Hay que regarlo,
sin ser planta.
Alimentarlo, sin ser mascota.
A veces se me pierde, pero eventualmente
regresa.
Es necesario protegerlo pues, aunque fuerte, en
ocasiones se debilita.
Me refiero al optimismo.
Esa condición humana a veces tan golpeada por
la realidad del mundo en que vivimos.
Mi hermano utiliza un concepto novedoso que
creo va bien con su profesión de médico, él se considera un optimista con
experiencia o como lo definió Mario Benedetti, optimista bien informado.
Yo creo que caigo en la categoría de pesimista
moderada. Por ello estoy trabajando en la premisa de que es mejor ser optimista
y equivocarse, que andar amargada por la vida.
Sin embargo, aclaro que, en situaciones
particulares y por experiencia propia, el exceso de positividad puede ser
contraproducente y agota nuestra energía, sobre todo en procesos de duelo.
En fin, es un fino balance.
Yo me voy a proponer ver lo bueno y empezar con las cosas simples como,
por ejemplo:
· Si me agarra una tranca, pensaré que hay más tiempo para ver el
paisaje.
· Si me como más de tres chocolates, me diré a mí misma y sin
recriminarme, “no dejes para mañana el chocolate que puedes comerte hoy”.
· Si algo me preocupa, sea personal, familiar o geopolítico, confiaré
en que todo va a estar bien.
· Si veo la copa medio vacía, como típicamente la ve el pesimista, la
colmaré hasta el tope, saciaré mi sed y volveré a llenarla.
Concluyo que,
bien seamos optimistas con experiencia o bien informados, es mejor que ser un
pesimista gruñón.
Y termino estas líneas con una cita leída al
viento, mientras me dispongo a beber de ese otro elíxir, el de la vida, que
disfruto sorbo a sorbo, segundo a segundo, con renovado optimismo.
“El pesimista
de queja del viento;
el optimista
espera que cambie;
el realista
ajusta las velas.”
William George Ward.