Hace poco le formé un escándalo a mi hija porque llegó a la casa con unos zapatos demasiado caros para su presupuesto.
Creo que mi reacción intempestiva fue el reflejo de mi propia culpa. También yo hice una compra superflua y costosa esta semana, un sombrero vaquero, para renovar mi look de Stampede, las fiestas patronales de Calgary.
Y es que, así como los zapatos son elegancia instantánea, los sombreros son fantasía instantánea.
Yo adoro los zapatos y mientras menos diseñados para caminar, mejor. Confieso que me encanta la sensación divina de sentir unas bellas sandalias de noche, con tacón altísimo; o ponerme, como guante, unas botas de cuero italiano; o subirme a unas plataformas de color fucsia. Pero si tengo que elegir, siempre me inclinaré por la fantasía.
Así que, desde el viernes pasado, mi vida transcurre debajo de mi sombrero vaquero. Voy a todas partes, al parque, al mercado, hasta a la oficina, con mi sombrero de fantasía. Casi duermo con él puesto. Lo tengo atornillado.
Y es que cuando me pongo un sombrero, se produce una especie de quiebre instantáneo con la realidad. Siento cosas diferentes, el tiempo es otro y todo lo que sucede a mi alrededor, se convierte en un cuento. Con mi sombrero, siento que el mundo entero quiere jugar.
El solo hecho de ponerme mi sombrero, hace que me sienta de vacaciones: vacaciones de la realidad.
Así, sin mucho más que decir en esta entrega, pues continuaré jugando con el mundo por ahí. Jugaré a ir a la oficina en mi caballo, a detener a unos bandidos, a encontrar las joyas.
(Me acabo de acordar de otro chiste de mi hermano Rafael, sobre un ladrón de joyas, lo dejo para la próxima entrega)
En fin, pareciera que hay dos tipos de persona ¿zapato o sombrero?
Mi hija no dudará en decir zapato (pies en la tierra) así funcionamos y así también nos queremos.


