Octubre llega con vientos fríos, remolinos de hojas doradas.
Melancolías.
Por esa misma razón es un mes de gran
belleza.
Mes de recuerdos, aniversarios, mi mama.
¡Cuánto la extraño!
¡Cuánto la extraño!
Sobre eso de ser mama, es sólo ahora que
soy abuela, que entiendo en su verdadera magnificencia, la dimensión infinita y sublime de la
maternidad.
Ser abuela, es convertirse en testigo de excepción,
de la entrega infatigable y del amor que rebasa de una madre.
Algo que uno no puede valorar tan
poderosamente, cuando se es hija y menos aún cuando uno está en la agotadora tarea
de ser mama a tiempo completo.
Es esta una reflexión al margen, en el
mes que recuerdo y siento con más intensidad que de costumbre, la falta de mi
maravillosa, incansable y divertida madre.
En fin, retomando el hilo del viento y la
melancolía.
En este octubre me siento como una más de
esas hojitas amarillas que vuelan al garete en remolinos de viento o de tiempo.
Algún día, espero caer en una corriente
cristalina y dorada, que me lleve hasta ti, amor.
Ya son casi once meses…
Algunos dicen que el tiempo ayuda.
Se equivocan.






