No soy lo que se llama una persona muy popular. Será porque, si me examino descarnadamente concluyo que soy un poco criticoncita (y en verdad creo que la critica siempre es destructiva, hasta la constructiva), un tanto chismosita (pero sanamente), y a veces rencorosa( trabajando en ello), ah y se me olvidaba, interrumpo mucho (aunque como le digo a mi esposo, no es que yo interrumpa, es que la gente sigue hablando mientras estoy interrumpiendo).
Pero aparte de todo eso, yo soy chévere (ja ja).
Quizás por todo lo anterior, mi vida social, aquí en Canadá, es casi nula, pero, a Dios Gracias, porque hace tiempo descubrí que la vida social, no me hace feliz.
En fin, será por eso, que me he dedicado a alimentarme y a divertirme con cosas insignificantes.
Y es que las cosas sin importancia son agentes de inmensidad. Actúan como lentes magnificadores (magnifying glasses), telescopios, que revelan el mar de las cosas inolvidables.
Pude recoger dos de esos mares, con mi telescopio de cosas insignificantes, anoche, apenas.
El primer hallazgo de la noche tiene el nombre de Diego. Un muchacho humilde, que prácticamente se crió con nosotros en la casa de mis padres en Caracas y que ayer me envío unas palabras de agradecimiento, por un regalito tonto que le mandé por su graduación del colegio.
No era un regalo caro ni lujoso, una pluma grabada con su nombre, pero creo que para él, fue muy especial, porque fue el primero. Cuantas veces he dado regalos a quienes lo tienen todo, que no han merecido ni unas gracias, ni por educación.
Las sencillas y sentidas palabras de agradecimiento de Diego, me dejaron haciendo pucheros. Con mi telescopio de ver las cosas pequeñas, pude ver la gratitud en su dimensión más oceánica.
El segundo momento mágico que capté con mis catalejos de cosas insignificantes, sucedió en el museo de los troncos y las raíces: el parque, donde anoche fuimos a pasear al divino Sancho.

Mi escultura favorita es La Bailarina, la que domina los árboles desde las alturas y en las tardes de viento, baila con el rumor de las hojas.
Caminamos en silencio, para no caer en la tentación de interrumpir. Silencios unánimes y salvadores. Quienes no se entienden a través de los silencios, mucho menos lo harán a través de las palabras. ( leído por ahí)
Sancho mueve la colita y olfatea todo.
Mi esposo sonríe.
Yo, a veces cierro los ojos y escucho entre las hojas, el sonido lejano del mar.
