lunes, 9 de febrero de 2026

COPA LLENA

 


Hay que regarlo, sin ser planta.

Alimentarlo, sin ser mascota.

A veces se me pierde, pero eventualmente regresa.

Es necesario protegerlo pues, aunque fuerte, en ocasiones se debilita.

Me refiero al optimismo.

Esa condición humana a veces tan golpeada por la realidad del mundo en que vivimos.

Mi hermano utiliza un concepto novedoso que creo va bien con su profesión de médico, él se considera un optimista con experiencia o como lo definió Mario Benedetti, optimista bien informado.

Yo creo que caigo en la categoría de pesimista moderada. Por ello estoy trabajando en la premisa de que es mejor ser optimista y equivocarse, que andar amargada por la vida.

Sin embargo, aclaro que, en situaciones particulares y por experiencia propia, el exceso de positividad puede ser contraproducente y agota nuestra energía, sobre todo en procesos de duelo.

En fin, es un fino balance.

Yo me voy a proponer ver lo bueno y empezar con las cosas simples como, por ejemplo:

·       Si me agarra una tranca, pensaré que hay más tiempo para ver el paisaje.

·       Si me como más de tres chocolates, me diré a mí misma y sin recriminarme, “no dejes para mañana el chocolate que puedes comerte hoy”.

·       Si algo me preocupa, sea personal, familiar o geopolítico, confiaré en que todo va a estar bien.

·       Si veo la copa medio vacía, como típicamente la ve el pesimista, la colmaré hasta el tope, saciaré mi sed y volveré a llenarla.

Concluyo que, bien seamos optimistas con experiencia o bien informados, es mejor que ser un pesimista gruñón.

Y termino estas líneas con una cita leída al viento, mientras me dispongo a beber de ese otro elíxir, el de la vida, que disfruto sorbo a sorbo, segundo a segundo, con renovado optimismo.

 

“El pesimista de queja del viento;

el optimista espera que cambie;

el realista ajusta las velas.”

William George Ward.