viernes, 27 de diciembre de 2013

DOS CUERPOS


Falta poco para que dos cuerpos se unan.

En un abrazo acuoso y agitado.

En una entrega profunda y misteriosa.

En un éxtasis efervescente

De remolinos y espuma

De salitre y escarcha

Llegaré hasta lo hondo

Quedaré sin aliento

Hasta encontrar mi alma

Y respirar la vida de nuevo

Falta poco para que dos cuerpos se unan

El mío y el del mar.
(Natalia) 27 de Diciembre 2013

***

 

Y  considerando:

Que necesitaba cambiar radicalmente el tema de la Navidad.

Que estoy saturada de los “duelos y quebrantos”, es decir las sobras del 24 de Diciembre  (literales y metafóricas).

Que el escenario de este encuentro tan arduamente deseado, ocurrirá en las tierras de uno de mis grandes poetas de cabecera, Octavio Paz.

Que quiero sumergirme en el placer del sol y  la playa, con mi esposo claro,  por un rato.

Que estaré alejada de mi “caja de arena”, mi parque, mi rincón de juego, por unos días.

Que me sorprendió este hallazgo en uno de mis cuadernos viejos.

Así pues:

Con esta energía  apasionada y desesperadamente sensual, quiero despedir este año, que tan amable me ha sido.

Con enorme placer comparto DOS CUERPOS de Octavio Paz.

Y con esas maravillosas letras me despido hasta el año que viene deseándoles  un Feliz Año Nuevo, lleno de salud, alegría, risas e inspiración.

Ixtapa-Zihuatanejo, Guerrero, México, allá nos vemos!

 

DOS CUERPOS

Octavio Paz

 

Dos cuerpos frente a frente

Son a veces dos olas

Y la noche es océano

 

Dos cuerpos frente a frente

Son a veces dos piedras

Y la noche desierto

 

Dos cuerpos frente a frente

Son a veces raíces

En la noche enlazadas

 

Dos cuerpos frente a frente

Son a veces navajas

Y la noche relámpago

 

Dos cuerpos frente a frente

Son dos astros que caen

En un cielo vacío.
 
 
M cuaderno
 

lunes, 23 de diciembre de 2013

PAVO AL WHISKY


Hoy cociné todo el día y estoy agotada.

Y mientras pelé papas, adobé un pavo,  preparé  un quesillo de coco y torta de Navidad, me puse a cocinar  también  algunos pensamientos.

Sencillos, triviales y aromáticos.

Mientras el caramelo hervía en burbujas de cobre, pensé que los mejores regalos son las presencias. Mejor presencias que presentes, pensé, no importa si  leves pero sentidas.


Este pensamiento vino con aroma a vainilla.

También puse a macerar algunas metas  para el próximo año.

Es mejor tener resoluciones nobles,  elevadas  y plenas de significado, que irse por los meros placeres. Ningún acto de solidaridad pasa desapercibido. A mí por ejemplo, cualquier gesto amable o de cariño, me conquista para siempre.

Este pensamiento se mezcló con el aroma del coñac ( y un toque de whisky, claro) que le va re-bien al relleno del pavo.

Y por último, mientras mezclaba las papas, con las zanahorias, los petis pois  y los espárragos con la mostaza y la vinagreta, resolví ser menos crítica y más espiritual.

Cuando ponía los últimos toques de perejil a la ensalada, me vino a la mente la frase de Abraham Lincoln :

“Si hago el bien, me siento bien. Si hago mal, me siento mal. Esa es mi religión”

Y con esa, tambien mi religion, meti los trastos en el lavaplatos y me fui  a descansar y a prepararme para una bella Navidad.

La Navidad es en verdad es un delicioso cansancio, por el cual doy gracias a Dios.

A mis queridos lectores les digo una y mil veces gracias!

El solo hecho de sentir sus presencias, es para mí un aliento de inspiración.

¡FELIZ NAVIDAD!

Y les dejo la receta de Pavo al Whisky para que lo intenten jajajaj!

INGREDIENTES:
Un pavo de unos tres kilos
Una botella de whisky
Unas tiras de panceta
Aceite de oliva
Sal
Pimienta

PREPARACION:
Paso 1.-
Rellenar el pavo con la panceta, atarlo, salpimentar y echarle un chorrito de aceite de oliva.

Paso 2.-
Precalentar el horno a 180 grados durante diez minutos.

Paso 3.-
Servirse un vaso de whisky para hacer tiempo.

Paso 4.-
Meter el pavo al horno.

Paso 5.-
Servirse otro vaso de whisky, bebérselo y mirar el horno con ojos ligeramente extraviados.

Paso 6.-
Boner el terbostato a 150 gramos, grabdos y esberar veinte binutos.

Paso 7.-
Servirse odro paso, odros pasos.

Vaso 8.-
Al cabo dun drato, hornir el abro bara condrolar y echar un chodretón de pavo al güisqui y odro de güiski a uno bisbo.

Baso 9.-
Darle la vuelta al babo y quebarse la bano al cerrar elorno, bierda......

Passso 10.-
Intentarr sentarrse en una silla y serbirrrse unosss chupitosss bientras pasan los binutos.

Parso 11.-
Retirar el babo del horrrno y luego regogerrrlo del suelo con un brapo, embujándolo a un blato, bandeja o ssimilarrr.

Faso 12.-
Rombersse lacrissma al refalar en la grasssa.

Paasso 13.-
Indendar lebandarse sin soltarr la vodella y dras barios indendos, decidir que en el suelo sestá de gojones.

Aso 14.-
Apburar la potella y adrastarse asta la gama. Dormir se.

Paso 15.-
A la mañana siguiente, tomar abundante café para el inexplicable dolor de cabeza, comerse el pavo frío con un cazo de mahonesa y el resto del día dedicarlo a limpiar el estropicio


domingo, 22 de diciembre de 2013

DE NAVIDAD 3/3 "EL ÁNGEL SIN PUESTO"


Decidí completar mi ciclo navideño con trillizos en lugar de quintuples.  Creo que ya está  esto muy empalagoso. Este relato es del 2001, y es poco conocido. Inspirado en la vida real.  (lastimosamente con tantas mudanzas, el ángel debe estar en alguna caja, pero siempre con nosotros). 


EL ÁNGEL SIN PUESTO

Terminó la Navidad y todos los adornos tenían que regresar a la caja donde la mamá solía guardarlos. Gonza se puso un poco triste. Tendría que esperar mucho tiempo para que fuese Navidad de nuevo, además, la casa se veía tan alegre con el arbolito, el nacimiento, las luces. Él le había insistido mucho a su mamá para que dejara la Navidad todo el año; a él le parecía que todo era más luminoso en diciembre. Su mamá le había explicado que eso no era posible.

-       La Navidad es sólo una vez al año y todos los adornos deben ir a descansar en sus cajas para estar listos y radiantes para la próxima - le había dicho.

 Así, Gonza, no muy convencido, se despidió de los adornos que tanto lo habían alegrado, mientras su mamá cerraba las cajas y las llevaba al armario. En verdad no podía entender por qué no podían quedarse todas aquellas figuras tan lindas, por qué la Navidad sólo era una vez al año, por qué la casa no podía estar alegre siempre. Su hogar, aquella noche, le parecía un lugar descolorido y triste. En cambio, su mamá estaba feliz porque, según ella, todo había vuelto a la normalidad, todo estaba en su lugar. Como si lo normal, como si el orden fuese la casa sin alegría.

-       Todo está en orden – repitió aliviada.

 Excepto una sola cosa. Cuando Gonza caminaba hacia su cuarto, tras una puerta, pudo ver un cachito de lo que parecía ser un olvido de su mamá. Un angelito de madera, no muy agraciado, de ojos negros y aureola de alambre, había escapado de irse junto con los otros adornos a sus cajas. Gonza recordó que aquel era el ángel sin puesto. Así había dicho su mamá cuando estaban adornando la casa.

-       Este angelito tan feo, todos los años aparece y nunca sé donde ponerlo – había dicho su mamá – nunca consigo puesto para él, no encaja en ningún lugar de la casa, es un ángel sin puesto.

Al final terminaba colocándolo en un rincón donde nadie pudiese verlo. A veces en la cocina, otras veces en el baño de servicio. Este año había ido a parar detrás de una puerta. Aquel ángel parecía no tener lugar. 

Para Gonza, aquel fue un descubrimiento fascinante. Como si la casa hubiese recuperado la luminosidad de la Navidad con tan solo la presencia del angelito, que a él sí le parecía hermoso. Tenía un traje azul y su cara era feliz. Su aureola de alambre verde sin pintar, a él le parecía brillante como el sol. Gonza se sintió inmensamente feliz de que al menos iba a poder conservar la Navidad en su casa durante todo el año, claro, si su mamá no se daba cuenta.

Pasaron los días y el angelito había corrido con suerte pues aún permanecía colgado en su pared. Gonza miraba detrás de  la puerta todas las noches antes de dormir para despedirse de él y allí estaba. Gonza había escuchado aquello del ángel de la guarda y pensaba que seguramente se trataba de él. Le rezaba y se acostaba tranquilo.

Pero sucedió que un día, después de darle las buenas noches a su hijo, la mamá de Gonza dio con el olvido y sin decir nada quitó el angelito de la pared. Hasta tuvo ganas de botarlo, total, ella siempre había sentido que aquel ángel no encajaba en ningún lugar de su casa y era la perfecta oportunidad para deshacerse de él. Decidió guardarlo en una gaveta hasta el otro día, al menos allí encerrado no perturbaba su orden. La mamá de Gonza respiró aliviada, ahora sí, la casa lucía ordenada y con todo en su lugar, sin ángeles de incógnito colgados en las paredes.

A la mañana siguiente, Gonza despertó inquieto. No sabía bien lo que tenía, pero se sentía desganado y triste. Fue a mirar a su ángel de la guarda sin puesto que ya tenía puesto y descubrió que sólo había un clavo en la pared. Gonza comenzó a llorar desconsolado. Su ángel se había ido. Su ángel lo había abandonado. Ya no estaba a su lado. Su casa se había oscurecido de repente. Sintió mucho miedo. Corrió a buscar a su mamá. Balbuceando, trató de explicarle lo que estaba ocurriendo.

- Mami, el ángel, se fue…él ya tenía su puesto.. pero se fue…ahora la casa está oscura…mami, dile que vuelva…dile que sí tiene un puesto…dile que no es el ángel sin puesto.

            Entre los sollozos de Gonza, su mamá pudo entenderlo. Caminó hacia  la gaveta y regresó con el ángel.

-       ¿Es esto lo que buscas? – le dijo a su hijo.

A Gonza le resplandeció el rostro  y con su sonrisa pareció iluminarse toda la casa. Su mamá observó la tosca figurita de madera. Miró a su alrededor, sus objetos, su orden, aquel espacio donde todo, pensaba ella, estaba en su lugar.

-       Vamos a llevarlo a su pared, detrás de la puerta – dijo Gonza – ese es su puesto.
-       No – dijo la mamá de Gonza.
-       Mami por favor, te lo pido, llévalo a su pared, te aseguro que no te molestará, ni siquiera vas a verlo.
-       No – dijo la mamá de Gonza. 
Gonzalo se atemorizó, pensó que su mamá iba a botarlo, a ella no le gustaba aquel ángel.
-       Por favor mami, no lo botes – gritó Gonza.
-       No te preocupes, hijo – dijo – yo solamente voy a colocar a este ángel en el lugar que le corresponde, mientras se dirigia al pote de basura.
Pero, de pronto, la mamá de Gonza, dio un giro inesperado y cruzó hacia el umbral de la puerta de entrada donde, a lo alto, había colgado en la pared una valiosísima pieza antigua. La pieza perfecta, adquirida en un viaje al Asia, que, según ella, le daba total armonía al hogar. Pero ya no estaba tan segura. Tomó la lujosa pieza, la sacó de su clavo y en su lugar colocó el ángel con su aureola de alambre.

A Gonzalo no le cabía la sonrisa. La mamá miró a su alrededor y comprendió que su casa jamás había estado tan armoniosa. 

Todo en orden.

El ángel sin puesto, al fin encontró su verdadero lugar.


Caracas 20 de enero de 2001

Y les dejo foto de nuestro paseo de hoy a Banff, un pueblo cercano

viernes, 20 de diciembre de 2013

CUENTOS DE NAVIDAD 2/3 "PAPELITOS HUMEDOS"


Les dejo este que escribi hace mil años, creo que a principio de los 90. 
Se desarrolla en un caserio (inventado) cerca de Choroni, Edo, Aragua, Venezuela.Por cierto, en aquel entonces, no sabia que en este lugar nos casariamos mi esposo y yo, algun tiempo despues.



PAPELITOS HUMEDOS

Choroni, Edo Aragua, Venezuela
En un diminuto pueblo de nuestra geografía, tan diminuto que, de haber sido señalado en uno de esos mapas de escuela hubiese parecido un sucio o un insecto o un ligerísimo error de imprenta; aprisionado entre el mar, el río y la montaña, se levantaba, heroico, el olvidado caserío de Las Esmeraldas. Ambicioso nombre para una aldea de cuatro casas de barro, una bodega, una escuela sin techo, una iglesia en ruinas frente a una Plaza de tierra roja, donde se alzaba orgulloso un Bolívar cubierto por la gloria del salitre y condecorado con medallas de óxido.
Dos barquichuelas ancladas en la orilla de la playa, el “ Carite” y el “Virgen del Mar”, significaban toda la economía del pueblo. Sólo una vez al mes se aparecía, luego de atravesar la montaña en mula, el Señor Rosendo con su cargamento de víveres, azúcar, arroz y papelón, y con alguna que otra noticia de los pueblos de los alrededores.
Cierto día, algunos años atrás, Polito, negrito como el azabache, ojos de para-para y sonrisa blanca y azucarada, desenvolviendo una panela de papelón, había encontrado un papel que tenía la imagen de un hombre gordo y sonrosado, vestido todo de rojo. Tenía una gran barba blanca y sobre su cabeza una gorra roja también. Iba sentado en algo que parecía una carreta, pero sin ruedas, tirada por una especie de perros que Polito nunca había visto en su vida. Además llevaba una gran bolsa rebosante de hermosas cajas de regalos. Polito, lleno de curiosidad, le había preguntado en esa oportunidad al Señor Rosendo, que quién era el hombre gordo vestido de rojo.
-         Es San Nicolás – le había respondido – en la Navidad le lleva regalos a todos los niños del mundo.
-         -¿De todo el mundo? – le había preguntado Polito- La verdad es que yo nunca lo he visto por aquí.
-         Dicen que hay que escribirle una carta al Polo Norte – le había contestado el Señor Rosendo.
-         ¿Polo Norte? – se había vuelto a preguntar Polito – Seguro que eso queda más allá de Choroní, con razón nunca ha venido, esos perros que llevan su carreta seguro que no saben nadar y seguro que no conoce el camino de la montaña.
Desde aquella ocasión, Polito había conservado la imagen del hombre gordo vestido de rojo. Todas las Navidades, desde entonces, Polito le escribía una carta y había ingeniado una manera de mandarlas.
Su correspondencia, al parecer, nunca había llegado, pues sus alpargaticas viejas siempre amanecían vacías todas las mañanas de Navidad.
La Nochebuena ya estaba próxima. Polito, en el patio de su casa, trabajaba con empeño en la elaboración de su carta. Como siempre, tomó un papel marrón, de los que usaba el Señor Remigio, el de la bodega, para envolver los comestibles , y con un trozo afilado de carbón escribió minuciosamente:
Zeñor San Nicolaz,
qiero que vengaz a Las Esmeraldas i me traigaz un papagallo i unos sapatos nuevos,
Polito                                                              
Polito dobló el papelito cuidadosamente, como si se tratara de un importante documento, lo metió en una botella marrón, la tapó con la misma chapita y la selló con esperma de una vela.
-         Esta vez sí llegará, estoy seguro – pensó.
Entonces corrió a la playa y tomando un gran impulso la echó al mar,
-         Sí, estoy seguro, esta vez sí llegará.
Con el corazón hinchado de ilusiones volvió a su casa a esperar la Navidad.
Al fin llegó el tan ansiado día, el ambiente era festivo en el humilde caserío. Guirnaldas de todos los colores adornaban la plaza. En el aire flotaban los olores del dulce de lechosa y de la conserva de coco con papelón. Durante la noche, después de la misa, se formaba una gran parranda en la plaza, con cuatro, maracas, tambores y se cantaban aguinaldos hasta el amanecer.
         Aquella noche, Polito se acostó después de la Misa de Gallo, colocó con cuidado sus alpargatas al lado de su catrecito y se dejó llevar por el sueño.
***
         El primer resplandor de la Navidad se derramó sobre los ojos de Polito.


-         Ya amaneció – pensó y dando un salto se asomó a ver sus alpargatas que, con su hueco en la punta se vieron más sucias y vacías que nunca.

-         Aún es temprano – pensó Polito sin perder las esperanzas – seguramente se retrasó.
Polito se levantó y se sentó en la plaza a esperar al anciano gordo vestido de rojo. Miraba hacia el mar a ver si veía algún barco desconocido y hacia la montaña. Polito no sabía como llegaría.
         El tiempo transcurría pesado. Polito, sentado en el suelo, entre los restos de guirnaldas y latas de cerveza, esperaba con paciencia.
-         Seguramente un pez grande se tragó la botella, o tal vez se quedó atrapada en las redes de un pescador – eran las excusas que siempre se daba Polito.
Fue entonces cuando, un extraño tintineo hizo vibrar el silencio. Los pasos de una o dos bestias se escucharon a lo lejos.
-         Ha de ser el Señor Rosendo – pensó Polito
-         Vamos Matilda…Rumualda… que nos va a agarrar la noche…- se escuchaba.
Entonces hizo su aparición por la única calle del pueblo un señor gordo y viejo, cabalgando una burra mal comida y de gastados cascos, junto a otra burra cargada con un saco de yute. Llevaban campanitas alrededor del cuello.
El anciano se abanicaba de vez en cuando con su sombrero de cogollo. Calzaba alpargatas negras y llevaba unas elásticas sobre la franela blanca que apenas cubría una esplendorosa barriga. De vez en cuando sacaba una botellita del cinto y se daba un largo trago de aguardiente.
         Polito, sorprendido ante aquel forastero, lo observaba silencioso. El hombre gordo bajó de la burra, la cual pareció suspirar, aliviada.
-         A ver… a ver… - y se colocó unos espejuelos sobre la nariz. Sacó entonces , de una cartera, un trozo de papel marrón que parecía algo húmedo.
-         Veamos… papagallo y zapatos nuevos… - comenzó a murmurar mientras hurgaba en el rústico saco que llevaba Rumualda sobre su lomo – a ver… Po…po..pollito…no…Polete…no…Polito…¿A ver niño, quién es Polito? – dijo.
-         Soy yo – dijo el niño, confundido.
- Ajá… esto es para tí… - dijo el viejo.
La cara de Polito resplandeció al ver un par de zapatos relucientes y un hermoso papagallo rojo.
-         ¿Acaso conoces tú a San Nicolás? ¿Él mandó contigo los regalos? – preguntó Polito.
-         Sí… a ver…sí hijo…hace mucho calor aquí,,, - dijo sin escucharlo, mientras continuaba sacando papelitos húmedos de su cartera.
-         A ver…- continuaba leyendo – Bate…guante…sí Polito. Sí…esto es para ti también.
Polito no podía creer lo que sucedía.
-         ¡Dios mío, cómo hay de correspondencia atrasada!… A ver trompo… patineta… Dios mío…ésto tambiés es tuyo. ¡ Hay que hacer algo con el correo!
Y así continuó leyendo papeles y papelitos húmedos y sacando toda clase de regalos para Polito.
-         Dime Señor ¿quién eres tú? ¿ Vienes de Cata o de Choroní? – le preguntó el niño.
-         Sí… a ver.. hace un bonito día hoy…- respondió el viejo, distraido.


Entonces, el hombre gordo se montó en su burra y emprendió el camino de regreso. Polito calzó sus zapatos nuevos y echó a volar su papagallo.


-         Vamos Matilda…Rumualda…que aún nos queda mucho camino que andar…- se escuchaba desde la montaña.
Y el sonido de las campanitas se fue extinguiendo, hasta la próxima Navidad.
 Y este senor lo compre hoy porque me recordo a mi San Nicolas Rustico ( perdi los acentos)

 





jueves, 19 de diciembre de 2013

CUENTOS DE NAVIDAD 1/3 "EL LAZO ROJO"


Tengo visita: mi suegra.

Y por mas que lo he intentado, no logro concentrarme en nada que no sea entretenerla, mantenerla contenta y  "in one piece" (por aquello del hielo y la nieve), así que decidí torturar a mis lectores con mis viejos Cuentos de Navidad. 

Son cinco en total, empiezo con este "El Lazo Rojo". Les dejaré uno cada día de aquí a Navidad. 

Disculpen si son un poco extensos. En aquellos días no dominaba aquello de la economía del lenguaje. Van sin editar.

Les tengo mucho cariño, pues son de la época de las inolvidables Navidades en mi casa de Caracas, cuando mis hijos eran pequeños. 

En Venezuela es el Niño Jesús trae los regalos. He aqui una pequena anécdota de mi hija (tenia 10 anos), inspirada en la vida real.


EL LAZO ROJO


Corría el mes de agosto o septiembre, no recuerdo con precisión. Me encontraba completamente agotada, era de noche y estaba a punto de quedarme dormida cuando mi hija Leonor me preguntó repentinamente: ¿Mamá, existe el Niño Jesús? 
Al principio no entendí el sentido de la pregunta y mi respuesta, entre sueños, fue: Por supuesto, ¿acaso el Niño Jesús no es el hijo de la Virgen y San José? No tardé ni un segundo en despertarme completamente cuando Leonor hizo su siguiente pregunta: Sí mamá, pero ¿quién compra los regalos?

Creo que di un salto, tropecé la lámpara de la mesa de noche y me dio un ataque de tartamudez: No..no....bueno..sí.. esteee...no se´....

Por mi mente pasaron las imágenes de tantas Navidades donde veía a mis hijos haciendo sus cartas con tanta ilusión, recordaba sus voces emocionadas en la mañana del veinticinco de diciembre mientras abrían los regalos que había traído ese Niño con quien todos hemos soñado. Toda esa magia de la inocencia, de la niñez, se había desvanecido ¿En qué momento creció esta niña?, me dije.

En una fracción de segundo tuve que tomar una decisión: la verdad devastadora o la verdad disfrazada. Opté por la segunda opción, las fantasías de los niños no deben destruirse  bruscamente, así que comencé una larga historia de Navidad, donde el Niño Dios inspiraba a todas las personas del mundo a comprar regalos...

Mi hija me interrumpió diciendo: Sí mami...equis... etcétera, etcétera...pero ¿quién compra los regalos?

Ante su pregunta directa no me quedó más remedio que una respuesta directa: Los padres, dije rindiéndome. 

Sentí como si la Navidad de mi hija, o tal vez la mía, se desplomara en esas dos palabras; ya nunca será lo mismo, pensé, la desilusión será inmensa, ya no volverá a confiar en los adultos. Estaba esperando sus lágrimas, sus reproches, la decepción. Comencé a decir unas palabras de consuelo y cual fue mi sorpresa que cuando volteé, mi hija dormía plácidamente. Yo no pude conciliar el sueño por el resto de la noche. El tiempo pasa, los niños crecen, las ilusiones se agotan. Inventé cantidad de argumentos para decirle en la mañana, pero al despertar, mi hija ni mencionó el tema.

Transcurrieron los meses y llegó diciembre. Esta vez se me presentaba diferente, en mi casa ya no había ilusión de Niño Jesús, eso pensaba yo, pero la luminosidad de estos días, termina siempre por imponerse.

Puntualmente, recibí mi tarjeta de Navidad viviente, esa que se dibuja cuando terminamos de decorar la casa, cuando se encienden las luces, cuando coloco el Niño Jesús en el pesebre, el mismo que tiene el pie partido. Leonor, sin ningún pesar  ante el tiempo que ya comienza a modelarse en su mente y en su cuerpo aun de niña, hizo su carta y la dejó debajo del árbol. Nada había cambiado, sus ilusiones seguían intactas. Me di cuenta de que era yo, tal vez, la del problema. El Niño Jesús vendría, solo o con mi ayuda. Como siempre, la magia que se produce en esta época del año, se había esparcido sobre mi casa, una vez más...

Miré la carta de mi hija y me reí cuando, después de asegurar que ella se había “aforsado” mucho este año, pedía un escritorio de madera para su cuarto. También escribió que quería paz, amor y felicidad en el año 1999. Como siempre, mi hija, con sus sencillas palabras, logra conmoverme. En la carta había, además, un dibujo exacto del escritorio que quería, adornado por un lazo rojo.

Corrían los días y me dispuse a comprar el escritorio. Recorrí varias mueblerías hasta que lo conseguí y el mismo 24 de diciembre lo llevaron a su cuarto. Quedó muy bien, estaba segura de que le iba a encantar. En el trajín del día, terminé de comprar el resto de los regalos, ya estaba todo listo para la noche de Navidad.

Serían como las seis de la tarde cuando llegué a mi casa, cansada. Me senté ante la imagen particular de mi Navidad y decidí repasar la carta de mi hija, para asegurarme de que todo estaba en orden. Miré el dibujo del escritorio que ella había hecho y me fijé que el mueble que había comprado era perfecto, a excepción de que faltaba algo: el lazo rojo.  Busqué por toda mi casa para ver si conseguía una cinta para hacer un lazo, pero, en una casa donde no se consigue aguja e hilo, mucho menos iba a encontrar un lazo rojo. Decidí salir a comprar uno,  recorrí varias tiendas, abastos, librerías: todas cerradas.

Me pareció que el regalo estaba incompleto sin el lazo rojo. Era un detalle sin importancia, total, lo que importaba era el escritorio. Pero algo dentro de mí me decía que el regalo sin el lazo que ella había dibujado cuidadosamente no tendría el mismo significado. Un mueble es un mueble, pero los regalos deben llevar un lazo, y este escritorio necesitaba su lazo rojo.

Eran ya casi las siete de la noche cuando opté por el último recurso: la casa de la abuela. Las casas de los abuelos son una especie de sombrero mágico, donde uno puede encontrar cualquier cosa, como si la habitaran duendes que hacen aparecer todo tipo de fantasía, por insólita que parezca.

Llegué a la casa de la abuela y revolví todas las gavetas y closets. Encontré un lazo rojo pero era tan pequeño que más bien era para envolver un dije. Lo descarté y seguí buscando, los duendes no me podían fallar hoy, justo el día de Navidad. Me fui al garaje, donde los duendes tienen su lugar favorito. Es un lugar lleno de cosas viejas, polvorientas, pero donde más de una vez he conseguido tesoros. De repente, ya cuando estaba a punto de claudicar,  del fondo de una caja salió un enorme lazo rojo, muy parecido al que Leonor había dibujado, solo que la cinta estaba arrugada y completamente aplastada, como si mil Navidades le hubiesen pasado por encima,  como si ya estuviera cansado de ser lazo de regalo. No me importó, era el único lazo disponible y ya se estaba haciendo tarde, en poco tiempo mis hijos llegarían a la casa. Como pude, planché  el lazo con las manos e intenté darle forma. Estaba un poco triste y polvoriento, pero era un lazo rojo.

Corrí a mi casa y coloqué el lazo rojo a un lado del escritorio, tal como lo especificaba la carta. No encontraba como pegarlo, de cualquier forma que lo pusiera se veía torcido. Intenté con un alambre, con cinta adhesiva. Al fin, en vista de la hora, lo pegué lo mejor que pude y me fui a vestir. Miré el dibujo de mi hija y lo comparé con la realidad. A pesar del lazo torcido, era su sueño hecho realidad.

La Nochebuena, como todos los años, resultó espléndida. A pesar de que mis hijos ya saben quien compra  los regalos, el encanto de la Navidad, la música, los olores de la casa de la abuela, la alegría, nos embargó a todos. 

Llegó la hora de los obsequios. Este año el regalo de Leonor no amanecería debajo del arbolito sino que ya estaría ahí para recibirla cuando se fuera a acostar.  Llegamos a la casa y Leonor corrió a su cuarto. Yo la detuve, pues quería constatar primero que el lazo rojo, precariamente pegado, continuaba allí. Entré al cuarto y al encender la luz, vi la imagen de su carta igual de nítida. Hasta me pareció que en su cuarto, Alguien, había dejado esa paz y ese amor que ella había también pedido. Aún no puedo explicarme qué le ocurrió al lazo rojo. Estaba impecablemente sujeto al escritorio, como si al sacarlo de aquella caja polvorienta hubiese florecido, como si con el aire de la Navidad, hubiese respirado, para convertirse en un espléndido y vibrante lazo rojo.

Le dije a mi hija que ya podía entrar y así lo hizo. Su cara resplandeció. Era como si el escritorio se hubiese salido de su carta, con todo y lazo rojo. Me dio las gracias muchas veces, si algo he intentado cultivar en mis hijos es el agradecimiento, y se acostó a dormir, feliz.

Esa madrugada del 25 de diciembre dormí plácidamente. Aún no entendía cómo el lazo que dibujó mi hija, había aparecido en aquella vieja caja y, menos todavía, cómo había dejado de estar aplastado y torcido, para transformarse en uno nuevo y espléndido... Tal vez fueron los duendes sabios de la casa de los abuelos, o... acaso...  el Niño Jesús, el mismo que nació en una noche como esta, había entrado a mi casa para revivir mis arrugadas ilusiones. 

Tal vez los padres compremos los objetos, pensé,  pero es Alguien más, quien los convierte en verdaderos regalos.


Caracas 30 de diciembre de 1998

Proximamente: "Papelitos Húmedos"