Eso se preguntaba, angustiosa
y místicamente, la Madre Superiora de mi
colegio, allá en Cerro Verde, en nuestras clases semanales de religión.
Siempre me intrigó el drama y
misterio que le ponía a la pregunta.
Entonces, una
vocecita traviesa, con una disimulada risita, saltaba anónima desde el salón de
clase y susurraba: La Madre Carmelita, ji ji ji!
Me acuerdo que la
Madre se pasaba la hora de religión entera con los ojos cerrados, cosa que
nosotras aprovechábamos para hacer cualquier otra cosa.
Yo por ejemplo,
miraba por la ventana y me fugaba.
Ahora, no sé por qué,
en estos días raros, regresando de un lugar raro que se llama Venezuela, lleno
de gente rara, donde se respira aire raro, y donde deciden cosas muy raras, un país intrinsicamente raro pues, para no entrar en
detalles, me consigo en Facebook con las fotografías de mis compañeras de
colegio celebrando 34 años de graduadas, en un crucero por el Mediterráneo.
Bellas, contentas,
ensombreradas, fabulosas en el inefable encanto de la madurez. A mi todas me parecen
adolescentes, así las veo y eso nunca cambiará.
Dios mío: ¿34 años pasaron ya?
Entonces me ha dado
por hacerme la pregunta que se hacia la Madre Carmelita en nuestras clases de religión:
¿Quién soy yo?
Y cuando intento contestarme, meterme en las
minuciosidades del tiempo, en lo que he hecho y he dejado de hacer, en dónde
estoy y como llegué aquí, en con quien o
con quien no estoy, en por qué y para qué,
y que si esto o lo de más allá, el pato
y la guacharaca, y todas esas preguntas existenciales que lo atormentan a uno inútilmente
a cierta edad.
Cuando me increpo ¿Cual
será mi mision intrínseca? ¿mi estampa? ¿mi huella en este mundo? ¿mi sello
personal en el planeta? …me pierdo… y que más da.
Entonces me da un
ataque de risa, y allí estoy, sentada en la clase de religión, mirando por la
ventana, pensando en el recreo.
La verdad no he
cambiado mucho, y a estas alturas no le he encontrado respuesta a aquella pregunta
fundamental.
Francamente, en estos momentos enrarecidos, no se si me
interesa saber quien rayos seré yo, prefiero seguir fugándome, dejándome sorprender
por los milagros que, sencillamente suceden todo el tiempo, tan solo asi… mirando por la
ventana.