viernes, 14 de septiembre de 2012

RUGIDOS

Calgary es una ciudad plana como una panqueca, al fin y al cabo estamos en las praderas. Sin embargo, yo digo que Calgary tiene su toque de realeza, pues las Rocky Mountains,  coronan la ciudad con una diadema de platino y brillantes, que se pierde de vista, en la curvatura de la Tierra. (Aunque suene cursi)

En esta época del año, todas las mañanas, me fijo a ver si han caído las primeras nieves en las montañas.  

Es un momento tan delicado, que hay que decirlo calladito, como un secreto, porque aun estando lejos, pareciera que uno pudiera perturbar esa serenidad y ese silencio con un soplido. No me quiero perder ese instante místico.

Pero no, nada todavía, la tiara luce opaca y bella en su desnudez.

De allí que, últimamente, en las madrugadas nacaradas, teñidas de rosados y dorados, como por contraste, me ha dado por pensar  en los rugidos.

El rugido es la voz del león.

Y es que creo que, en la vida, uno recibe muchas cosas, con esa fineza de las primeras nieve, ese susurro, ese secreto al oído, casi inaudible pero  poderoso, estremecedor, honesto, transparente, sonoro y contundente, como un rugido, como la voz del león.
En este magic moment de hoy, pues me puse a recoger rugidos.

Son  clamores que  llegan de puntillas, despacio, sin aviso, inesperadamente y tocan y despiertan, con gigantescas consecuencias  e inmensas transformaciones.

Por inconfundibles, se me ocurrieron todos estos rugidos.

El arte es un rugido.
El talento es un rugido.
La bondad es un rugido.
La amistad es un rugido.
La naturaleza es un rugido.
La enfermedad, también es un rugido.
La ciencia que las cura, también es un rugido.
La oración que conforta, es un rugido.
La compañía y la soledad, también rugen.

Pero de todos, el más grande rugido, claro, es el amor.

Una nota tan entrañable  y conmovedora, rotunda y sostenida, que se impone, salvaje, felina, grave, como la voz del león

Mañana, como siempre, muy temprano, me asomaré a la ventana, me fijaré si hay nieve en las montanas, y cuando así sea, cerraré los ojos para escuchar su rugido.

lunes, 10 de septiembre de 2012

IDEAS


 “If you have an apple and I have an apple
and we exchange apples
 then you and I will still each have one apple.
 But if you have an idea
 and I have an idea
 and we exchange these ideas,
then each of us will have two ideas.”
George Bernard Shaw

Utilizo esa frase para terminar mis presentaciones en la oficina y resucitar a la audiencia de la muerte por Power Point. Me encanta la cita y viene al caso. Veamos.

Hace unos minutos, viendo el último set de la final del US Open, le dije a mi esposo, así de repente: I have an idea!

Mi esposo se agarró del asiento y palideció.  Me miró y dijo aterrorizado:

- Oh Dear!

El  tiempo se detuvo en mi sótano, el ambiente se inundó de tensión. Hasta Sancho levantó la cabeza y se me quedó mirando, con expresión perruna de desconcierto.

No se por qué, mi esposo se pone tan nervioso cuando digo que tengo una idea, No es que se me vaya a ocurrir, en edad otoñal tener un hijo, o vender la casa  o  mudarnos de país.  Creo que sus nervios son  porque mis ideas, aunque inofensivas,  implican pintura estridente (ya agoté todas las paredes de la casa y jardín), o dinero.  

El hecho es que, en ese fugaz instante de  respiración suspendida, Sancho con la lengua afuera, mi esposo con los ojos desorbitados,  me quedé pensando…

Entonces se me vinieron a la mente un tumulto de ideas, muy distintas a la inofensiva propuesta que estaba a punto de expresar.

Como si  me hubieran inoculado de semillas ingeniosas, tuve un momento de creación extrema. Colores insospechados se mezclaron en mi paleta, matices insólitos,  fragancias y perfumes embriagadores formaron un halo a mi alrededor. Ideas perfumadas.  Leí una vez que, toda mujer que espera ser besada,  tiene que usar perfume.

Se me ocurrió desbaratar la casa y convertirla en biblioteca gigante. Esto me lo inspiró un Hotel en Zurich que vi en el periódico hace poco. Quiero libros en toda la casa,  de pared a pared, de piso a techo. Los libros me acompañan mucho, estar allí, sin más pretensiones, es su misión, como la de uno en la vida, algunas veces. 

De pronto mi esposo me habló con gesto de resignación:  

- Well Dear, what’s your idea?

Volví a la realidad. Se acabó mi ensoñación y mi casa biblioteca.

<-        No, nada, mi idea es que, pongamos el partido de tenis a grabar, para poder ir arriba a servir el “sundowner” ( trago de cuando se oculta el sol) , y así  no perdernos detalle del juego que está muy interesante.

Hasta Sancho respiró.

Mi esposo salto  del sofá, aliviado,  a buscar los sundowners.

Bueno, adiós a mi sueño de casa biblioteca. Pero que rico es tener ideas, vivirlas, darles forma, sembrarlas, pintarlas, respirarlas...

PD:
Prometí un chiste de abogados (del repertorio de mi fallecido hermano, por supuesto) en la última entrega y que me perdonen todos los abogados que por casualidad me lean:

“Si uno consigue un abogado enterrado en arena hasta el cuello, ¿qué significa?

Que se acabó la arena…..

martes, 4 de septiembre de 2012

BUHO CON AGUACATE


Leí una vez en una valla publicitaria, propaganda de un bufete de abogados “Life is short: Get a divorce”.  Y en verdad, es una frase tragicómicamente cierta, pues divorciarse es muy duro, muy triste y sobre todo muy caro, pero a veces necesario. (entre mi actual esposo y yo llevamos 4, pero ya no más)

Pero no quiero hablar de abogados (aunque me sé  algunos chistes malos, claro), ni del divorcio, y aunque mi intención inicial era escribir sobre si la vida es corta o no, pues decidí que mejor no, porque es meterse en Honduras y yo no llego ni a Nicaragua (así decía mi papa). 

No puedo decidirme si quiero hablar de un búho,  de un aguacate, de la amorosa justicia o sobre la frescura de la vida.

Así que hablarè de todo eso. Seré breve.

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Tengo un búho que da la hora, un “conversation piece” que compré en un mercado callejero, por dos centavos.

Los búhos son los dueños de los misterios de la noche.

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Dicen que cuando muere un hombre sabio, es como si se quemara una biblioteca.  

Hace poco recibí un ejemplar con las memorias de mi tío obispo; el autor, un padre salesiano muy humilde. Cuando le agradecí, me dijo que él  tan sólo había sido instrumento de un acto de amorosa justica.

Amorosa Justicia. Me sonaron tan lindas esas palabras.

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Sobre la frescura, solamente quiero decir cuando se es joven todo se ve fresco, los días, el futuro, la vida, el porvenir. 

He descubierto que cuando pasan los años,  también.

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Me olvidaba. El aguacate, no se por qué, he tenido antojos. Para mí el más perfecto y delicado fruto de la naturaleza.  Mi esposo no me creyó cuando le dije que Aguacate en lengua Náhuatl ( si no me equivoco)  significa testículo.

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Y bien, como la intención inicial era disertar  sobre si la vida es corta o no.

Mi única reflexión al respecto es, que mi vida comenzó mucho antes de que yo naciera,  habría que hacer la arqueología de una caricia. Solo que antes de nacer, no me acuerdo de nada.

También mi vida  terminará mucho después que me muera, aunque tampoco me acordaré. Quizas la vea desde otro palco.  Como dijo Sartre “la muerte es la continuación de mi vida sin mi” (mi amiga  de la blogosfera, Beatriz , me llevó a recordar a Sartre: gracias)

Búho, aguacate, amorosa justicia, frescura.

La vida es larga.

Misión cumplida, me faltó el chiste de abogados. Lo dejo para otra entrega.

miércoles, 29 de agosto de 2012

ALTA DEFINICION


Mi hermano (q.e.p.d., hace tiempo que no lo citaba) decía que: "del cuello para arriba, él era feo, y del cuello para abajo era feo con bolas".  La primera vez que me lo dijo creo que me dio un ataque de risa que me duró como media hora. Y todavía me rio.  

Y esto sobre la fealdad o la belleza,  es porque en estos días, hice un test de gerencia,  para reconocer la personalidad narcisista. Afortunadamente pasé y salí normal (saqué 14, y de 12 a 16 es normal; las celebridades, aparentemente sacan de 18 a 21)

Me alegré, la verdad, porque en verdad, no sé, a veces creo que soy insoportable. Es de familia y también parte del gentilicio venezolano: Somos… soy competitiva, contestataria, me gusta tener la última palabra, segura de mi misma, a veces ( y la seguridad en uno mismo, casi siempre viene acompañada de arrogancia)…en fin, un horror, pero al menos no tengo personalidad narcisista, según los psicólogos.

Yo digo que la mujer venezolana, me incluyo por supuesto, está descrita perfectamente en la canción llamada “La Bikina”, que canta magistralmente Gualberto Ibarreto…. “Orgullosa, altanera y pretenciosa”. Yo agregaría otros mil adjetivos para la mujer venezolana… echada pa’lante, bella, competente, talentosa, glamorosa, íntegra en su femineidad que jamás compromete ni siquiera cuando tiene que ejercer roles de hombre. Yo digo que las mujeres venezolanas lo tienen todo, pero, ¿una perita en dulce? ..no creo.

 Mi esposo, la persona más inteligente que conozco en el mundo,  me ha temperado  el carácter,  sobre todo desde que me compró la franela (o T shirt): “You can agree with me or be wrong”. Entonces comprendí lo “annoying” que es una persona que  se las sabe todas. Un monólogo tóxico.  

Ya no tengo urgencia en tener la razón todo el tiempo ( es rico pero, ni modo), ni sostener la ultima palabra, más bien trato de reírme de mi misma lo más posible, intento disculparme al instante si “meto la pata” con alguna chocancia, pero al final, qué difícil….

Volviendo al test, una de las preguntas era, que si me gustaba mucho verme en el espejo. Contesté que no sin titubear.

Y es que creo que, así como existen hoy en día televisores de alta resolución, pues pareciera que también inventaron los espejos “high definition”.

Cada día es un descubrimiento, detalles de mi cara y cuerpo que no estaban ayer, y de pronto, aparecen “tecnologicamente”.

 Así que, al espejo, lo respeto, pero lo confronto tangencialmente y a media luz si es posible. Por algo siempre me he considerado anti-tecnología.

Una de mis escritoras favoritas, Rosa Montero,  dice que llega un momento en la vida en que uno se vuelve invisible…

No estoy de acuerdo.

Como una vez leí por ahí… nadie envejece si conserva el deseo de gustar.  

No soy narcisista gracias a Dios, pero el glamour es lo último que se pierde y como decía mi hermano Rafael (q.e.p.d.), experto en reírse de si mismo:

“Es que yo tengo cara de ángel caído del cielo…pero... caí de cara…”

(Risas)

domingo, 19 de agosto de 2012

DIAS CON CHOCOLATE




Mi hija dejó unos chocolaticos muy coquetos, envueltos en papel morado sacrificio, en una bandeja, irónicamente de plata, sobre la mesa de la sala.
Dijo que no quería comérselos ella sola. Yo le rogué que no pusiera esa tentación tan a la vista. Pero ahí quedaron, inmóviles, inocentes y seductores a la vez.

El tiempo escabulléndose a ritmo aterrador, yo estoica, y los chocolatitos esperando pacientes por un alma débil, viviendo su plácida existencia de chocolate sobre la mesa de mi sala.

Hasta que un día, un dulce día en que no había nadie en la casa, acepté la invitación del relampagueante guiño del papel. Tomé secretamente un chocolate, lo liberé de su purpurea vestidura y me lo comí gloriosamente.

El tiempo se convirtió en crema.

Cuando regresé de mi delirio y quedé allí con mi papelito en la mano y expresión de placer, me puse a pensar.

Esto fue lo que pensé:
Aunque el tiempo se escape sin remedio, cada día, como el chocolate, viene envuelto en su exquisita coquetería, en su ritmo, en su seda, en su color y su almendra, en su dulzura y amargor. En su propia y esperanzadora existencia.
Dicho esto procedí a comerme otro más…un día,  un chocolate… los dos…


martes, 14 de agosto de 2012

MI PIZARRA ZEN


Tengo una pizarra Zen. Me la regaló mi esposo en mi cumpleaños. Él sabe que me encantan las cosas útiles que no sirven para nada.

Es una pizarra gris, sobre una base que es un recipiente lleno de agua con piedritas  y un pincel. Lo mágico y maravilloso de la pizarra es que todo lo que uno escribe se borra inmediatamente. Por eso es Zen, lo que uno garabatea allí se esfuma, como el momento presente.

Exquisito regalo.

Como siempre,  dejé la pizarra Zen por ahí y le di libertad para que eligiera su puesto en la casa. Es mi teoría, cada cosa encuentra su lugar y si es Zen, pues con más razón.

Pero la inquieta pizarra Zen, no se hallaba en mi casa. NIngún lugar le acomodaba.

Hace poco, a raíz de una crisis masiva de desorganización, que comenzó con una mala instalación de una nevera nueva, decidí mudar la pizarrita a mi cuarto.

Allí encontró su querencia.

Yo la llamo la voz de la mañana, una voz que, muy temprano, salta al vacío con honestidad de abismo. Una voz que se sabe mi nombre y me trata de tu, pero que me habla en forma de acertijo. Una voz que proviene de ese estado etéreo entre el sueño y la vigilia. Irreverente, poética, gloriosa, transparente, impredecible, secretamente reveladora.

Desde que la pizarra Zen encontró su puesto, sucede que, segundos después de abrir los ojos, antes de ver el reloj, antes de salir de mi cocuyo de sábanas y plumas, antes de contaminar mi pensamiento con todas esas otras voces que lo aturden a uno durante el día, tomo el pincel, lo mojo delicadamente en el agua de las piedritas y escribo una palabra. Una sola.

 La primera. La que proviene de un lugar muy misterioso de adentro, un lago, una flor o un planeta solitario,

Entonces veo, por segundos,  la palabra escrita y  me dejo sorprender sutilmente. Después, me quedo un momento viendo desaparecer las letras, como si regresaran a su lago, a su flor o a su planeta.

 Es una buena práctica, la recomiendo con o sin pizarra Zen, una libreta basta, aunque a veces el mensaje lo deje a uno lleno de incógnitas.

Esta mañana, por ejemplo,  escribí:

ARCO

Y se la entregué al naufragio de la tinta que se hundió con el momento.

miércoles, 8 de agosto de 2012

PLATON DE ALBONDIGAS

Aristóteles de Estagira, Pitágoras de Samos, Tales de Mileto y Platón de Albóndigas.

Anoche me dio un ataque de melancolía. Estaba yo resignada a no buscarle explicación, a aposentarme en ella y disfrutarla, mansamente.

La melancolía puede ser un delicioso refugio.

Pero como siempre, y gracias a mi incorregible hábito de compartir mis estados de ánimo con el mundo entero, pues me dejé llevar por los  atajos que tiene la mente humana, y, por más que a veces me niego rotundamente a surcarlos, la racionalidad, la practicidad, ese inútil afán de saber las causas y los efectos de todo,  muchas veces me traicionan.

Primero me detuve en los factores externos, como el perrito Sancho que ha estado accidentado. Esto tiene la casa muy triste, pero ya el pobre, con su gorguera Isabelina alrededor del cuello, va superando su pequeño percance.

También me afecta el regreso después de unas vacaciones, donde descansé del silencio, de los pajaritos, de los pinos, del aire limpio,  de la organización y la tranquilidad. Unas vacaciones de “caos hedonístico”, mi nueva filosofía de vida  robada de un libro de Julián Barnes. Un baño de concreto, de  bullicio y de multitudes.

Rostros, rostros, rostros, soñadores, arrasados, cansados, inspirados,  furiosos, apurados, locos.  El “face-watching”es la actividad más vigorizante que existe en una ciudad como Nueva York.

También, el efecto “bancarrota” post vacacional, puede ser una causa de melancolía, (me clonaron la tarjeta de crédito, de paso, pero no importa ya me la cambiaron y la seguiré usando).  Como leí en una valla publicitaria en NYC: “Manhattan: Bring a dream and a million dollars”.

Una amiga  de edad contemporánea me sugirió que la melancolía podía ser producto de la menopausia.  Me reí trágicamente, ¡pero si apenas ayer estábamos jugando juntas en el patio del colegio!

Las despedidas, otro factor muy importante de melancolía. Aunque tengo conmigo misma el pacto de “cero drama”, después de haber pasado unos encantadores días con mi hermano y mi cuñada, donde nos reímos, comimos y bebimos; pues cuesta desprenderse, hasta la próxima, muy pronto, eso sí.

Esto de la bebida, me trajo a colación, otra vez, a mi hermano Rafael (QEPD), quien parafraseando a las memorias de Neruda, “Confieso que he Vivido”, decía que sus memorias se llamarían”Confieso que he Bebido”. Que gran tipo mi hermano Rafael.

Por último, la lejanía. Como he dicho otras veces, mi vida de Caracas, con sus presencias y ausencias,  pareciera que fue tragada por las praderas canadienses o por el olvido. Sin embargo, a veces escucho el rumor callado de la memoria ahogada. Son ecos, pisadas en la antigua casa de mis padres,  las que no regresarán jamás, acordes de piano herido, paredes hastiadas, sucumbiendo a la humedad y a la inmensurable necesidad de silencio. Casa rota. Casa vacía.

Bueno y como se me agotaron las causas externas, y mis caderas y las de mi melancolía se disputaban el espacio en mi sillón, pues creo que me resigno a pensar, que hay algo melancólico en mi manera de ver la vida, y hasta me gusta. No más explicaciones.

Entonces, preparando la cena, me ocurrió algo que borró instantáneamente mi lacónico estado de ánimo. No fue una frase inspiradora, de esas que uno lee a diario en todas partes  y que intentan resolverle a uno la vida. Fue algo mucho más sencillo, auténtico  y contundente.  Fueron las albóndigas.

Es automático, cuando pienso en albóndigas, pienso en mi papa, quien las llamaba “pelotitas para adivinar”… “pero esto sabe a mierda”…  ”otro que adivinó”; y en mi hermano, quien, siempre que preparaban albóndigas de almuerzo, traía a colación la frase con que inicié esta entrega:

“Aristóteles de Estagira, Pitágoras de Samos, Tales de Mileto y Platón de Albóndigas”.

Con vino y risas,  cenamos mis albóndigas, “regularsonas”, realmente…

Y con eso le di un descanso a mi melancolía.