martes, 27 de enero de 2026

Iluminación

 


Dicen que llega con la edad.

Pero no me refiero a esa que predican los gurúes de turno que abundan por la vida, quienes hablan del ser, del ego, del yo, la autoconciencia, la supraconciencia y todas esas cosas que me recuerdan todo lo que me falta por aprender.

Con los años he ido descubriendo, a golpes, que la verdadera iluminación consiste en saber utilizar esa herramienta tan poderosa que se conoce como el silencio.

En otras palabras, el arte de “callarse la boca”.

Esa forma de prudencia que ciertamente necesito ejercitar, pues morderme la lengua no es mi fuerte, sobre todo en mis roles de abuela y suegra “lengualarga y bochinchera” como algunos me llaman.

No se trata de evitar el conflicto creativo que es muy sano, pero reconozco que la confrontación flagrante a veces me seduce.

En esta suerte de tardía “iluminación” he ido internalizando que el silencio es una invitación a la reflexión, a la pausa, a poner intención antes de interrumpir o intervenir. En fin, evitar el discurso vacío cuando cerrar el pico puede comunicar mucho más que las palabras.

Pero llega un momento que tanto “guruísmo” estalla y mi naturaleza ígnea me traiciona.

Entonces me echo a andar hasta encontrar un discreto recodo del camino para dar un grito destemplado.

Lo hago solo para recordarme a mí misma que tengo voz y no titubearé para utilizarla en el momento adecuado.

No sé si este ejercicio “Munchiano” se alinea con el tema de encontrar esa presencia del ser y llegar al autoconocimiento.

Por ahora intentaré practicar aquella máxima de “soy esclava de lo que digo y dueña de lo que callo” o, en otras palabras, “en boca cerrada no entran moscas”.

Jorge Luis Borge lo expresa más poéticamente:

“No hables a menos que puedas mejorar el silencio”.

 

jueves, 22 de enero de 2026

COLORES



Hubiese sido una observación trivial si no fuese porque se repitió con cierta frecuencia.

Allí estaba un buen grupo, hombro a hombrocodo a codo, literalmente y nadie se decidía a iniciar una conversación.

Fue ella la que comenzó a cuestionarse todo.

“¿Por qué están tan serios?

¿Por qué tantos negros, grises, azul marinos?”

“¿Cómo llegarles? ¿Cómo comunicarme con mis acompañantes si no me muestran ni una clave?”

Eran los pensamientos de mi chaqueta amarilla.

Se destacaba, allí, chillona, en el perchero de una conferencia a la cual asistí. Difícilmente se perdería entre la sobriedad de los abrigos oscuros que la rodeaban.

No hubiese pasado de allí si no fuese porque esemismo monólogo se generó en el closet de la peluquería. Esta vez la desencajada fue mi chaqueta de invierno anaranjada.

Como siempre, las situaciones insignificantes, me hacen reflexionar.

Esta vez sobre el color.

No solo acerca de sus propiedades físicas, como aquello de primarios o secundarios, sino más bien su capacidad de crear emociones y establecer vínculos energéticos.

Azules y verdes: calma. 

Rojos y amarillos: energía vibrante.

Negro: miedo y aprehensión.

Entiendo muy bien la desconexión de mi tropicalchaqueta, pues probablemente sea similar a la mía en ciertas situaciones.

Pero el color es mucho más.

En el arte, en la literatura y hasta en la antropología, los pigmentos cuentan historias de coraje y de heroísmo (dorados); de amor y belleza (verdes claros); de paz y tranquilidad espiritual (celestes y blancos).

En fin, aquel día llegué a casa y cuando abrí el closet para guardar mi muy anaranjada chaqueta, me quedé un rato observando la conversación silenciosa de mi paleta de invierno.

Mis mullidos verdes, rojos y amarillos contando historias.

Quizá una no muy interesante, pero al menos colorida: la mía.

Cerré el closet pensando que bueno, al menos si un día me pierdo en la nieve, me encontrarán rapidito.

lunes, 12 de enero de 2026

ESCARCHA

 


El año comenzó movido, también ruidoso.

Mis compatriotas saben a qué me refiero.


A ello se suma el incesante diálogo interno que genera en la mente la incertidumbre.


Bien dijo Isabel Allende que “…la vida no es más que un gran ruido entre dos silencios insondables.”


En fin, tratando de escapar del estruendo noticioso, como siempre hago, me abrigué bien y salí a caminar en busca de un tesoro.


No me refiero a oro ni diamantes, sino a esa otra riqueza llamada “quietud”.


Así, con abrigo, gorro y bufanda, me sumergí en mi paisaje de serenidad.


En minutos, me sentí desconectada de la realidad, por fin se apagó el parloteo de mi mente.


A mi alrededor, un mundo de cristal.


Literalmente.


Se trata de un fenómeno de esta época que en inglés se conoce como “hoarfrost”, el cual se traduce como: escarcha.


Es un prodigio que sucede cuando el vapor, en las noches húmedas y calmadas, se transforma directamente de gas a hielo, creando sobre las superficies, la delicada textura de una pluma al viento.


Todos los árboles del parque y de la ciudad se cubren de estos diminutos cristales de luz.


A mi espectáculo visual se le sumó el sonido del fluir del río.


En ese momento de total relajación, exhalé muy lentamente y dejé de intentar comprenderlo todo.


Encontré mi momento de sosiego.


Regresé a mi casa y para calentarme, me serví un oportico, resuelta a comenzar mi año con optimismo, sin impaciencias ni prisas.


Quietud, oporto y escarcha.


Creo que encontré mi tesoro.

martes, 6 de enero de 2026

MI MORRAL

 


“Toda aventura comienza con un banquete.”

Tomado del primer párrafo del libro The Hobbit del escritor británico J.R.R. Tolkien.

También la que se inicia en este nuevo año 2026.

Se amanece el 1ro de enero con resaca, en criollo “ratón” y el firme propósito de hacer dieta después de todo un mes de excesos, claro, después de terminar hoy con los retallones de anoche.

Me asomo a la ventana con mis binoculares a ver si puedo vislumbrar qué traerá este año y ante mí se presenta un paisaje sublime, helado sí, por ahora, pero con amaneceres gloriosos que se funden con los vapores del río

Este andar que propone el nuevo año se extiende frente a mí con una cartografía incierta.

No valen brújulas, ni mapas, ni linternas.

Me puse a pensar en qué sería indispensable meter en mi morral para comenzar este periplo.

Al final me resultó fácil: cuaderno y pluma para tomar nota de los milagros cotidianos, un paraguas para los tiempos tormentosos que no faltan, ropa playera por si alguien invita a mi alma a navegar, una caja de chocolates y claro mis píldoras de humor.

Parafraseando la cita de Tolkien, yo diría “toda aventura comienza con una buena dosis de sentido del humor.”

Así que antes de aventurarme a transitar mis caminos de abundancia, y me refiero a todas esas insignificancias que hacen bella la vida, alisto mi peculiar morral y ruego para que mi buena ventura no se vea confundida como la de aquel señor a quien le dijo la vidente al mirar la bola de cristal:

-        Aquí veo abundancia, sí abundancia….

Y el señor feliz respondió emocionado:

-        ¿En serio? ¡Qué maravilla!

-        Ah, perdón, me equivoqué - dijo la pitonisa.

-        Era “ambulancia”.

Ya cumplí con mi píldora diaria de humor para comenzar con buen pie esta aventura que nos presenta el 2026.

¿Y ustedes, amables lectores, que incluirán en su morral?