Empezó como un ejercicio de limpieza.
Continuó con una navegación por
lugares exóticos.
Terminó en una fiesta.
Se trataba de una actividad urgida,
pero largamente ignorada, así que finalmente me dispuse a limpiar mi despensa.
Mi esposo aparte de ciudadano del mundo
era chef y acumulaba un arsenal de extravagantes condimentos, especias y yerbas,
muchas de las cuales ya pasaban de su fecha de vencimiento.
Expiradas y todo, al cerrar los ojos
y recordar esos acentos de su cocina, hizo que iniciara mi viaje, justamente
por eso que se conoce como “la ruta de las especias”.
Me embarqué en Indonesia, después Sri
Lanka, suspirando entre aromas de canela, clavo, nuez moscada y jengibre. Continué
navegando la costa de la India, embriagada con las esencias del garam masala, cúrcuma
y cardamomo.
De allí pasé al Golfo Pérsico, Mar
Rojo y Mediterráneo, donde descubrí el romero, tomillo, azafrán y albahaca.
La verdad me pareció insólito que,
desde los 1500 a. C. hasta nuestros días, el mundo se haya visto estimulado económica
y sensorialmente por el contenido de estos frasquitos que languidecían en mi
despensa.
Por supuesto, este crucero por la
ruta de las especias hizo que, aparte de las nostalgias, se me desatara un
apetito feroz.
Afuera nevaba, sí créanlo todavía
nieve en abril, así que pedí un “delivery” a un restaurant indio.
Al rato llegaron los reconfortantes
platillos.
Creo que me excedí.
Samosas, biryani de cordero, butter chicken, tikka masala.
Como les dije al inicio, lo que
empezó como la limpieza de mi despensa terminó en una fiesta.
La fiesta del paladar.
¡Buen provecho!
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