jueves, 20 de octubre de 2016

EL ABRIGO


 
Llegó la hora de sacar los abrigos.

Me gusta el preludio del invierno.

Ese tiempo de preparación, cuando los párpados del día se van cerrando y nos anuncian un tiempo de paz, de reflexión y recogimiento.

Esa sensación de refugio, de ropa cálida y mullida.

Los tonos índigos, violetas y lavanda del cielo de la tarde.

El silencio de las primeras nieves.

La primavera dormida, como diría Oscar Wilde.

Lo digo sin reservas: me gusta el invierno.

Con todos estos pensamientos, entre estornudos,  nostalgias y melancolías, me metí en el closet a sacar mis abrigos de invierno.

Pero, justo hoy, quiero hacer un homenaje a mi abrigo favorito.

Es azul celeste y que me ha durado toda la vida.

No pasa de moda.

Es una segunda piel.

Me abriga, acompaña, abraza, consuela, a diario, con o sin frío.

Está hecho de un tejido tan fino y delicado, que de solo sentirlo, me quita todas las penas, las ganas de llorar, las angustias y  tristezas.

Este abrigo es de un material tan noble, que jamás se desgasta, ni se le abren huecos, ni le caen polillas.

Tiene bolsillos, que calientan mis manos y me dan ánimo para el trabajo y para la caricia.

Mi abrigo es ligero y alegre.

Lo llevo puesto siempre, no sólo en el invierno, sino todos los días de mi vida.

Ese abrigo es mi mama.

 

In Memoriam,  a los 7 años de su partida, Carmencita (18/02/22 – 21/10/2009)

21 de Octubre de 2016

viernes, 14 de octubre de 2016

CHA CHA CHA



One, two, three, cha cha cha…

Un, deux, trois, cha cha cha…

Eins, zwei, drei, cha cha cha…

Uno, due, tre, cha cha cha…

Un, dos, tres, cha cha cha…

El crucero fue una experiencia ruidosa,  estruendosa, ajetreada, agotadora, que casi me hace terminar en ese otro crucero, como diría un buen amigo: el lugar ese lleno de cruces.

Pero los atardeceres de ensueño, el entusiasmo de cada nuevo puerto, los paisajes llenos de historia, nuestros compañeros de mesa, y Shirley, la profesora de baile, sacaron de mi mente la extravagante idea de tirarme por la borda.

A esta última experiencia, el baile, voy a dedicar estas líneas.

Todas las mañanas, en cubierta,  Shirley, daba clase de baile en cinco idiomas  (toda una hazaña en si misma), a un grupo de personas de buena voluntad con tres pies izquierdos y una tapia en el oído.

Entre ellas yo.

Tengo oído musical y  como buena venezolana, bailo, estilo libre, pero cuando me obligan a  contar y coordinar, soy peor que cualquiera de los alemanes, japoneses, o italianos, que bailan la cumbia a ritmo de tarantela.

Pero ahí estaba, todas las mañanas, en cubierta, con mi cuerpo acuoso y mareado, en conjunción con ese otro fluido inmenso, el mar,  en mis clases de paso doble, salsa, merengue, bachata, cumbia, cha cha cha y claro, tambien… tarantela.

Un, dos, tres, vuelta, giro, brazo - dice Shirley - y yo vuelta un ocho.

Hasta que como siempre, cuando ya no puedo contar y se me enredan los pies,  decido olvidarme del  eins, zwei, drei, y como hago casi siempre, bailo como me da la gana.

Con mi pareja imaginaria (mi esposo me observa desde cubierta,  con su británica circunspección y  con su cigarrillo en la mano; siempre digo que si él supiera bailar, fuera perfecto)

En fin, cuando realmente siento la música, me olvido de Shirley y me conecto con  la ingrávida ligereza del paso doble; la caribeña cadencia de la salsa; la intimidad de caderas del merengue; el abrazo cercano de la bachata; la melodía pre colombina de la cumbia; y bueno esa cosa alegre que llaman tarantela.

Bailar es la dimension más profunda de entender  y sentir la música.  


Siempre he pensado que en  la antesala del cielo hay una gran pista de baile, donde al ritmo de la Billo (*), un día, espero que todavía lejano, me embarcaré en el crucero de mi amigo: el lugar ese lleno de cruces, y de ahí a la eternidad…pero bailando…
 

(*) La Billo’s Caracas Boys  es un orquesta musical, fundada por maestro Billo Frómeta,  en 1940. Hoy en día, todavía para mí: alegría instantánea.