blanco, los tonos del
momento.
Compré mi abanico con
inmenso placer, como si hubiera consumado un acto de rebeldía, en un domingo
canadiense. Como si, con esta simple compra, hubiera revolucionado el orden
establecido de esta ciudad.
Llegué a la casa, me serví
un Oporto y busqué el concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo; no sé por qué
se me antojó como la música perfecta para escuchar después de comprar un
abanico.
Al rato..... abanicándome imaginaria
y sensualmente, le pedí a mi esposo que
por favor bajara el felpudo nuevo del carro.
Así le devolví la magia
a este domingo sin viento.
