martes, 24 de febrero de 2026

LA QUERENCIA

 

Araguaney, árbol  nacional de Venezuela

Es un profundo amor, una nostalgia, un sentido de pertenencia.

En tauromaquia es la tendencia del toro a refugiarse en su lugar seguro ante la lidia. Además, el toro “toma querencia” o se “aquerencia”, cuando presiente su inminente muerte. Cualquier parecido con nosotros los humanos, no es pura coincidencia.

Musicalmente me recuerda aquella bella canción de nuestro Simón Díaz: “Si mi querencia es el monte, y una flor de araguaney, como no quieres que tenga, como no quieres que tenga, tantas ganas de volver…”

El término surgió en una conversación con una amiga hablando sobre la renuencia de padres o familiares ancianos, a cambiar de residencia, mucho menos de país.

Yo lo entiendo, pues, con los años, todos tendemos a “aquerenciarnos”, esa necesidad de acurrucarnos en terreno conocido, seguro y cálido.

Nuestra querencia.

Quizás algunos la entiendan como un quedarse, otros como un regreso, pero yo diría que ese entrañable lugar nada tiene que ver con la geografía.

Creo que se le atribuye a Marcel Proust, palabras más palabras menos, que, no se extrañan los lugares sino los tiempos.

La vida lo lleva a uno de aquí para allá, cargando cachivaches, apegos y nostalgias. Son una forma de compañía, claro, y no es fácil desprenderse de ellos. Lo que sí es seguro es que los recuerdos, no ocupan espacio y permanecen.

A estas alturas, intentaré encontrar dentro de mí un rincón soleado, una querencia portátil, donde sea que me toque vivir mis años dorados hasta la hora de la partida, esa que no es negociable.

Suena muy poético, pero confieso que, por ahora, en la mitad del invierno, me gustaría hacer la maleta e irme a una playita de verdad y traerme unos cuantos cachivaches más para mi colección de apegos.

Los dejo con un regalo musical, Mi Querencia, interpretada por nuestra María Teresa Chacín.

 

https://youtu.be/gS3jyIsqFqQ?si=LOBbILiwkdQg-gaz

 

lunes, 16 de febrero de 2026

REFRANES

 


Son pinceladas coloridas que avivan y alegran las conversaciones.

A mí se me escapan casi sin darme cuenta, desde algún lugar remoto de mi infancia. A veces la gente se ríe.


Sí, son los refranes.


Mi padre, como buen llanero (Edo. Barinas, Venezuela) encontraba uno para cada ocasión. Con razón se le conocía como un hombre afable, bondadoso, elegante y divertido.


Para ilustrar este último punto voy a intentar describir una situación trivial, una salida al cine con mi hija, utilizando el repertorio de mi papá:


“La tarde estaba más fría que la mirada de un espiritista. Me abrigué, pero igual salí de la casa como paloma en alambre, temblando.

Ya en el carro, mi hija me llamó para que me apurara porque íbamos a llegar tarde al cine. Yo le dije “Boy”, muchacho en inglés. Al fondo, escuché reírse a Tomás mi nieto, él sabe más que perro de ciego.

Cuando llegamos, la sala estaba más sola que la tumba de Sucre (*), pero al rato se llenó de personas que hablaban más que un perdido cuando aparece.

En fin, la película resultó tan aburrida como escuchar una partida de ajedrez por radio (ésta es de mi propio peculio) en otras palabras, para dormir culebras.”


Lo dejo hasta aquí para no abusar de su paciencia.


Espero hayan disfrutado estas líneas y si no los autorizo a cantarme las cuarenta.


No es tarea fácil encontrar inspiración cada semana, y a veces paso más trabajo que perro en un patio de bolas, o me enredo más que el que le pegó la patada al arpa, pero cuando finalmente logro dar forma a algo decente como para compartir, mi corazón queda más contento que muchacho con zapatos nuevos.


Creo y a mucha honra, que me parezco a mi papá.

 

(*) La expresión "más solo que la tumba de Sucre" se originó debido al anonimato y abandono en el que permanecieron los restos del Mariscal Antonio José de Sucre durante siete décadas tras su asesinato en 1830. 

lunes, 9 de febrero de 2026

COPA LLENA

 


Hay que regarlo, sin ser planta.

Alimentarlo, sin ser mascota.

A veces se me pierde, pero eventualmente regresa.

Es necesario protegerlo pues, aunque fuerte, en ocasiones se debilita.

Me refiero al optimismo.

Esa condición humana a veces tan golpeada por la realidad del mundo en que vivimos.

Mi hermano utiliza un concepto novedoso que creo va bien con su profesión de médico, él se considera un optimista con experiencia o como lo definió Mario Benedetti, optimista bien informado.

Yo creo que caigo en la categoría de pesimista moderada. Por ello estoy trabajando en la premisa de que es mejor ser optimista y equivocarse, que andar amargada por la vida.

Sin embargo, aclaro que, en situaciones particulares y por experiencia propia, el exceso de positividad puede ser contraproducente y agota nuestra energía, sobre todo en procesos de duelo.

En fin, es un fino balance.

Yo me voy a proponer ver lo bueno y empezar con las cosas simples como, por ejemplo:

·       Si me agarra una tranca, pensaré que hay más tiempo para ver el paisaje.

·       Si me como más de tres chocolates, me diré a mí misma y sin recriminarme, “no dejes para mañana el chocolate que puedes comerte hoy”.

·       Si algo me preocupa, sea personal, familiar o geopolítico, confiaré en que todo va a estar bien.

·       Si veo la copa medio vacía, como típicamente la ve el pesimista, la colmaré hasta el tope, saciaré mi sed y volveré a llenarla.

Concluyo que, bien seamos optimistas con experiencia o bien informados, es mejor que ser un pesimista gruñón.

Y termino estas líneas con una cita leída al viento, mientras me dispongo a beber de ese otro elíxir, el de la vida, que disfruto sorbo a sorbo, segundo a segundo, con renovado optimismo.

 

“El pesimista de queja del viento;

el optimista espera que cambie;

el realista ajusta las velas.”

William George Ward.